“Yo contengo multitudes: Los microbios que nos habitan y una mayor visión de la vida” de Ed Yong

Seguramente ya hemos oído que nuestros cuerpos contienen millones de bacterias: nuestro llamado microbioma. Se dice que tenemos del orden de 10 veces más bacterias que células.  Esa es una noticia que ha recorrido todos los medios de comunicación ultimamente. Lo que no sabemos con claridad es qué función juegan las bacterias y cómo fue que llegaron a los lugares dónde ahora se ubican. Este libro trata acerca de la interacción entre esas bacteria y sus anfitriones.

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Un ejemplo fascinante es el caso de la leche materna. Los mamíferos somos los únicos en el reino animal que al nacer nos alimentamos de ese líquido blanquecino que nuestras madres producen, literalmente disolviendo sus cuerpos y secretándolo por los pezones. Las ballenas, los canguros, los ornitorrincos y los humanos, todos consumimos leche materna al nacer.

La leche contiene los nutrientes que el infante necesita para sobrevivir. En particular, contiene unos azúcares llamados oligosacáridos. Todas la hembras mamíferas los producen, pero se ha descubierto que las hembras humanas producen una variedad enorme de ellos. Constituyen una abundante fuente de energía para el bebé, pero hay un pequeño problema: los bebés humanos no los digieren.

El gran descubrimiento es que los bebés obtienen de la madre al momento de nacer una bacteria llamada B. infantis, que es capaz de devorar los oligosacáridos de la leche materna y producir los ácidos grasos que los intestinos del lactante sí pueden absorber. En resúmen, la madre produce leche para alimentar a las bacterias que a su vez alimentan al bebé. La evolución ha trabajado por millones de años afinando y perfeccionando el mecanismo para proveer al crío de los nutrientes que necesita.

Como este ejemplo, Yong nos ofrece muchos otros, fascinantes todos ellos, que muestran la complejidad del funcionamiento de todos los seres vivos. No somos individuos aislados, somos colonias de muy diferentes especies. Disfruten este libro que ofrece mucho por aprender.

 

PRÓLOGO

Una visita al zoo

Baba no se inmuta. Permanece imperturbable ante la multitud de niños que, emocionados, se apiñan a su alrededor. Tampoco le altera el calor del verano californiano., y le dejan indiferente los bastoncillos de algodón que le pasan por la cara, el cuerpo y las patas. Su despreocupación tiene sentido, pues su vida es segura y cómoda. Vive en el zoológico de San Diego, viste una armadura impenetrable y en este momento abraza la cintura de un cuidador del zoo. Baba es un pangolin de vientre blanco, un animal de lo más entrañable que parece un cruce entre un oso hormiguero y una piña. Es del tamaño de un pequeño gato. Los ojos, negros, tienen un aire triste, y el pelo que enmarca su cara forma lo que parecen dos chuletas irregulares de cordero. La cara rosada termina en un puntiagudo hocico desdentado y perfectamente adaptado para alimentarse de hormigas y termitas. Las robustas patas delanteras terminan en largas y curvas garras que le permiten aferrarse a los troncos y desgarrar nidos de insectos. Y tiene una larga cola para colgarse de las ramas de los árboles (o de los cuidadores amistosos de los zoológicos).

Pero su rasgo más distintivo lo constituyen, ante todo, las escamas. La cabeza, tronco, miembros y cola están recubiertos de ellas. Son escamas de color naranja pálido que, imbricadas, forman una capa defensiva muy resistente. Están hechas de la misma materia que nuestras uñas: queratina. De hecho, son muy parecidas, a la vista y al tacto, aunque son grandes y brillantes, y parecen mordisqueadas. Cada una es flexible, pero está unida con fuerza al cuerpo, por lo que se hunden y vuelven a su posición habitual cuando paso mi mano por su espalda. Si se la acariciase a contrapelo, probablemente me cortaría, ya que muchas de esas escamas están afiladas. Solo la cara, el vientre y las patas de Baba están desprotegidos, pero, si quiere, puede defenderlos con facilidad haciéndose una bola. Esta habilidad da nombre a su especie: la palabra pangolin proviene de la palabra malaya pengguling, que significa «cosa que rueda».

Baba es uno de los «embajadores» del zoológico, animales excepcionalmente dóciles y bien entrenados que participan en actividades públicas. Los cuidadores lo llevan con frecuencia a residencias de ancianos y hospitales infantiles para alegrar los días de personas enfermas y enseñarles acerca de animales raros. Pero hoy tiene el día libre. Solo se agarra a la barriga del cuidador, que parece llevar la faja más rara del mundo, mientras este, Rob Knight, le frota suavemente con un bastoncillo de algodón los lados de la cara. «Esta es una de las especies que más me han cautivado desde que era niño, y eso que es una especie que existe realmente», dice.

Knight, un neozelandés alto y delgado con la cabeza rapada, es un especialista en vida microscópica, un conocedor de lo invisible. Estudia bacterias y otros organismos microscópicos —los microbios—, y le fascinan especialmente los que viven en el interior y en el exterior de los cuerpos de los animales. Para estudiarlos, primero debe recolectarlos. Los coleccionistas de mariposas usan redes y frascos; la herramienta que ha elegido Knight es el bastoncillo de algodón. Acerca uno de esos palitos y lo frota sobre el hocico de Baba durante unos segundos, tiempo suficiente para llenar su extremo de bacterias de pangolín. Miles, si no millones, de células microscópicas se encuentran ahora en la pelusa blanca. Knight actúa con delicadeza para no molestar al animal. Baba no puede parecer menos molesto. Tengo la sensación de que, si una bomba estallase a su lado, su única reacción sería agitarse un poco.

Baba no es solo un pangolín. También es una masa rebosante de microbios. Algunos viven dentro de él, sobre todo en su intestino. Otros habitan en la superficie, en la cara, vientre, patas, garras y escamas. Knight pasa el algodón por cada uno de estos sitios. En más de una ocasión ha hecho lo mismo con partes de su propio cuerpo, porque él también alberga su propia comunidad de microbios. Igual que yo. Y que todos los animales del zoo. Y que todas las criaturas del planeta, a excepción de algunos animales de laboratorio que los científicos han criado libres de microbios.

Todos tenemos una nutrida ménagerie microscópica conocida como microbiota o microbioma.w Estos organismos viven en nuestra superficie, dentro de nuestros cuerpos y, a veces, dentro de nuestras mismas células. En su gran mayoría son bacterias, pero también hay otros pequeños organismos, como los hongos (entre ellos, las levaduras) y las arqueas, un misterioso grupo con el que nos encontraremos más adelante. También hay virus en cantidades incalculables; un viroma que infecta a los demás microbios y, en ocasiones, a las células del organismo que lo aloja. No podemos ver ninguna de estas minúsculas criaturas. Pero si nuestras propias células desaparecieran misteriosamente, tal vez serian detectables como un fantasmal reflejo microbiano, perfilando los contornos del cuerpo ahora desaparecido. 

En algunos casos, apenas se notarían las células desaparecidas. Las esponjas se cuentan entre los animales más simples, con sus cuerpos estáticos de no más de unas pocas células de espesor, que también acoge un boyante microbiomall A veces, si observamos una esponja al microscopio, apenas podemos ver el animal debido a los microbios que lo cubren. Los aún más simples placozoos son poco más que lodosas marañas de células; parecen amebas, pero son animales, como nosotros, y también tienen compañía microbiana. Las hormigas viven en colonias que pueden contarse por millones, aunque cada hormiga es una colonia en si misma. Un oso polar deambulando solitario por el Ártico, con solo hielo en todas direcciones, está completamente rodeado de microbios. El ánsar indio transporta microbios al Himalaya, mientras que los elefantes marinos los llevan a los océanos más profundos. En el momento en que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pusieron los pies en la Luna, también hicieron dar pasos de gigante al género microbiano.

Cuando Orson Welles dijo: «Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos», estaba equivocado. Incluso aunque estemos solos, nunca estamos solos. Existimos en simbiosis, un término maravilloso que usamos para referirnos a organismos diferentes que viven juntos. Algunos animales son colonizados por microbios cuando todavía son óvulos sin fertilizar; otros reciben a sus primeros socios en el momento del nacimiento. A partir de entonces, nuestra vida continúa con ellos siempre presentes. Cuando comemos, también ellos lo hacen. Al viajar, se vienen con nosotros. Al morir, nos consumen. Cada uno de nosotros es un zoológico de nuestra propiedad, una colonia encerrada dentro de un solo cuerpo. Un colectivo multiespecies. Todo un mundo.

Estos conceptos pueden ser difíciles de entender, sobre todo porque los seres humanos somos una especie global. Nuestro alcance es ilimitado. Nos hemos expandido hasta el último rincón de nuestra esfera azul, y algunos de nosotros incluso hemos salido de ella. Puede resultar extraño considerar existencias que transcurren dentro de un intestino o en una sola célula, o imaginar partes de nuestro cuerpo como paisajes ondulantes. Y, sin embargo, sin duda lo son. La Tierra contiene una notable variedad de ecosistemas: selvas tropicales, praderas. arrecifes de coral, desiertos, marismas, cada uno con su propia y particular comunidad de especies. Pero un solo animal también está lleno de ecosistemas. Piel, boca, intestinos, genitales, cualquier órgano que se conecte con el mundo exterior tiene su propia y característica comunidad de microbios. Todos los conceptos que usan los ecólogos para describir los ecosistemas de escala continental que vemos a través de los satélites también se aplican a los ecosistemas de nuestros cuerpos, que vemos a través de los microscopios. Podemos hablar de la diversidad de especies microbianas. Podemos describir redes alimentarias, en las que organismos comen y se dan de comer unos a otros. Podemos destacar microbios que ejercen una influencia desproporcionada sobre su medio ambiente, los equivalentes de las nutrias marinas o los lobos marinos. Podemos considerar a los microbios causantes de enfermedades (patógenos) criaturas invasoras, como podrían serio los sapos de caña o a las hormigas coloradas. Podemos comparar el intestino de una persona que padece una enfermedad inflamatoria intestinal a un arrecife de coral que se está muriendo o a un campo en barbecho: un ecosistema maltratado donde el equilibrio entre organismos se ha roto.

Estas similitudes significan que cuando nos fijamos en una termita, o en una esponja, o en un ratón, también nos estamos fijando en nosotros mismos. Quizá sus microbios sean distintos de los nuestros, pero los mismos principios rigen en nuestras alianzas. Un calamar con bacterias luminosas que brillan solo por la noche puede recordarnos los flujos y reflujos diarios de bacterias en nuestros intestinos. Un arrecife de coral cuyos microbios andan revueltos debido a la contaminación o a la sobrepesca ilustra la agitación que se produce en nuestros intestinos cuando ingerimos alimentos poco saludables o antibióticos. Un ratón cuyo comportamiento cambia por influencia de sus microbios intestinales puede enseñarnos algo acerca de las complejas influencias que nuestros propios compañeros ejercen sobre nuestras mentes. A través de los microbios descubrimos nuestra similitud con otras criaturas, a pesar de que nuestras vidas son increíblemente diferentes. Ninguna de estas vidas se vive aislada; siempre existen en un contexto microbiano, e implican constantes negociaciones entre especies grandes y pequeñas. Los microbios también se mueven entre organismos, animales y humanos, y entre sus cuerpos y el suelo, el agua, el aire, los edificios y otros entomos. Nos conectan unos con otros y con el mundo.

Toda la zoología es en realidad ecología. No podemos entender por completo las vidas de los animales y los humanos sin conocer sus microbios y sus simbiosis con ellos. Y no podemos apreciar plenamente nuestro microbioma sin entender cómo enriquecen y determinan las vidas de las demás especies. Necesitamos tener a la vista todo el reino animal para luego acercarnos a los ecosistemas que existen ocultos en cada criatura. Cuando observamos escarabajos o elefantes, erizos de mar o lombrices de tierra, padres o amigos, vemos individuos haciendo el camino de la vida como un montón de células que forman un solo cuerpo, conducido por un solo cerebro y operando con un único genoma. Es una ficción agradable. De hecho, todos y cada uno de nosotros somos legión. Siempre un «nosotros» y nunca un «yo». Olvidémonos de Orson Welles y prestemos atención a Walt Whitman: «Soy tan grande que albergo multitudes».

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