“En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso” de Steven Pinker

Steven Pinker no debería necesitar presentación. Es quizá una de las mentes más brillantes del mundo actual y uno de los pensadores que mayor impacto tendrán en el futuro. Famoso desde hace años por haber escrito maravillas como El Instinto del Lenguaje, La Tabla Rasa, El Mundo de las Palabras, Cómo Funciona la Mente, y Los Ángeles que Llevamos Dentro, entre otros, hoy nos deleita con esta joya de la literatura científica.

 

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¿Estás deprimido? Lee este libro. ¿Estás harto del sistema? Lee este libro. ¿Crees que el mundo no tiene futuro? Lee este libro. Pinker presenta una impresionante cantidad de evidencias en 17 capítulos, para convencernos que la razón, la ciencia y el humanismo han sido los que han contribuido para que este mundo que vivimos sea mejor que cualquier etapa pasada.

Nadie nos puede asegurar que ningún loco detonará una bomba atómica el mes próximo, siempre existirá esa posibilidad. También es factible que aparezca una epidemia de influenza como la de principios del siglo XX y mueran millones de seres humanos. Podría suceder. Y no hay profetas que nos digan cómo será el futuro. Pero—un gran pero—si las cosas siguen como hasta ahora, parece que el mundo va mejor y mejor.

Disfruta esta obra maestra, muy bien escrita, muy bien documentada, y muy estimulante.

PRIMERA PARTE
La Ilustración

El sentido común del siglo XVIII, su comprensión de los hechos evidentes del sufrimiento humano

y de las exigencias obvias de la naturaleza humana, actuaron en el mundo como un baño de purificación moral.

ALFRED NORTH WHITEHEAD

A lo largo de varias décadas en las que he dado conferencias sobre el lenguaje, la mente y la naturaleza humana, me han hecho preguntas sumamente extrañas. ¿Cuál es el mejor idioma? ¿Son conscientes las almejas y las ostras? ¿Cuándo seré capaz de subir mi mente a internet? ¿Es la obesidad una forma de violencia?

Pero la pregunta más llamativa que he respondido se me planteó al concluir una charla en la que había explicado el lugar común entre los científicos según el cual la vida mental consiste en patrones de actividad en los tejidos cerebrales. Una estudiante del público levantó la mano y me preguntó: «Entonces, ¿por qué debería vivir?».

El tono ingenuo de la estudiante dejaba claro que ni era una suicida ni estaba siendo sarcástica, sino que sentía una curiosidad genuina por la búsqueda de un significado y un propósito en la vida, dado que nuestra mejor ciencia debilita las creencias religiosas tradicionales acerca del alma inmortal. Mi máxima es que ninguna pregunta es estúpida y, para sorpresa de la estudiante, del público y sobre todo de mí mismo, articulé una respuesta razonablemente encomiable. Lo que recuerdo haber dicho —adornado sin duda por las distorsiones de la memoria y l’esprit de l’escalier, el ingenio de la escalera— fue algo parecido a esto:

En el acto mismo de hacer esa pregunta, estás buscando «razones» para tus convicciones, de modo que estás comprometida con la razón como medio para descubrir y justificar lo que es importante para ti. ¡Y existen tantas razones para vivir!

Como ser «sintiente», consciente y capaz de sentir, posees el potencial para «florecer». Puedes refmar tu propia facultad racional aprendiendo y debatiendo. Puedes buscar explicaciones del mundo natural a través de la ciencia, y la comprensión de la condición humana a través de las artes y las humanidades. Puedes sacar el máximo partido de tu capacidad de sentir placer y satisfacción, que permitió a tus antepasados prosperar y, por ende, te permitió llegar a existir. Puedes apreciar la belleza y la riqueza del mundo natural y cultural. Como heredera de miles de millones de años de vida que se perpetúa, puedes perpetuar a tu vez la vida. Has sido dotada de un sentido de compasión o empatía (sympathy) —la capacidad de querer, amar, respetar, ayudar y mostrar bondad— y puedes gozar del don de la benevolencia mutua con amigos, familiares y compañeros.

Y dado que la razón te dice que nada de esto es exclusivamente «tuyo», tienes la responsabilidad de proporcionar a otros lo que esperas para ti misma. Puedes fomentar el bienestar de otros seres «sintientes» promoviendo la vida, la salud, el conocimiento, la libertad, la abundancia, la seguridad, la belleza y la paz. La historia demuestra que, cuando sentimos compasión o empatía hacia otros y aplicamos nuestro ingenio a la mejora de la condición humana, podemos progresar al hacerlo, y tú puedes contribuir a continuar ese progreso.

Explicar el sentido de la vida no es la descripción habitual del trabajo de un profesor de ciencia cognitiva, y yo no habría tenido agallas para contestar a su pregunta si la respuesta dependiera de mis arcanos conocimientos técnicos o de mi dudosa experiencia personal. Pero sabía que estaba canalizando un corpus de creencias y valores que habían cobrado forma más de dos siglos atrás y que en la actualidad resultan más relevantes que nunca: los ideales de la Ilustración.

El principio ilustrado de que podemos aplicar la razón y la compasión para fomentar el florecimiento humano puede parecer obvio, tópico y anticuado, pero he escrito este libro porque he llegado a la convicción de que no lo es. Más que nunca, los ideales de la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso necesitan una defensa incondicional. Damos por sentados sus dones: recién nacidos que vivirán más de ocho décadas, mercados rebosantes de alimentos, agua limpia que aparece con un chasquido de dedos y residuos que desaparecen con otro, píldoras que eliminan una infección dolorosa, hijos que no son enviados a la guerra, hijas que pueden caminar por las calles con seguridad, críticos de los poderosos que no son encarcelados ni fusilados, los conocimientos y la cultura mundiales accesibles en el bolsillo de una camisa. Pero se trata de logros humanos, no de derechos de nacimiento cósmicos. En la memoria de muchos lectores de este libro —y en la experiencia de quienes moran en regiones menos afortunadas del mundo—, la guerra, la escasez, la enfermedad, la ignorancia y la amenaza de la muerte son parte consustancial de la existencia. Sabemos que los países pueden retornar a estas condiciones primitivas, por lo que ignorar los logros de la Ilustración entraña un serio peligro.

En los años transcurridos desde que respondí a la pregunta de aquella joven, me han recordado con frecuencia la necesidad de reafirmar los ideales de la Ilustración (también llamados humanismo, sociedad abierta y liberalismo cosmopolita o clásico). No es solo que preguntas de ese tenor aparezcan con regularidad en mi bandeja de entrada. («Querido profesor Pinker, ¿qué consejo le daría a alguien que se ha tomado muy en serio las ideas de sus libros y la ciencia, y se ve a sí mismo como un conjunto de átomos, una máquina con una inteligencia limitada, surgida de genes egoístas, que habita en el espacio-tiempo?») Pero ignorar el alcance del progreso humano puede conducir a síntomas más graves que la angustia existencial. Puede fomentar el cinismo de la gente en lo que atañe a las instituciones inspiradas en la Ilustración que están garantizando el progreso, tales como la democracia liberal y las organizaciones de cooperación internacional, alentando así alternativas atávicas.

Los ideales de la Ilustración son productos de la razón humana, pero siempre en pugna con otras facetas de la naturaleza humana: la lealtad a la tribu, la deferencia hacia la autoridad, el pensamiento mágico o la culpabilización a los malhechores por los infortunios. La segunda década del siglo xxi ha asistido al surgimiento de movimientos políticos que describen sus países como sociedades abocadas a una infernal distopía por facciones malignas a las que solo puede hacer frente un líder fuerte que retrotraiga enérgicamente el país a su pasado con el fin de hacerlo «grande de nuevo». Estos movimientos han sido instigados por un relato compartido por muchos de sus más feroces oponentes, según el cual las instituciones de la modernidad han fracasado y todos los aspectos de la vida están sumidos en una crisis cada vez más profunda; ambos lados parecen estar macabramente de acuerdo en que el derribo de esas instituciones convertirá el mundo en un lugar mejor. Resulta más dificil hallar una concepción positiva que vea los problemas del mundo en un contexto de progreso sobre el que intente construir, solucionando a su vez dichos problemas.

Si todavía no está convencido de que los ideales del humanismo ilustrado necesitan ser defendidos con vigor, consideremos el diagnóstico de Shiraz Maher, un analista de los movimientos islamistas radicales. «Occidente es muy tímido en la defensa de sus valores del liberalismo clásico —afirma—. No tenemos confianza en ellos. Nos provocan incomodidad.» Comparemos eso con el Estado Islámico, que «sabe exactamente lo que representa»: una certidumbre que resulta «increíblemente seductora»; y Maher debería saber de qué habla, habiendo sido director regional del grupo yihadista Hizb ut-Tharir.

Reflexionando sobre los ideales liberales en 1960, no mucho después de haber resistido su mayor prueba, el economista Friedrich Hayek observaba: «Para que las viejas verdades continúen dominando la mente de los hombres, han de reformularse en el lenguaje y los conceptos de las generaciones sucesivas» (corroborando involuntariamente su tesis con la expresión «mente de los hombres»). «Las que en un momento dado constituyen sus expresiones más efectivas van quedado progresivamente tan gastadas por el uso que dejan de tener un sentido preciso. Las ideas subyacentes pueden preservar la validez de antaño, pero las palabras, incluso cuando se refieren a problemas que todavía nos acompañan, ya no expresan la misma convicción.»

Este libro supone mi intento de reformular los ideales de la Ilustración en el lenguaje y los conceptos del siglo XXI. En primer lugar diseñaré un marco informado por la cíencía moderna para entender la condición humana: quiénes somos, de dónde venimos, cuáles son nuestros desafíos y cómo podemos afrontarlos. El grueso del libro está dedicado a la defensa de estos ideales de una manera propia y distintiva del siglo xxl; es decir, con datos. Adoptar el proyecto ilustrado a partir de las evidencias revela que los presupuestos de la Ilustración no eran una esperanza ingenua. La Ilustración «ha funcionado» y tal vez sea la mayor historia jamás contada. Y dado que este triunfo ha sido tan poco reconocido, los ideales subyacentes de la razón, la ciencia y el humanismo también han sido menospreciados. Lejos de constituir un consenso insulso, estos ideales son tratados por los intelectuales actuales con indiferencia, con escepticismo y a veces con desprecio. Por mi parte sugeriré que, cuando se valoran adecuadamente, los ideales de la Ilustración son, de hecho, emocionantes, estimulantes y nobles; son una razón para vivir.

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