“La Sexta Extinción: Una Historia Nada Natural” de Elizabeth Kolbert

Durante la historia de nuestro planeta, han sucedido cinco extinciones masivas, debidas todas a causas físicas, provocando la desaparición de más de tres cuartas partes de las especies en cada evento. También se han dado otras extinciones de menor magnitud. Mientras más lejanas en el tiempo, más difícil es saber qué las produjo.

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La más reciente, de hace 65.5 millones de años, entre el Cretácico y el Terciario, acabó con los dinosaurios y muchas otras especies de animales marinos y terrestres. En 1980 Walter Alvarez, junto con su padre Luis y otros investigadores, lanzaron la teoría, hoy en día aceptada sin lugar a dudas, de un meteorito cayendo en la península de Yucatán, cerca de una localidad llamada Chicxulub,  provocando años de oscuridad y baja de temperatura, y acabando con el 76% de las especies. Algunos mamíferos lograron sobrevivir y, debido a eso, los seres humanos estamos vivos.

La peor de toda las extinciones es la del fin del Pérmicoevento que en realidad consistió de dos acontecimientos con 10 millones de años de diferencia, cuando se extinguieron el 95% de las especies. No se sabe con exactitud cuál fue la causa, pero se piensa que pudo haber sido una combinación de volcanismo, disminución de proporción de oxígeno en el mar, aumento de la temperatura, y/o un impacto de un meteorito.

La Sexta Extinción trata acerca del efecto del ser humano en el planeta, que ya está provocando una extinción comparable a las cinco anteriores. Al día de hoy, los anfibios gozan del privilegio de ser la clase de animales más amenazados: se calcula que su ritmo de extinción puede llegar a ser 45 mil veces mayor que el riesgo de su entorno. Y hay muchos otros grupos cuya velocidad de extinción se están acercando a la de los anfibios. Se estima que un tercio de los arrecifes de coral, un tercio de los moluscos de agua dulce, un tercio de los tiburones y las mantarrayas, una cuarta parte de todos los mamíferos y una sexta parte de todas las aves van directo al olvido.

Este libro plantea un panorama preocupante, sin embargo, lo hace de una manera amena, enriquecedora, dejándolo a uno con la sensación que bien valió la pena haberlo leído: después de leerlo, no piensa uno igual que antes.

Capítulo 1

La Sexta Extinción

Atelopus zeteki

El pueblo de El Valle de Antón, en el centro del Panamá, se encuentra en medio de un cráter volcánico que se formó hace más o menos un millón de años. Aunque tiene un diámetro de unos seis kilómetros y medio, en un día claro se alcanzan a ver los picos escarpados que rodean la ciudad cual muros de una torre en ruinas. El Valle tiene una calle principal, una comisaría de policía y un mercado al aire libre. Aparte del habitual surtido de sombreros panamás y bordados de vivos colores, el mercado ofrece lo que seguramente sea la mayor selección de figuritas de ranas doradas que haya en el mundo. Se pueden encontrar ranas doradas descansando sobre una hoja, sentadas sobre sus ancas o, lo que ya es más difícil de entender, agarrando un teléfono móvil. Hay ranas doradas vestidas con falda de volantes, ranas en postura de baile y ranas que fuman cigarrillos con boquilla al estilo de Franklin D. Roosevelt. La rana dorada, con su color amarillo taxi salpicado de motas marrones, es endémica del área que rodea El Valle. En Panamá se la considera un símbolo de la buena suerte, y su imagen adornaba (o más bien solía adornar) los billetes de lotería.

Hace sólo una década, era fácil encontrar ranas doradas en las colinas que rodean El Valle. Son ranas tóxicas (se calcula que el veneno de la piel de una sola de estas ranas bastaría para matar un millar de ratones de tamaño medio), y por eso tiene una coloración tan llamativa que las hace destacar sobre el suelo del bosque. No muy lejos de El Valle, un riachuelo recibió el nombre de Arroyo de las Mil Ranas. Eran tantas las ranas que solían verse calentándose al sol en las riberas de este arroyo que, como me dijo un herpetólogo que había hecho ese recorrido muchas veces, «era una locura, una verdadera locura».

Pero entonces las ranas de El Valle comenzaron a desaparecer. El problema (todavía no se percibía como una crisis) se detectó primero hacia el oeste, cerca de la frontera de Panamá con Costa Rica. A la sazón, una estudiante de doctorado de Estados Unidos estudiaba las ranas de aquella selva lluviosa. Regresó a su país durante un tiempo para escribir su tesis y cuando volvió a Panamá no pudo encontrar ninguna rana, ni siquiera un anfibio de la especie que fuera. No tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo, pero como necesitaba ranas para sus investigaciones, estableció una nueva localidad de estudio más al este. Al principio las ranas del nuevo lugar parecían estar sanas, pero entonces ocurrió lo mismo: los anfibios desaparecieron. La maldición se extendió por toda la selva hasta que, en 2002, también desaparecieron las ranas de las montañas y los arroyos alrededor del pueblo de Santa Fe, a unos 80 kilómetros al oeste de El Valle. En 2004 comenzaron a aparecer los pequeños cadáveres más cerca aún de el Valle, alrededor de El Copé. Para entonces, un grupo de biólogos, algunos de Panamá, otros de Estados Unidos, habían llegado a la conclusión de que la rana dorada se hallaba en grave peligro, y decidieron intentar conservar una población remanente capturando unas pocas docenas de ejemplares de cada sexo, que criaron en cautividad. Fuera lo que fuese lo que estaba matando las ranas, se movía más rápido de lo que temían los biólogos. Antes de que pudieran poner en práctica su plan, les alcanzó la ola de muerte.

La primera vez que leí algo sobre las ranasi de El Valle fue en una revista de la naturaleza para niños que tenían mis hijos. El artículo, ilustrado con vistosas fotografías de la rana dorada de Panamá y de otras especies de vivos colores, explicaba la historia de la plaga y los esfuerzos de los biólogos por tomarle la delantera. Los biólogos confiaban en construir un nuevo laboratorio en El Valle, pero no llegaron a tiempo. Corrieron a salvar tantos animales como pudieron, pero no tenían dónde protegerlos. ¿Qué hicieron entonces? Los llevaron a un «hotel para ranas, ¡naturalmente!». El «increíble hotel para ranas» (en realidad un hotel rural) accedió a que la ranas se alojasen (dentro de sus tanques) en un bloque de habitaciones alquiladas.

«Con los biólogos a su entera disposición, las ranas disfrutaron de alojamientos de primera clase que incluían servicio de habitaciones», observaba el artículo. A las ranas se les servían deliciosos alimentos frescos, «tan frescos, de hecho, que la comida podía saltar del plato».

Apenas unas semanas después de leer sobre el «increíble hotel para ranas», encontré otro artículo relacionado con las ranas2 escrito en un tono bastante distinto. Había aparecido en Proceedings of the National Academy of Sciences, y lo firmaban un par de herpetólogos. Se titulaba «¿Nos hallamos en medio de la Sexta Extinción en Masa? Una perspectiva desde el mundo de los anfibios». Sus autores, David Wake, de la Universidad de California en Berkeley, y Vance Vredenburg, de la Universidad Estatal de San Francisco, señalaban que «se han producido cinco grandes extinciones en masa durante la historia de la vida en nuestro planeta». Describían estas extinciones como eventos que habían provocado «una profunda pérdida de biodiversidad». La primera tuvo lugar durante el periodo Ordovícico tardío, hace unos 450 millones de años, cuando los seres vivos estaban prácticamente confinados al agua. La más devastadora se produjo al final del periodo Pérmico, hace unos 250 millones de años, y se acercó peligrosamente a la aniquilación de la vida en la Tierra. (Este evento se conoce a veces como «la madre de las extinciones en masa» y como «la gran mortandad».) La extinción en masa más reciente (y famosa) se dio a finales del periodo Cretácico; además de los dinosaurios, acabó con los plesiosauros, los mosasauros, los amonites y el pterosauro. Basándose en las tasas de extinción de anfibios, Wake y Vredenburg sostenían que se está produciendo un evento de una naturaleza igualmente catastrófica. Su artículo venía ilustrado por una única fotografía en la que se veía una quincena de ranas de patas amarillas de las montañas, todas muertas, que yacían hinchadas y panza arriba sobre unas rocas.

Comprendí por qué una revista para niños había optado por publicar fotografías de ranas vivas y no de ranas muertas. También comprendí el impulso por recrear la imagen simpática, al estilo de Beatriz Potter, de unas ranas disfrutando del servicio de habitaciones. Con todo, como periodista, me pareció que la revista había desaprovechado la historia principal. Un evento que ha ocurrido solamente cinco veces desde que apareció el primer animal con espina dorsal, hace unos 500 millones de años, sin duda hay que calificarlo de extremadamente raro. La idea de que el sexto de estos acontecimientos se esté produciendo ahora, más o menos ante nuestros ojos, me pareció, por usar un término técnico, alucinante. Si Wake y Vredenburg tienen razón, quienes vivimos hoy no sólo estamos presenciando uno de los eventos más raros de la historia de la vida, sino que lo estamos causando. «Como una mala hierba, nuestra propia especie —observaban los autores—, sin darse cuenta, ha adquirido la capacidad de afectar a su propio destino y al de la mayoría de las especies de nuestro planeta.» A los pocos días de leer el artículo de Wake y Vredenburg reservaba un vuelo a Panamá.

El Centro para la Conservación de Anfibios de El Valle (EVACC, por sus siglas en inglés) se encuentra junto a una carretera de tierra no muy lejos del mercado al aire libre donde se venden las figuritas de ranas doradas. Tiene el tamaño de una casa residencial y se yergue en la esquina trasera de un pequeño y soñoliento zoo, justo detrás de la jaula de unos muy soñolientos perezosos. El edificio entero está repleto de tanques. Hay tanques apilados contra las paredes y más tanques en el centro de la estancia, apilados también como libros en las baldas de una estantería. Los tanques más altos están ocupados por especies como la rana arborícola lémur, que habita el dosel del bosque; los más bajos, para especies como el sapito, que habita en el suelo del bosque. Los tanques de la rana marsupial cornuda, que lleva los huevos en una bolsa, se encuentran junto a los de la rana incubadora bandeada, que acarrea los huevos en la espalda. Unas cuantas docenas de tanques son para la rana dorada de Panamá, Atelopus zeteki.

Las ranas doradas caminan con ese característico paso que recuerda a un borracho intentando seguir una línea recta. Tiene las extremidades largas y delgadas, el morro amarillo puntiagudo y los ojos muy oscuros, con los que parecen observar el mundo con recelo. A riesgo de pasar por ingenua, diré que parecen inteligentes. En la naturaleza, las hembras ponen sus huevos en aguas corrientes poco profundas, mientras los machos defienden su territorio desde lo alto de rocas cubiertas de musgo. En el EVACC, cada uno de los tanques de la rana dorada tiene su propia agua corriente, que proporciona una pequeña manguera, de modo que los animales pueden criar cerca de un simulacro de los arroyos que en otro tiempo fueron su hogar. En uno de estos sucedáneos de arroyo, observé la presencia de unos cordeles de pequeños huevos perlados. En una pizarra blanca cercana, alguien había escrito emocionado que una de las ranas «¡depositó huevos!».

El EVACC se encuentra aproximadamente en el centro del área de distribución de la rana dorada, pero por diseño está completamente aislado del mundo exterior. No entra en el edificio nada que previamente no se haya desinfectado meticulosamente, incluidas las ranas, que, para poder entrar, primero tienen que ser tratadas con una solución de lejía. A los visitantes humanos se les exige que lleven unos zapatos especiales y que dejen en la entrada cualquier bolsa, mochila o equipo que hayan utilizado en el campo. Al estar sellado, el lugar da la sensación de ser un submarino o, lo que seguramente sea más apropiado, una arca en medio del diluvio.

El director del EVACC es un panameño llamado Edgardo Griffith. Alto y ancho de hombros, tiene la cara redonda y la sonrisa amplia. Lleva un aro de plata en cada oreja, y un gran tatuaje con el esqueleto de un sapo en la espinilla izquierda. Camino de los cuarenta, Griffith ha dedicado prácticamente toda su vida adulta a los anfibios de El Valle, y ha convertido también a su mujer, una estadounidense que llegó a Panamá como voluntaria de Peace Corps, en una entusiasta de las ranas. Griffith fue la primera persona que se percató de que los pequeños cadáveres habían comenzado a aparecer en la zona, y recolectó personalmente muchos de los centenares de anfibios que se registraron en el hotel. (Los animales fueron transferidos al EVACC en cuanto se construyó el edificio.) Si el EVACC es una especie de arca, Griffith es su Noé, pero con una responsabilidad más prolongada, pues desde luego lleva en el asunto mucho más de cuarenta días. Griffith me confesó que una parte fundamental de su trabajo consistía en conocer a las ranas como individuos. «Cada una de ellas tiene para mí el mismo valor que un elefante», me dijo.

La primera vez que visité el EVACC, Griffith me indicó los representantes de especies que ya se han extinguido en estado silvestre. Entre éstas se encontraba, además de la rana dorada de Panamá, la rana arbórea de Rabb, que fue identificada por primera vez en 2005. En el momento de mi visita, al EVACC sólo le quedaba una rana de Rabb, así que la posibilidad de salvar siquiera una única pareja, al estilo de Noé, se había esfumado. La rana, de color marrón verdoso con motas amarillas, medía unos diez centímetros, pero tenía unos pies desmesurados que le daban un aspecto de adolescente desgarbado. Las ranas arbóreas de Rabb vivían en el bosque por encima de El Valle y ponían los huevos en cavidades de los árboles. En lo que sin duda es una relación insólita, tal vez única, los machos de esta rana cuidaban de los renacuajos dejando que éstos, literalmente, se comieran la piel de su espalda. Griffith me dijo que creía que probablemente se habían dejado muchas otras especies de anfibios durante las primeras recolecciones apresuradas para el EVACC, y que era muy posible que hubieran desaparecido; se hacía difícil decir cuántas, pues lo más seguro es que la mayoría fuesen desconocidas para la ciencia. «Por desgracia —me dijo—, estamos perdiendo todos estos anfibios antes de saber siquiera que existen.»

«Hasta la gente corriente de El Valle se da cuenta», me dijo. «Me preguntan, “¿qué pasó con las ranas? Ya no las oímos cantar”.»

Cuando empezaron a circular los primeros informes de que las poblaciones de ranas se estaban desplomando, hace unas cuantas décadas, algunas de las personas más expertas de este campo se mostraron escépticas. Al fin y al cabo, los anfibios se cuentan entre los grandes supervivientes del planeta. Los antepasados de las ranas actuales se arrastraron fuera del agua hace unos 400 millones de años, y hace unos 250 millones de años ya habían evolucionado los primeros representantes de lo que serían los tres órdenes de anfibios actuales: el primero incluye las ranas y los sapos, el segundo las salamandras y los tritones, y el tercero unos extraños animales sin patas conocidos como cecilias. Esto significa que los anfibios no sólo llevan por aquí mucho más tiempo que los mamíferos, por ejemplo, o las aves; es que ya existían antes de la era de los dinosaurios.

La mayoría de los anfibios (del griego «doble vida») todavía están muy vinculados al medio acuático en el que surgieron. (Los antiguos egipcios creían que las ranas se producían tras el acoplamiento de la tierra y el agua durante las inundaciones periódicas del Nilo.) Sus huevos carecen de cáscara y tienen que mantenerse húmedos para desarrollarse. Hay muchas ranas que, como la rana dorada de Panamá, ponen sus huevos en arroyos. También hay ranas que los ponen en charcas temporales, otras los entierran en el suelo y aun otras, en nidos que construyen con espuma. Además de las ranas que acarrean sus huevos en la espalda o en bolsas, las hay que los llevan envueltos cual vendajes alrededor de las ancas. Hasta hace poco, antes de que ambas se extinguieran, se conocían dos especies de ranas que recibían el nombre de incubadoras gástricas, pues llevaban los huevos en el estómago y parían por la boca unas pequeñas ranitas.

Los anfibios surgieron en un momento en que toda la tierra emergida del planeta formaba parte de una única masa conocida como Pangea. Desde que se fragmentó Pangea, se han adaptado a las condiciones de todos los continentes con la excepción de la Antártida. En todo el mundo se han identificado poco más de siete mil especies, y aunque la mayoría se encuentran en las selvas tropicales, hay unos pocos anfibios, como las ranas de las dunas de Australia, que pueden vivir en el desierto, y otros que, como la rana de bosque, pueden vivir por encima del Círculo Ártico. Varias ranas comunes en Norteamérica, como las ranas de la primavera, logran sobrevivir al invierno congeladas como carámbanos. Dada su dilatada historia evolutiva, grupos de anfibios que desde una perspectiva humana pueden resultar bastante parecidos, en términos genéticos son tan diferentes entre sí como, por ejemplo, los murciélagos y los caballos.

David Wake, uno de los autores del artículo que me llevó a Panamá, se encontraba entre quienes al principio no creían que los anfibios estuviesen desapareciendo. Eso fue a mediados de la década de 1980. Los estudiantes de Wake comenzaron entonces a regresar con las manos vacías de sus excursiones de recolección de ranas en Sierra Nevada. Wake recordaba de sus días de estudiante, en los años sesenta, que era difícil no tropezarse con las ranas de la Sierra. «Caminabas por los prados y sin darte cuenta podías pisarlas.» Wake supuso que sus estudiantes no iban a los lugares adecuados, o que no sabían cómo buscarlas. Pero entonces un investigador de posdoctorado con varios años de experiencia en la recolección le dijo que tampoco él lograba encontrar ranas. «Dije, “De acuerdo, iré contigo y nos acercaremos a algunos lugares seguros”», recordaba Wake. «Pero cuando los llevé a aquel lugar donde seguro que había, no encontramos más que dos sapos.»

En parte, lo que hacía que aquella situación fuese tan difícil de explicar era la geografía; las ranas parecían estar desapareciendo no sólo de las áreas pobladas o perturbadas sino también de los lugares mejor conservados, como la Sierra o las montañas de América Central. A finales de los años ochenta, una herpetóloga norteamericana visitó la Reserva de Bosque Nuboso de Monteverde, en el norte de Costa Rica, para estudiar los hábitos reproductores de los sapos dorados. Anduvo buscándolos durante dos temporadas de campo, pero allí donde en otro tiempo los sapos se apareaban formando masas temblorosas sólo pudo encontrar un único macho. (El sapo dorado, hoy clasificado como extinto, era en realidad de un vivo color mandarina. Sólo era un pariente muy lejano de la rana dorada de Panamá, que, al poseer cierto par de glándulas detrás de los ojos, técnicamente también es un sapo.) Más o menos al mismo tiempo, en el centro de Costa Rica, los biólogos notaron que las poblaciones de varias especies endémicas de rana se habían desplomado. Las especies raras y muy especializadas estaban desapareciendo, pero también las más comunes. En Ecuador, el jambato negro, un sapo frecuente en los huertos, desapareció en cuestión de años. Y en el noreste de Australia, la rana diurna meridional, que en otro tiempo había sido una de las especies más comunes de la región, también dejó de verse.

La primera pista sobre el misterioso asesino que estaba acabando con las ranas desde Queensland hasta California llegó, irónicamente o no, de un parque zoológico. El Zoo Nacional de Washington, D.C. llevaba un tiempo criando con éxito la rana dardo azul, originaria de Suriname, durante varias generaciones. Y entonces, casi de un día para otro, las ranas que se criaban en los tanques del zoo empezaron a perecer. Un veterinario patólogo del zoo tomó algunas muestras de las ranas muertas y las examinó con un microscopio electrónico de barrido. Sobre la piel de los animales halló un extraño microorganismo que más tarde identificó como un hongo de un grupo conocido como quitridios.

Los hongos quitridios son prácticamente ubicuos: se encuentran igual en las copas de los árboles que a gran profundidad bajo el suelo. Sin embargo, esta especie concreta no se había visto nunca; de hecho, era tan peculiar que hubo que crear un género entero para darle cabida. Se le dio el nombre de Batrachochytrium dendrobatidis (del griego batrachos, «rana»), o simplemente Bd.

El veterinario patólogo envió muestras de ranas infectadas del Zoo Nacional a un micólogo de la Universidad de Maine. El micólogo cultivó el hongo y envió una muestra cultivada de vuelta a Washington. Cuando se expuso unas ranas sanas al Bd cultivado en el laboratorio, enfermaron y a las tres semanas habían muerto. Investigaciones posteriores demostraron que Bd afecta la capacidad de las ranas para absorber algunos electrolitos esenciales a través de la piel, lo que acaba provocándoles un ataque al corazón.

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