“La Invención de la Ciencia” de David Wootton

David Wootton es un profesor de historia de la Universidad de York, en Inglaterra. “La Invención de la Ciencia” es su libro más reciente, una obra enciclopédica acerca de cómo surgió la cultura del conocimiento. En él describe la historia desde el siglo XV y hasta el siglo XVIII.

wootton

 

Tendemos a pensar que el mundo ha sido siempre como el mundo que conocemos. Nada más lejos de la realidad. Vivimos en una época donde el conocimiento, las evidencias y los hechos importan. Pero la vida no ha sido siempre así. Wootton nos abre los ojos al mundo anterior a la revolución científica, cuando se pensaba que los libros sagrados ya habían dicho todo lo que había por decir.  El descubrimiento de América volteó las mentes al revés. De pronto, los grandes pensadores se dieron cuenta que era posible descubrir lugares nuevos. Los cartógrafos inventaron cómo popularizar los rasgos del planeta Tierra. Y la imprenta democratizó el acceso a la información.

Los conceptos de hechos, experimento, ley, hipótesis, teoría, evidencia, ninguno existía antes del siglo XV. Wootton dedica gran parte de su libro, con multitud de anécdotas y una erudición extraordinaria, a platicarnos cómo fue que poco a poco el mundo salió de la ignorancia y superstición y se convirtió en lo que hoy nos parece totalmente normal.

Ojalá lo disfruten.

Capítulo 1
MENTES MODERNAS

Bacon, desde luego, tenía una mente más moderna que Shakespeare: Bacon tenía un sentido de la historia; consideraba que su época, el siglo xvit, era el principio de una era científica, y quería que la veneración de los textos de Aristóteles fuera sustituida por una investigación directa de la naturaleza.

Jorge Luis Borges, «El enigma de Shakespeare» (1964)

§1

El mundo en el que vivimos es mucho más joven de lo que cabría esperar. En la Tierra ha habido humanos constructores de utensilios desde hace unos dos millones de años. Nuestra especie, Homo sapiens, apareció hace 200.000 años, y la cerámica se remonta a hace unos 25.000 años. Pero la transformación más importante de la historia humana antes de la invención de la ciencia, la Revolución Neolítica, tuvo lugar en fecha reciente por comparación, hace entre 12.000 y 7.000 años. Fue entonces cuando se domesticaron animales, cuando se inició la agricultura y los utensilios de piedra empezaron a ser sustituidos por los de metal. Han transcurrido aproximadamente 600 generaciones desde que los seres humanos dejaron de ser, por primera vez, cazadores-recolectores. La primera nave de vela se remonta a hace unos 7.000 años, y lo mismo puede decirse del origen de la escritura. Aquellos que aceptan la teoría de la evolución de Darwin pueden no tener paciencia con una cronología bíblica que sitúa la creación del mundo hace 6.000 años, pero lo que podemos calificar de humanidad histórica (los humanos que han dejado tras ellos registros escritos), en oposición a la humanidad arqueológica (humanos que solo han dejado tras ellos artefactos), ha existido solo durante este período aproximado de tiempo, unas 300 generaciones. Añadamos el término «tátara» frente a «abuelo» trescientas veces: ocupará solo alrededor de media página impresa. Esta es la verdadera extensión de la historia humana; antes de eso hubo dos millones de años de prehistoria.

Gertrude Stein (1874-1946) dijo de Oakland, California, que allí «no había allí»: todo era nuevo, un lugar sin historia. Prefería París. Se equivocaba con Oakland: allí han vivido seres humanos durante unos 20.000 años. Pero también estaba en lo cierto: la vida allí era tan fácil que no había necesidad de desarrollar agricultura, por no hablar ya de la escritura. Las plantas domésticas, los caballos, los utensilios de metal (incluidas las armas) y la escritura solo llegaron allí con los españoles, después de 1535. (California es excepcional; en otras partes de las Américas, la domesticación del maíz se remonta a 10.000 años, tan lejos como cualquier otra planta en el resto del mundo, y la escritura se remonta a 3.000 años).

De modo que el mundo en el que vivimos es casi nuevecito: más antiguo en algunos lugares que en otros pero, en comparación con los 2 millones de años de historia de elaboración de utensilios, acabado de salir del envoltorio. Después de la Revolución Neolítica, la tasa de cambio se hizo muy lenta, casi a paso de tortuga. Durante los siguientes 6.500 años hubo notables avances tecnológicos (el invento de la noria y del molino de viento, por ejemplo), pero hasta hace 400 años el cambio tecnológico fue lento, y a menudo se invertía. Los romanos se sorprendían por los relatos de lo que Arquímedes (287-212 AEC) había podido hacer, y los arquitectos italianos del siglo XV exploraron los edificios en ruinas de la antigua Roma, convencidos de que estudiaban una civilización mucho más avanzada que la suya. Nadie imaginaba un día en el que la historia de la humanidad pudiera concebirse como una historia de progreso, pero apenas tres siglos después, en pleno siglo XVIII, el progreso había llegado a parecer tan inevitable que se leía en retrospectiva en toda la historia previa. Algo extraordinario había ocurrido en el ínterin. ¿Qué fue exactamente lo que permitió a la ciencia de los siglos XVII y XVIII progresar de una manera que no habían conseguido los sistemas de conocimiento previos? ¿Qué es lo que tenemos ahora que los romanos y sus admiradores del Renacimiento no tenían?

Cuando William Shakespeare (1564-1616) escribió Julio César (1599) cometió el pequeño error de referirse al repiqueteo de un reloj: no había relojes mecánicos en la Roma antigua. En Coriolano (1608) hay una referencia a los puntos cardinales o de la brújula… pero los romanos no tenían la brújula náutica. Estos entres reflejan el hecho de que cuando Shakespeare y sus contemporáneos leían a los autores romanos encontraban constantes recordatorios de que los romanos eran paganos, no cristianos, pero pocos recordatorios de que hubiera ninguna brecha tecnológica entre Roma y el Renacimiento. Los romanos no tenían imprenta, pero tenían muchos libros, y esclavos para copiarlos. No tenían pólvora, pero tenían artillería en la forma de la balista. No tenían relojes mecánicos, pero tenían relojes de sol y relojes de agua. No tenían grandes buques de vela que pudieran navegar gracias al viento, pero en la época de Shakespeare la guerra en el Mediterráneo todavía se realizaba mediante galeras (barcos de remos). Y, desde luego, en muchos aspectos prácticos los romanos estaban mucho más avanzados que los isabelinos: mejores carreteras, calefacción central, baños apropiados. Shakespeare, de manera perfectamente sensata, imaginaba la antigua Roma igual que el Londres contemporáneo pero con luz solar y togas. Ni él ni sus contemporáneos tenían razones para creer en el progreso. «Para Shakespeare —dice Jorge Luis Borges (1899-1986)—, todos los personajes, ya fueran daneses como Hamlet, escoceses como Macbeth, griegos, romanos o italianos, todos los personajes en todas sus obras son tratados como si fueran sus contemporáneos. Shakespeare notaba la variedad de hombres, pero no la variedad de épocas históricas. Para el, la historia no existía.» La idea que Borges tenía de la historia es moderna; Shakespeare sabía mucha historia, pero (a diferencia de su contemporáneo Francis Bacon, que había entendido lo que una Revolución Científica puede conseguir) no tenía idea del cambio histórico irreversible.

Podríamos pensar que la pólvora, la imprenta y el descubrimiento de América en 1492 tendrían que haber obligado al Renacimiento a adquirir un sentido del pasado como algo perdido y desaparecido para siempre, pero las personas cultas se dieron cuenta solo de manera lenta de las consecuencias irreversibles que surgían de estas innovaciones cruciales. Solo retrospectivamente llegaron a simbolizar una nueva era; y fue la misma Revolución Científica la principal responsable de la convicción de la Ilustración de que el progreso se había hecho imparable. A mediados del siglo XVIII, el sentido del tiempo de Shakespeare había sido sustituido por el nuestro. Este libro se detiene allí, no porque fuera allí donde la Revolución terminó, sino porque para entonces ya era evidente que se había iniciado un proceso imparable de transformación. El triunfo del newtonianismo señala el final del principio.

§2

Con el fin de comprender la escala de esta Revolución, consideremos por un momento un europeo bien educado típico en 1600; consideraremos a un inglés, pero no supondría una diferencia significativa si se tratara de una persona de cualquier otro país europeo, pues, en 1600, todos comparten la misma cultura intelectual. El tal inglés cree en la brujería y quizá ha leído la Damonologie («Demonología», 1597), de Jacobo VI de Escocia, el futuro Jacobo I de Inglaterra, que ofrece un panorama alarmante y crédulo de la amenaza que plantean los agentes del diablo. Cree que las brujas pueden evocar tempestades que hunden barcos en el mar (Jacobo casi perdió su vida en una de estas tempestades). Cree en hombres lobo, aunque resulta que en Inglaterra no hay ninguno: sabe que se encuentran en Bélgica (Jean Bodin, el gran filósofo francés del siglo XVI, era la autoridad aceptada en estas cuestiones). Cree que Circe convirtió realmente a la tripulación de Odiseo en cerdos. Cree que los ratones son generados espontáneamente en montones de paja. Cree en magos contemporáneos: ha oído hablar de John Dee, y quizá de Agripa de Nettesheim (1486-1535), de cuyo perro negro, Monsieur, se pensaba que era un demonio disfrazado. Si vive en Londres puede conocer a personas que han consultado al médico y astrólogo Simon Forman, que emplea magia para ayudarles a recuperar bienes robados. Ha visto un cuerno de unicornio, pero no un unicornio.

Cree que el cuerpo de un asesinado sangrará en presencia del asesino. Cree que hay un ungüento que, si se frota sobre una daga que ha causado una herida, curará la herida. Cree que la forma, color y textura de una planta pueden ser una pista de cómo funcionará como medicina, porque Dios diseñó la naturaleza para que fuera interpretada por el hombre. Cree que es posible transformar el vil metal en oro, aunque duda que nadie sepa cómo hacerlo. Cree que la naturaleza detesta el vacío. Cree que el arco iris es una señal de Dios y que los cometas presagian el mal. Cree que los sueños predicen el futuro, si sabemos cómo interpretarlos. Cree, desde luego, que la tierra permanece inmóvil y que el sol y las estrellas giran alrededor de la tierra una vez cada veinticuatro horas; ha oído hablar de Copérnico, pero no imagina que este pretenda que su modelo del cosmos centrado en el sol sea tomado al pie de la letra. Cree en la astrología, pero como no sabe el momento exacto de su propio nacimiento piensa que ni siquiera el astrólogo más experto sería capaz de decirle poco más que lo que él mismo no pueda encontrar en los libros. Cree que Aristóteles (siglo IV AEC) es el mayor filósofo que haya existido nunca, y que Plinio (siglo I EC), Galeno y Ptolomeo (ambos del siglo II EC) son las mejores autoridades en historia natural, medicina y astronomía. Sabe que en el país hay misioneros jesuitas de los que se dice que realizan milagros, pero sospecha que son farsantes. Posee un par de docenas de libros.

En cosa de pocos años el cambio se hizo patente. En 1611 John Donne, refiriéndose a los descubrimientos que Galileo hizo el año anterior con su telescopio, declaraba que «la nueva filosofía nos plantea dudas a todos». «Nueva filosofía» era un lema de William Gilbert, que había publicado en 1600 la primera gran obra de ciencia experimental en los últimos seiscientos años; para Donne, la «nueva filosofía» era la nueva ciencia de Gilbert y Galileo. Sus líneas reúnen muchos de los elementos clave que constituían la nueva ciencia de la época: la búsqueda de nuevos mundos en el firmamento, la destrucción de la distinción aristotélica entre los cielos y la tierra, el atomismo de Lucrecio:

Y la nueva filosofia todo lo pone en duda, el elemento del fuego se descarta del todo; el sol se pierde, y la tierra, y no hay ingenio humano que lo pueda dirigir bien, adónde buscarlos. y libremente los hombres confiesan, que este mundo se ha agotado, cuando en los planetas, y el firmamento buscan tantas cosas nuevas; ven que este se desmorona de nuevo en sus átomos. todo está en pedazos, toda coherencia desaparece; todo es solo provisión, y todo relación: príncipe, súbdito, padre, hijo, son cosas olvidadas, porque cada hombre piensa solo que ha tenido que ser un fénix, y que entonces no puede ser nada de esta clase, de la que él es, sino él.

Donne continuaba mencionando los viajes de descubrimiento y el nuevo comercio que se seguía de ellos, la brújula que hacía posible tales viajes e, inseparable de la brújula, el magnetismo, que era el tema de los experimentos de Gilbert.

¿Cómo supo Donne acerca de la nueva filosofía? ¿Cómo sabía que implicaba el atomismo de Lucrecio? Galileo no había mencionado nunca el atomismo en textos impresos, aunque algunos que lo conocían afirmaban que, en privado, dejaba claro su compromiso con este; Gilbert había discutido el atomismo solo para rechazarlo. ¿Cómo sabía Donne que los nuevos filósofos buscaban nuevos mundos, no solo pensando en los planetas como mundos sino también buscando mundos en otras partes del firmamento?

Con toda probabilidad, Donne se había encontrado con Galileo en Venecia o Padua en 1605 o 1606. En Venecia se había alojado con el embajador inglés, sir Henry Wotton, que estaba ocupado intentando obtener la liberación de un escocés, amigo de Galileo, que había sido encarcelado por tener relaciones sexuales con una monja (un crimen que se suponía que acarreaba la pena de muerte). Quizá Donne conoció a Galileo y habló con él, o con los estudiantes de Galileo que hablaban inglés; parece seguro que conoció a Paolo Sarpi, el amigo íntimo de Galileo. En Inglaterra, pudo haber conocido a Thomas Harriot, un gran matemático que evidentemente se sentía atraído por el atomismo, y también a Gilben. Además de, o en lugar de Sidereus nuncius (Mensajero sideral), de Galileo, pudo haber leído Conversation with Galileo’s Starty Messenger («Conversación con el mensajero sideral», 1610), de Kepler, que contenía muchas ideas radicales acerca de otros mundos que Galileo, prudentemente, había evitado discutir.

Hay otra respuesta. Donne poseía un ejemplar de la Epicurean Philosophy («Filosofía epicúrea», 1601), de Nicholas Hill. Dicho ejemplar (ahora en la biblioteca del Middle Temple, una de las Inns of Court de Londres) había pertenecido a su amigo, y amigo de Shakespeare, Ben Jonson. Originalmente lo había comprado un miembro del Christ’s College, de Cambridge: su encuadernación lleva la insignia de esta universidad. Su primer propietario había planeado estudiarlo con detenimiento, quizá para escribir una refutación o un comentario, porque estaba encuadernado con páginas en blanco alternas en las que se podían escribir notas. Las páginas seguían en blanco. ¿Se lo regalaron a Jonson, o lo pidió prestado y lo conservó? ¿Se lo regalaron a Donne a su vez, o lo pidió prestado y no lo devolvió? No lo sabemos. Solo sabemos que nadie se tomó a Hill en serio. Su libro, se decía, «estaba lleno de palabras grandilocuentes y poca materia». Era «gracioso [es decir, extravagante] y oscuro». Las primeras referencias a Hill (por ejemplo, en un verso satírico de Jonson) tienen más que ver con tirarse pedos que con la filosofía. En algún momento antes de 1610, Donne compuso un catálogo de la biblioteca de un cortesano; esta era una broma extendida, que consistía en listar libros imaginarios y ridículos, como un erudito tomo de Girolamo Cardano, On the Nothingness of a Fart («Sobre la nada de un pedo»). La primera inscripción es un libro de Nicholas Hill sobre el sexo de los átomos: ¿cómo se distinguen los machos de las hembras? ¿Hay átomos hermafroditas?

Donne habría sabido por Hill de la posibilidad de vida en otros planetas, y de planetas que orbitaban otras estrellas; también habría sabido que estas extrañas ideas procedían de Giordano Bruno. Si leyó el Sidereus nuncius de Galileo, con su narración de que la luna tiene montañas y valles, Donne habría respondido exactamente como hiciera el gran astrónomo alemán Johannes Kepler aquella primavera cuando leyó uno de los primeros ejemplares que llegó a Alemania: vio una notable vindicación de la perversa teoría de Bruno de que pudiera haber vida en otras partes del universo. Si Donne leyó la Conversation de Kepler habría encontrado con todo lujo de detalles la conexión con Bruno. Los chistes sobre pedos eran ahora irrelevantes. El reconocimiento que podía deducirse llegaba demasiado tarde para Bruno, que había sido quemado vivo por la Inquisición romana en 1600; probablemente también era demasiado tarde para Hill, quien, según un informe posterior, se suicidó en 1610, al comer veneno para ratas, y que murió blasfemando y maldiciendo. Se hallaba exiliado en Róterdam: había sido descubierto organizando un plan de traición para impedir que Jacobo VI de Escocia sucediera a Isabel I en el trono de Inglaterra en 1603, y había huido al extranjero. Después, la muerte de su hijo, Lawrence, a quien estaba muy unido, hizo que seguir viviendo le pareciera inútil. En 1601 había escogido dedicar su única publicación no a algún gran hombre (había una cierta escasez de grandes hombres que lo apreciaran), sino a su hijo, todavía un niño: «A mi edad, le debo algo serio, puesto que él, a su tierna edad, me ha deleitado con mil lindos trucos». Hill quizá no vivió para saberlo, pero de repente en 1610 la filosofía epicúrea se había convertido en «algo serio». Se iniciaba una revolución, y Donne, que solo unos años antes se había burlado de las nuevas ideas, que había leído a Gilbert, Galileo y Hill y que quizá conocía a Harriot, fue uno de los primeros en comprender que el mundo no volvería a ser nunca como antes. De modo que en 1611 la revolución ya estaba en marcha, y Donne, a diferencia de Shakespeare y de la mayoría de contemporáneos cultos, era plenamente consciente de ello.

Pero ahora demos un gran salto adelante. Tomemos un inglés culto de un siglo y cuarto después, en 1733, el año de la publicación de las Letters Concerning the English Nation («Cartas referidas a la nación inglesa»), de Voltaire (mejor conocidas por el título que tenían un año después, cuando aparecieron en francés: Lettres philosophiques [Cartas filosóficas)), el libro que anunció a un público europeo algunos de los logros de la nueva ciencia, que entonces era peculiarmente inglesa. El mensaje del libro de Voltaire era que Inglaterra poseía una cultura científica distintiva: lo que era cierto de un inglés culto en 1733 no lo sería para un francés, un italiano, un alemán o incluso un holandés. Nuestro inglés ha mirado a través de un telescopio y un microscopio; posee un reloj de péndulo y un barómetro de palo (y sabe que hay un vacío al final del tubo). No sabe de nadie (o al menos de nadie que sea culto y razonablemente refinado) que crea en brujas, hombres lobo, magia, alquimia o astrología; piensa que la Odisea es ficción, no hechos. Está seguro de que el unicornio es una bestia mítica. No cree que la forma o el color de una planta tenga ninguna importancia para comprender su utilidad médica. Cree que no hay organismo de tamaño lo bastante grande para poderlo ver a simple vista que se genere espontáneamente, ni siquiera una mosca. No cree en el ungüento del arma ni que los cadáveres de asesinados sangren en presencia del asesino.

Como todas las personas cultas en los países protestantes, cree que la Tierra gira alrededor del sol. Sabe que el arco iris es producido por luz refractada y que los cometas no tienen ningún significado para nuestra vida en la tierra. Cree que no es posible predecir el futuro. Sabe que el corazón es una bomba. Ha visto funcionar un motor de vapor. Cree que la ciencia transformará el mundo y que los modernos han aventajado a los antiguos en todos los aspectos posibles. Tiene dificultades en creer en ningún tipo de milagros, ni siquiera en los de la Biblia. Piensa que Locke es el más grande de los filósofos que haya existido nunca y que Newton es el más grande de los científicos. (Lo animan a pensar así las Letters Concerning the English Nation.) Posee un par de cientos (quizá incluso un par de miles) de libros.

Tomemos, por ejemplo, la extensa biblioteca (un catálogo moderno ocupa cuatro volúmenes) de Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver (1726). Contenía todas las obras evidentes de alta literatura e historia, pero también Newton, las Philosophical Transactions de la Royal Society for the Advancement of Natural Knowledge («Sociedad Real para el Avance del Saber Natural») (la segunda revista científica, el Journal des sovans, empezó a publicarse dos meses antes), y Entretiens sur la pluralicé des mondes («Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos») (1686), de Fontenelle. De hecho, Swift, a pesar de todo su antagonismo hacia la ciencia contemporánea (a lo que volveremos en el capítulo 14), estaba lo bastante familiarizado con las tres leyes de Kepler del movimiento planetario para usarlas para calcular las órbitas de lunas imaginarias alrededor del planeta Marte; su hostilidad se basaba en una extensa lectura de obras científicas. Su mundo era uno en el que la cultura de la élite se distinguía de manera mucho más nítida de la cultura de las masas de lo que había ocurrido en el pasado, pero también en el que la ciencia no era todavía demasiado especializada para formar parte de la cultura de toda persona educada. Incluso en 1801 escucharemos que Coleridge está determinado a que «antes de cumplir los treinta años entenderé absolutamente todas las obras de Newton».

Entre 1600 y 1733 (aproximadamente; el proceso estaba más avanzado en Inglaterra que en otras partes) el mundo intelectual de la élite educada cambió más rápidamente que en ningún otro momento de la historia previa, y quizá que en ningún otro momento antes del siglo XX. La magia fue sustituida por la ciencia, el mito por los hechos, la filosofía y la ciencia de la antigua Grecia por algo que todavía es reconocible como nuestra filosofía y nuestra ciencia, con el resultado que mi relato de una persona imaginaria en 1600 se formula automáticamente en términos de «creencia», mientras que en el de una tal persona en 1733 hablo en términos de «conocimiento». Desde luego, la transición todavía era incompleta. La química apenas existía. Para curar las enfermedades se utilizaban sangrías, purgas y eméticos. Todavía se creía que las golondrinas hibernaban en el fondo de estanques. Pero los cambios en los cien años siguientes iban a ser mucho menos notables que los cambios de los cien años anteriores. El único nombre que tenemos para esta gran transformación es el de «Revolución Científica».

Deja un comentario