“La invención de la naturaleza: El mundo nuevo de Alexander von Humboldt” de Andrea Wulf

Andrea Wolf es una historiadora nacida en la India y radicada en Inglaterra, que el año de 2015 publicó este libro que se convirtió en un éxito editorial, ganando decenas de premios. La invención de la naturaleza no es únicamente la biografía de Alexander von Humboldt. El libro es una fantástica historia de cómo Humboldt el explorador se convirtió en el primero en concebir a la naturaleza como un sistema dinámico.

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Él hizo dos viajes durante su vida: uno a América entre 1799 y 1804 y otro a Rusia en 1829. Wolf narra las aventuras de Humboldt, concentrándose especialmente en la subida al Monte Chimborazo y el viaje a Venezuela por el Orinoco.

Es sorprendente aprender que Humboldt fue el primero en imaginar que los continentes se mueven sobre la superficie del planeta. También fue el primero en sugerir la idea que el cambio climático es inducido por el ser humano. Fue un visionario que inspiró a Darwin y a muchos otros pensadores del siglo XIX y cuya historia muchos desconocemos.

Lo recomiendo ampliamente pues es una delicia de lectura. Ojalá lo disfruten.

Prólogo

Se arrastraban a cuatro patas por un estrecho y alto risco que, en algunos puntos, no tenía más que cinco centímetros de ancho. El camino, si se podía llamar así, estaba lleno de arena y piedras que se movían cuando las tocaban. A la izquierda, hacia abajo, había un abrupto despeñadero, cubierto de hielo que brillaba cuando el sol lograba atravesar las espesas nubes. Lo que se veía a la derecha, un precipicio de 300 metros, no era mucho mejor. Aquí, las paredes oscuras y casi perpendiculares estaban cubiertas de rocas que sobresalían como hojas de cuchillos.

Alexander von Humboldt y sus tres acompañantes avanzaban en fila india y muy despacio. Sin vestimenta ni material apropiados, era una escalada peligrosa. El viento helador les había adormecido manos y pies, la nieve derretida les había empapado el fino calzado y el hielo cristalizado les cubría el cabello y la barba. A más de 5.000 metros sobre el nivel del mar, tenían dificultades para respirar en el aire enrarecido. A medida que avanzaban, las rocas irregulares destrozaban las suelas de los zapatos, y los pies les habían empezado a sangrar.

Era el 23 de junio de 1802 y estaban escalando el Chimborazo, un bello volcán inactivo con forma de cúpula en los Andes, de casi 6.400 metros, a 160 kilómetros al sur de Quito en lo que hoy es Ecuador. Entonces se pensaba que el Chimborazo era la montaña más alta del mundo. No era extraño que sus aterrados porteadores los hubieran abandonado en la línea de nieve. La cima del volcán estaba envuelta en una espesa niebla, pero Humboldt, pese a todo, había seguido adelante.

Durante tres años, Alexander von Humboldt había recorrido toda Latinoamérica y penetrado en tierras a las que pocos europeos habían ido antes. Obsesionado por la observación científica, el explorador, de treinta y dos años, había llevado consigo desde Europa una amplia variedad de los mejores instrumentos. Para el ascenso al Chimborazo había dejado atrás la mayor parte de su equipaje, pero sí disponía de un barómetro, un termómetro, un sextante, un horizonte artificial y un aparato llamado cianómetro, con el que podía medir el azul del cielo. Mientras subían, Humboldt manejaba sus instrumentos con los dedos entumecidos y en cornisas peligrosamente estrechas, para medir la altitud, la gravedad y la humedad. Anotaba meticulosamente todas las especies que veían: una mariposa aquí, una flor diminuta allá. Todo quedaba registrado en su cuaderno.

A los 5.400 metros vieron una última brizna de liquen aferrada a un peñasco. Después desaparecieron todos los rastros de vida orgánica, porque a esa altura no había plantas ni insectos. Hasta los cóndores que habían acompañado sus escaladas anteriores estaban ausentes. A medida que la niebla blanqueaba el aire y lo transformaba en un espacio misterioso y vacío, Humboldt se sintió totalmente alejado del mundo habitado. «Era —dijo— como si estuviéramos atrapados en un globo de aire». Entonces, de pronto, la niebla se levantó y dejó al descubierto la cumbre nevada del Chimborazo sobre el cielo azul. Una «vista grandiosa», fue la primera reflexión de Humboldt, hasta que vio la inmensa grieta abierta ante ellos: 20 metros de anchura y aproximadamente 180 metros de profundidad. Pero no había otra vía para llegar a la cima. Cuando Humboldt midió la altitud y vio que indicaba 5.917 metros, descubrió que estaban a apenas 300 metros del pico.

Nadie había subido nunca tanto, nadie había respirado un aire tan enrarecido. De pie en la cima del mundo, mirando hacia abajo por encima de las cadenas montañosas, Humboldt empezó a ver el mundo de otra manera. Concibió la tierra como un gran organismo vivo en el que todo estaba relacionado y engendró una nueva visión de la naturaleza que todavía hoy influye en nuestra forma de comprender el mundo natural.

Descrito por sus contemporáneos como el hombre más famoso del mundo después de Napoleón. Humboldt fue uno de los personajes más cautivadores e inspiradores de su época. Nacido en 1769 en el seno de una familia acomodada de Prusia, desechó una vida de privilegios para irse a descubrir cómo funcionaba el mundo. De joven emprendió un viaje de cinco años para explorar Latinoamérica, en el que arriesgó muchas veces la vida y del que regresó con una nueva concepción del mundo. Fue un viaje que moldeó su vida y su pensamiento y que le convirtió en un personaje legendario en todo el planeta. Vivió en ciudades como París y Berlín, pero también se sentía cómodo en los brazos más remotos del río Orinoco o en la estepa kazaja de la frontera entre Rusia y Mongolia. Durante gran parte de su larga vida fue el centro del mundo científico: escribió alrededor de 50.000 cartas y recibió al menos el doble. Los conocimientos, creía Humboldt, había que compartirlos, intercambiarlos y ponerlos a disposición de todos.
También era un hombre de contradicciones. Fue feroz crítico del colonialismo y apoyó las revoluciones en Latinoamérica, pero fue chambelán de dos reyes de Prusia. Admiraba a Estados Unidos por su concepto de libertad e igualdad, pero nunca dejó de criticado por no abolir la esclavitud. Se consideraba «medio americano» pero, al mismo tiempo, comparaba América con «un vértice cartesiano, que arrastra todo e iguala todo en una triste monotonía». Era un hombre seguro de sí mismo, pero tenía un afán constante de aprobación. Le admiraban por su gran amplitud de conocimientos, pero le temían por su lengua mordaz. Los libros de Humboldt se publicaron en una docena de idiomas y eran tan populares que los lectores sobornaban a los libreros para ser los primeros en recibir ejemplares, y, sin embargo, murió pobre. Podía ser vanidoso, pero también daba el único dinero que le quedaba a algún joven científico en dificultades. Llenó su vida de viajes y trabajo constante. Siempre quería experimentar algo nuevo y, en sus propias palabras, a ser posible, «tres cosas al mismo tiempo». 

Humboldt era célebre por sus conocimientos y su pensamiento científico, pero no era ningún cerebro erudito. No contento con quedarse en su estudio y entre libros, se entregaba al esfuerzo físico y llevaba su cuerpo al límite. Se aventuró en las profundidades misteriosas de la selva de Venezuela y se arrastró por estrechos salientes, a una altura peligrosa, para ver las llamas del interior de un volcán en activo. Incluso cuando tenía sesenta años viajó más de 16.000 kilómetros hasta los rincones más alejados de Rusia y dejó atrás a sus acompañantes, más jóvenes.

Fascinado por los instrumentos científicos, las mediciones y las observaciones, además se dejaba llevar por el asombro. Era necesario medir y analizar la naturaleza, por supuesto, pero también pensaba que nuestra reacción ante el mundo tenía que depender en gran parte de las sensaciones y las emociones. Quería despertar el «amor a la naturaleza». En una época en la que otros científicos buscaban leyes universales, Humboldt escribía que la naturaleza había que experimentarla a través de los sentimientos.

Humboldt era diferente a cualquier otra persona porque era capaz de recordar hasta los más mínimos detalles durante años: la forma de una hoja, el color de un suelo, una temperatura, los estratos de una roca. Su extraordinaria memoria le permitía comparar las observaciones que había hecho por todo el mundo con décadas y miles de kilómetros de distancia por en medio. Podía «recorrer toda la cadena de fenómenos en el mundo al mismo tiempo», dijo años después un colega. Mientras que otros tenían que rebuscar en su memoria, Humboldt —«cuyos ojos son telescopios y microscopios naturales, dijo el escritor y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson con admiración— tenía cada dato de conocimiento y observación a mano en cuestión de un instante.

De pie en el Chimborazo, exhausto tras la ascensión, Humboldt absorbió la vista. Las zonas de vegetación se apilaban una sobre otra. En los valles había pasado junto a palmeras y húmedos bosques de bambú en los que las orquídeas llenas de color se aferraban a los árboles. Más arriba había visto coníferas, robles, alisos y arbustos de agracejos como los que conocía de los bosques europeos. Después estaban las plantas alpinas, similares a las que había recogido en las montañas de Suiza, y los líquenes que le recordaban a especímenes del círculo polar y Laponia. Nadie había estudiado las plantas así hasta entonces. Humboldt no las veía dentro de estrictas categorías de una clasificación, sino como tipos en función de la situación y el clima. Era un hombre para el que la naturaleza era una fuerza global con zonas climáticas correspondientes en todos los continentes: un concepto radical para su época y que todavía inspira nuestra interpretación de los ecosistemas.
Los libros, diarios y cartas de Humboldt revelan a un visionario, un pensador muy por delante de su tiempo. Inventó las isotermas —las líneas de temperatura y presión que vemos en los mapas del tiempo actuales— y descubrió el ecuador magnético. Se le ocurrió la idea de que las zonas de vegetación y climáticas recorren en mundo. Pero lo más importante es que revolucionó nuestra manera de ver el mundo natural. Encontraba conexiones en todas partes. No abordaba nada, ni el organismo más diminuto, por sí solo. «En esta gran cadena de causas y efectos —dijo—, no puede estudiarse ningún hecho aisladamente». Con esta perspectiva, inventó la red de la vida, el concepto de naturaleza que conocemos hoy.

Cuando se percibe la naturaleza como una red, su vulnerabilidad salta a la vista. Todo se sostiene junto. Si se tira de un hilo, puede deshacerse el tapiz entero. Después de ver las devastadoras consecuencias medioambientales de las plantaciones coloniales en el lago Valencia de Venezuela en 1800, Humboldt fue el primer científico que habló del nocivo cambio climático provocado por el ser humano. La deforestación había dejado la tierra estéril, el nivel de agua del lago estaba disminuyendo y, con la desaparición de la maleza, las aguas torrenciales habían arrasado el suelo de las laderas en las montañas de alrededor. Humboldt fue el primero en explicar la capacidad del bosque para enriquecer la atmósfera con su humedad y su efecto refrescante, además de su importancia para retener las aguas y proteger el suelo contra la erosión. Advirtió de que los seres humanos estaban interfiriendo en el clima y eso podía tener unas consecuencias imprevisibles para las «futuras generaciones».

La invención de la naturaleza sigue la pista de los hilos que nos conectan a este hombre tan extraordinario. Humboldt influyó en muchos de los mayores pensadores, artistas y científicos de su tiempo. Thomas Jefferson le llamó «una de las mayores joyas de la época». Charles Darwin escribió que «nada estimuló jamás tanto mi entusiasmo como leer la Personal Narrative de Humboldt, y dijo que no se habría embarcado en el Beagle, ni concebido El origen de las especies, sin Humboldt. William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge incorporaron el concepto de naturaleza de Humboldt a sus poemas. Y el más venerado autor de Estados Unidos de textos sobre la naturaleza, Henry David Thoreau, halló en los libros de Humboldt una respuesta a su dilema de cómo ser poeta y naturalista; Waiden habría sido un libro muy distinto sin él. Simón Bolívar, el revolucionario que liberó Sudamérica del poder colonial español, llamó a Humboldt «el descubridor del Nuevo Mundo», y Johann Wolfgang von Goethe, el poeta más grande de Alemania, declaró que pasar unos días en compañía de Humboldt era como «haber vivido varios años».

El 14 de septiembre de 1869 se cumplían cien años del nacimiento de Alexander von Humboldt, y el centenario se celebró en todo el mundo. Hubo fiestas en Europa, África y Australia, además de toda América. En Melbourne y Adelaida, la gente se reunió para escuchar discursos en honor del naturalista, igual que en Buenos Aires y Ciudad de México. Hubo festividades en Moscú, donde llamaron a Humboldt «el Shakespeare de las ciencias», y en Alejandría, Egipto, donde los invitados disfrutaron bajo un cielo iluminado por los fuegos artificiales. Las mayores celebraciones tuvieron lugar en Estados Unidos, donde, de San Francisco a Filadelfia y de Chicago a Charleston, el país fue testigo de desfiles callejeros, cenas suntuosas y conciertos. En Cleveland salieron a la calle alrededor de 8.000 personas, y en Syracuse, otras 15.000 integraron una marcha de más de kilómetro y medio. El presidente Ulysses Grant asistió a las celebraciones en Pittsburgh junto con otras 10.000 personas a una fiesta que paralizó la ciudad.

En Nueva York, las calles adoquinadas estaban llenas de banderas. El Ayuntamiento se cubrió de pancartas, y desaparecieron casas enteras tras los enormes carteles con el rostro de Humboldt. Incluso los barcos que pasaban por el río Hudson iban adornados con banderines de colores. Por la mañana, miles de personas marcharon detrás de diez bandas de música desde el Bowery, por todo Broadway, hasta Central Park, para honrar a un hombre «cuya fama no pertenece a ninguna nación», según decía la primera página de The New York Times. A primera hora de la tarde, 25.000 espectadores se reunieron en Central Park para escuchar los discursos mientras se desvelaba un gran busto en bronce de Humboldt. Al caer la noche, partió una procesión de 15.000 personas con antorchas que desfilaron bajo los coloridos faroles chinos.

Imaginémoslo, dijo un orador, «de pie sobre los Andes», con su mente volando por encima de todo. Los discursos a lo largo y ancho del mundo subrayaron que Humboldt había visto la «íntima correlación» entre todos los aspectos de la naturaleza. En Boston, Emerson declaró ante los notables de la ciudad que Humboldt era «una de esas maravillas del mundo». Su fama, publicó el Daily News de Londres, estaba «en cierto modo ligada al propio universo. En Alemania hubo festividades en Colonia, Hamburgo, Dresde, Frankfurt y muchas otras ciudades. Las mayores celebraciones se hicieron en Berlín, la ciudad natal de Humboldt; a pesar de la lluvia torrencial, se reunieron 80.000 personas. Las autoridades habían ordenado que todas las oficinas y los organismos del Gobierno cerraran ese día. A pesar de la lluvia que caía y las rachas de viento que enfriaban la atmósfera, los discursos y los cantos continuaron durante horas. 

Aunque hoy están casi olvidadas fuera del mundo académico —al menos en el mundo de habla inglesa—, las ideas de Alexander von Humboldt siguen dando forma a nuestro pensamiento. Y aunque sus libros acumulan polvo en las bibliotecas, su nombre persiste en todas partes, desde la comente de Humboldt que transcurre frente a la costa de Chile y Perú hasta docenas de monumentos, parques y montañas en Latinoamérica, como Sierra Humboldt en México y Pico Humboldt en Venezuela. Una ciudad en Argentina, un río en Brasil, un géiser en Ecuador y una bahía en Colombia llevan su nombre.

Existen un cabo Humboldt y un glaciar Humboldt en Groenlandia, y cadenas montañosas en China, Sudáfrica, Nueva Zelanda y la Antártida. Hay ríos y cataratas en Tasmania y Nueva Zelanda, así como parques en Alemania y la rue Alexandre de Humboldt en París. Solo en Estados Unidos, llevan su nombre cuatro condados, trece ciudades, montañas, bahías, lagos y un río, además del Parque Estatal Humboldt Redwoods en California y los Parques Humboldt en Chicago y Buffalo. El estado de Nevada estuvo a punto de llamarse Humboldt cuando la Convención Constitucional debatió su designación en la década de 1860. Casi 300 plantas y más de 100 animales llevan también su nombre; entre ellos, el lirio de Humboldt en California (Lilium humboldtii), el pingüino de Humboldt en Sudamérica (Spheniscus humboldti) y el feroz depredador llamado calamar de Humboldt, de 1,80 metros, que vive en la comente de Humboldt. Varios minerales le rinden tributo —desde la humboldtita hasta la humboldtina— y en la Luna existe una zona denominada Mar de Humboldt. Tiene más lugares designados en su honor que ninguna otra persona.

Los ecologistas y los escritores sobre temas de naturaleza se basan en la visión de Humboldt, aunque en su mayoría lo hacen sin saberlo. Primavera silenciosa, de Rachel Carson, parte del concepto de interconexión de Humboldt, y la famosa teoría de Gala del científico James Lovelock, según la cual la Tierra es un organismo vivo, contiene similitudes extraordinarias. Cuando Humboldt describió el planeta como «un conjunto natural animado y movido por fuerzas internas», se adelantó más de ciento cincuenta años a las ideas de Lovelock. Humboldt llamó el libro en el que presentaba ese nuevo concepto Cosmos, pero antes había pensado (aunque luego lo descartó) llamarlo Gäa. 

El pasado nos determina. Nicolás Copérnico nos mostró nuestro sitio en el universo, Isaac Newton explicó las leyes de la naturaleza, Thomas Jefferson nos dio algunas de nuestras ideas de libertad y democracia, y Charles Darwin demostró que todas las especies descienden de antepasados comunes. Estas ideas definen nuestra relación con el mundo.

Humboldt nos brindó nuestra concepción de la naturaleza. Lo irónico es que sus ideas son ya tan obvias que nos hemos olvidado en buena parte del hombre que las forjó. Pero existe una conexión directa a través de su pensamiento y todas las personas a las que inspiró. El concepto de naturaleza de Humboldt, como una cuerda, nos une a él.

La invención de la naturaleza es mi intento de encontrar a Humboldt. Ha sido un viaje por todo el mundo que me ha llevado a archivos en California, Berlín y Cambridge, entre otros muchos. He leído miles de cartas pero también he seguido sus pasos. Vi las minas de la torre de la anatomía en Jena, Alemania, donde Humboldt pasó muchas semanas diseccionando animales, y en Ecuador, en el Antisana a 3.600 metros de altura, con cuatro cóndores volando en círculo sobre mí y rodeada de una manada de caballos salvajes, encontré la choza desvencijada en la que durmió una noche en marzo de 1802.

En Quito tuve en mis manos el pasaporte español original de Humboldt, el documento que le permitió recorrer Latinoamérica. En Berlín, por fin, comprendí cómo funcionaba su mente cuando abrí las cajas que contenían sus notas, maravillosos collages con miles de trozos de papel, dibujos y números. No tan lejos, en la British Library de Londres, pasé muchas semanas leyendo los libros publicados de Humboldt, algunos tan grandes y pesados que casi no podía levantarlos de la mesa. En Cambridge examiné los ejemplares de esos libros que pertenecieron a Darwin, los que guardaba en un estante junto a su hamaca en el Beagle. Están llenos de anotaciones a lápiz. Al leerlos sentí que estaba oyendo a escondidas una conversación entre Darwin y Humboldt.

Estuve en la selva venezolana, de noche, escuchando el extraño rugido de los monos aulladores, pero también en Manhattan, atrapada sin electricidad durante el huracán Sandy, cuando fui allí para leer varios documentos en la Public Library de Nueva York. Admiré la vieja casona con la torre del siglo x en la aldea de Piobesi, a las afueras de Turín, en la que George Perkins Marsh escribió partes de Man and Nature a principios de la década de 1860; un libro inspirado por las ideas de Humboldt y que supuso el principio del movimiento conservacionista en Estados Unidos. Paseé alrededor del estanque de Walden de Thoreau sobre la nieve recién caída y caminé por Yosemite mientras recordaba la idea de John Muir de que «el camino más daro hacia el Universo pasa por un bosque virgen».

El momento más emocionante fue cuando, por fin, ascendí el Chimborazo, la montaña que tan fundamental fue para la visión de Humboldt. Mientras subía por la inhóspita ladera, el aire estaba tan enrarecido que cada paso parecía eterno, una lenta marcha hacia arriba con las piernas de plomo y vagamente separadas del resto de mi cuerpo. Mi admiración por Humboldt creció con cada paso. Él subió al Chimborazo con un pie herido (y, desde luego, no con unas botas tan cómodas y sólidas como las mías), cargado de instrumentos y parándose constantemente para hacer mediciones.

El resultado de esta exploración por paisajes y cartas, por pensamientos y diarios, es este libro. La invención de la naturaleza es mi intento de redescubrir a Humboldt y devolverle al lugar que le corresponde en el panteón de la naturaleza y la ciencia. Es también un intento de comprender por qué pensamos como lo hacemos hoy sobre el mundo natural. 

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