“Kluge: La azarosa construcción de la mente humana” de Gary Marcus

Éste es un texto divertidísimo acerca de lo mal que funciona la mente humana. Es el libro ideal para quienes creen que somos perfectos. Marcus nos presenta el cerebro como el resultado de la obra de un reparador que hizo lo que pudo con la poca materia prima que la evolución le dio. ¡Y parece que la evolución no le dio mucho para poder trabajar!

 

Gary-Marcus“Nuestras creencias están contaminadas con los engaños de la memoria, las emociones y los caprichos de un sistema perceptivo que debería estar totalmente separado, por no mencionar un sistema de lógica y deducción que hasta ahora, principios del siglo XXI, está lejos de ser maduro”.

Creemos firmemente en lo que nos es familiar y desconfiamos de lo ajeno; en lugar de analizar costo-beneficio nos vamos por simples heurísticas; en general, en lugar de escoger lo que es cierto, escogemos lo que queremos que sea cierto. Siempre nos gana el contexto sobre la racionalidad; la memoria es poco confiable pues recordamos lo que queremos recordar; no tenemos idea de cómo funciona la probabilidad y hacemos uso de una lógica que deja mucho que desear.

Dado que pertenecemos a una especie de individuos que creen que su cerebro funciona de maravilla y no podía ser mejor, Marcus nos presenta en el último capítulo una lista de recomendaciones que valdría la pena seguir para desempeñarnos aun mejor como “seres pensantes”. Considerar hipótesis alternativas, replantear las preguntas, recordar que correlación no implica causalidad, tener siempre presente al tamaño de muestra y olvidar el valor de lo anecdótico: todos estos consejos, de llevarlos a cabo, ayudarán a que nos veamos beneficiados y beneficiemos a nuestra sociedad.

La lectura de Kluge es garantía de unos momentos muy disfrutables.


Capítulo 1, parte 1, Vestigios de historia

¿Es el ser humano «noble en su raciocinio» e «infinito en sus potencias», según la célebre cita de William Shakespeare? ¿Es perfecto, «a imagen y semejanza de Dios», como han afirmado ciertos exegetas bíblicos? Ni mucho menos.

Si la especie humana fuese obra de un diseñador inteligente y compasivo, nuestro pensamiento sería racional, y nuestra lógica, impecable. Nuestra memoria sería sólida, y nuestros recuerdos, fiables. Nuestras frases serían claras; nuestras palabras, precisas, y nuestras lenguas, sistemáticas y regulares, no plagadas de verbos irregulares (conducir-conduje, traducir-traduje, y sin embargo, ir-fui) y otras incoherencias características. Como ha señalado el experto en lenguaje Richard Lederer, lo lógico sería que hubiera jamón (en inglés, ham) en una hamburguesa (hamburger) y huevo (egg) en una berenjena (eggplant), situación que se reproduce prácticamente en cualquier lengua, como vemos, por ejemplo, en castellano: cabría esperar que un «cantamañanas» empezara a entonar canciones nada más levantarse de la cama, que un «pelagatos» se dedicara a trasquilar felinos, o que un «aguafiestas» fuese el encargado de repartir agua en las celebraciones. Y en la misma línea, los anglohablantes deberían aparcar (park) en una autovía (parkway) y conducir (drive) por los caminos de acceso (driveway) a las casas, y no al revés.

Al mismo tiempo, los seres humanos somos la única especie con inteligencia suficiente para planificar de manera sistemática el futuro, y al mismo tiempo tan estúpidos como para tirar por la borda planes cuidadosamente elaborados a cambio de una gratificación a corto plazo. («¿He dicho que estaba haciendo dieta? Mmm, pero es que la mousse de chocolate de tres capas es mi postre preferido… Quizá empiece la dieta mañana.») Estamos más que dispuestos a cruzar la ciudad de punta a punta para ahorrar veinticinco dólares en la compra de un horno microondas de cien dólares, y sin embargo nos negamos a recorrer la misma distancia para ahorrar exactamente los mismos veinticinco dólares en un televisor de pantalla plana que vale mil. Apenas distinguimos un silogismo válido, como, por ejemplo, «Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; por tanto, Sócrates es mortal», de otro falaz, como «Todos los seres vivos necesitan agua; las rosas necesitan agua; por tanto, las rosas son seres vivos» (lo cual parece aceptable hasta que sustituimos «rosas» por «baterías de coche». Si digo «Todos los marineros tienen una novia en cada puerto», nadie sabe si me estoy refiriendo a una chica en particular (por ejemplo, Betty Sue) o en cambio cada uno con la suya. Por no hablar de los testigos presenciales, que se basan en la absurda premisa de que los humanos somos capaces de recordar con precisión los detalles de un accidente o delito presenciado durante breves segundos, incluso años después del suceso, cuando en realidad una persona corriente a duras penas consigue recordar una lista de diez o doce palabras durante más de media hora.

Con esto no quiero decir que el «diseño» de la mente humana sea un desastre absoluto; pero si yo fuera político, casi con toda seguridad sostendría que «se cometió algún que otro error». El objetivo de este libro es explicar qué errores se cometieron, y por qué.

Allí donde Shakespeare vio raciocinio infinito, yo veo otra cosa, lo que los ingenieros denominan kluge. Un kluge es una solución burda o inelegante —y, sin embargo, sorprendentemente eficaz— a un problema. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurrió en abril de 1970 cuando empezaron a fallar los filtros de CO, del módulo lunar del Apolo 13, estando la nave ya en una situación crítica. Era imposible enviar a la tripulación un filtro de recambio —aún no se había inventado el transbordador espacial—, e igual de imposible traer la cápsula de regreso a la Tierra hasta pasados varios días. Sin filtro, la tripulación estaba condenada a muerte. El ingeniero jefe de la misión, Ed Smylic, informó a su equipo de la situación, y vino a decir: «He aquí lo que tenernos a mano en la cápsula espacial; a ver qué se os ocurre». Por suerte, el personal de tierra estuvo a la altura ante semejante desafío, e improvisó rápidamente un tosco recambio para el filtro que consistía en una bolsa de plástico, una caja de cartón, cinta aislante y un calcetín. Con ello consiguieron salvar la vida a los tres astronautas. Como recordaría más tarde uno de ellos, Jim Lovell, «el artilugio no era muy bonito, pero dio resultado».

No todos los kluges salvan vidas. A veces los ingenieros los conciben por puro entretenimiento, sólo para demostrar que cualquier cosa es posible (como construir un ordenador con un juego de construcción de Meccano), o simplemente porque les da pereza hacerlo como es debido. Otros en cambio improvisan kluges debido a una mezcla de desesperación e inventiva, como el personaje televisivo MacGyvet; quien, al verse en la necesidad de huir a toda prisa, pergeñó un par de zapatos con alfombrillas de goma y cinta aislante. Hay kluges que se crean únicamente por diversión, como la cama plegable-cafetera-despertador para el «lanzamiento y activación» de Wallace y Gromit, o el «sacapuntas simplificado» de Rube Goldberg (una cometa sujeta a un cordel levanta una puerta, que a su vez permite la salida de unas polillas, lo cual culmina en la elevación de una jaula que deja en libertad a un pájaro carpintero para que picotee la madera que rodea la mina de un lápiz). Ahora bien, los zapatos de MacGyver y el sacapuntas de Rube Goldberg no son nada en comparación con el kluge posiblemente más extraordinario de todos: la mente humana, el resultado estrafalario y a la vez magnífico de un proceso evolutivo totalmente ciego.

Se desconoce cuál es el origen de la palabra kluge. Algunos la escriben con «d» (kludge), grafía que tiene la virtud de ofrecer una apariencia tan tosca corno las propias soluciones que denota el concepto, pero también el inconveniente de indicar una pronunciación incorrecta. (Bien pronunciada, kluge rima con huge [« enorme »], no con sludge [«lodo»].)’ Algunos han seguido el rastro de la palabra hasta llegar al antiguo término escocés cludgie, que significa «inodoro exterior». Casi todos creen que su origen es el vocablo alemán Kluge, que significa «ingenioso». Según The Hacker’s Dictionary of Computer Jargon, al parecer el término se utilizó por primera vez allá por 1935 para referirse a un «alimentador de papel [de la marca] Kluge», descrito como «un complemento de las impresoras mecánicas».

El alimentador Kluge se diseñó antes de la aparición de los motores eléctricos y los dispositivos de control electrónico pequeños y baratos; se basaba en un conjunto diabólicamente complejo de palancas, correas y conexiones concebido tanto para suministrar energía como para sincronizar todas sus operaciones desde un eje de transmisión. Por consiguiente, era un mecanismo de lo más caprichoso, sujeto a frecuentes averías y endemoniadamente difícil de reparar, pero ¡qué ingenioso!

Prácticamente todo el mundo coincide en que el término empezó a popularizarse en febrero de 1962, a raíz de un artículo titulado «Cómo diseñar un Kludge», escrito, en tono jocoso, por un pionero de la informática llamado Jackson Granholm, que definió un kluge como «una colección discorde de piezas mal encajadas que forma un todo penoso». A continuación señaló que «la construcción de un Kludge … no es tarea para aficionados. La construcción de un auténtico Kludge requiere cierta sutileza masoquista indefinible. El profesional lo identifica de inmediato. El aficionado puede dar por supuesto que “los ordenadores son así”».

El mundo de la ingeniería está lleno de kluges. Consideremos, por ejemplo, un dispositivo conocido como limpiaparabrisas accionado por vacío, común en la mayoría de los coches hasta la década de 1960. Los limpiaparabrisas modernos, como la mayor parte de los componentes de un automóvil, funcionan con electricidad, pero antiguamente los coches tenían seis voltios en lugar de doce, una potencia apenas suficiente para mantener activas las bujías y, desde luego, insuficiente para alimentar lujos tales como el limpiaparabrisas. Así que algún ingeniero sagaz inventó un kluge que accionaba los motores del limpiaparabrisas mediante la succión, extraída del motor, y no mediante la electricidad. El único problema es que la cantidad de succión generada por el motor varía según las revoluciones a las que trabaja éste en un determinado momento. Cuanto mayor es el esfuerzo, menor vacío genera. Todo ello se traduce en que cuando se conducía un Buick Riviera del 58 cuesta arriba o se pisaba el acelerador a fondo, el movimiento del limpiaparabrisas se ralentizaba de manera extrema o incluso llegaba a detenerse por completo. Mala suerte para el abuelo que se encontrara en medio de la montaña durante un día lluvioso.

Visto en retrospectiva, lo verdaderamente asombroso es que quizá la mayoría de las personas ni siquiera eran conscientes de que podía haber algo mejor. En mi opinión, esto precisamente es una gran metáfora de nuestra aceptación cotidiana de las idiosincrasias de la mente humana. La mente es, sin lugar a dudas, impresionante; mucho mejor que cualquier otra alternativa disponible. Aun así, tiene defectos, a menudo difíciles de reconocer. En general, nos limitamos a aceptar nuestros fallos —tales como los arrebatos emocionales, una memoria mediocre, o lo vulnerables que somos ante los prejuicios— porque se supone que ya venimos así de fábrica. Por eso precisamente, reconocer un kluge, y la manera de mejorarlo, a veces exige salirse de las pautas habituales. La mejor ciencia, como la mejor ingeniería, procede a menudo de una buena comprensión, no sólo de cómo son las cosas, sino también de cómo podrían haber sido.

Si los ingenieros construyen kluges sobre todo para ahorrar dinero o tiempo, ¿por qué los crea la naturaleza? La evolución no es ingeniosa ni tacaña. No hay dinero de por medio, ni previsiones de futuro, y si se alarga mil millones de años, ¿quién va a quejarse? No obstante, si observamos con detenimiento la biología, descubrimos un kluge detrás de otro. La columna vertebral del ser humano, sin ir más lejos, es una pésima solución al problema de sostener la carga en una criatura bípeda y erguida. Habría sido mucho más sensato repartir el peso en cuatro columnas iguales con travesaños. En cambio, soporta todo nuestro peso una única columna, lo cual somete a la espina dorsal a una tensión enorme. Conseguimos sobrevivir erguidos (dejando libres las manos), pero para muchas personas eso tiene un coste: unos dolores de espalda atroces. Nos hemos quedado con esta solución tan poco adecuada no porque sea la mejor manera posible de sostener el peso para un bípedo, sino porque la estructura de la espina dorsal se desarrolló a partir de la de los cuadrúpedos, y sostenerse en pie precariamente (para criaturas como nosotros, que usamos herramientas) es mejor que no poder siquiera mantenerse en pie.

Por otro lado, la parte fotosensible de nuestro ojo (la retina) está situada hacia atrás, hacia el fondo de la cabeza, no hacia delante. Como consecuencia, se interponen toda clase de cosas, incluidos un montón de cables que atraviesan el ojo y nos dejan un par de puntos ciegos, uno en cada ojo.

Otra muestra bien conocida de kluge evolutivo procede de un detalle un tanto íntimo de la anatomía masculina. Los tubos que discurren desde los testículos hasta la uretra (los conductos deferentes) son mucho más largos de lo necesario: van de atrás hacia delante, se enroscan y dan una vuelta de 180 grados hasta el pene. Un diseñador cicatero interesado en ahorrar material (o en la eficiencia en el plazo de entrega) habría conectado los testículos directamente al pene mediante un tubo corto; el organismo se ha montado de manera tan azarosa única y exclusivamente porque la biología se ha ido construyendo a partir de lo anterior. En palabras de un científico,2 «El cuerpo [humano] es un puñado de imperfecciones, con … protuberancias inútiles por encima de los orificios nasales, dientes cariados y terceros molares proclives a dar problemas, pies doloridos … espaldas propensas a las lesiones y una piel desprotegida y delicada, susceptible de cortes, mordeduras y, para muchos, quemaduras solares. Somos torpes cuando corremos y sólo poseemos un tercio de la fuerza de los chimpancés, animales mucho más pequeños que nosotros».

A esta letanía de imperfecciones específicamente humanas, podríamos añadir docenas más muy difundidas en el reino animal, como el extraño sistema por el que las hebras de ADN se separan antes de la replicación de éste (un proceso clave para permitir que una célula se desdoble). Una molécula de ADN polimerasa ejecuta su función de una manera totalmente directa; la otra, en cambio, lo hace con vaivenes y sacudidas, de un modo que llegaría a enloquecer a cualquier ingeniero racional.

La naturaleza tiende a generar kluges porque le trae sin cuidado si sus creaciones son perfectas o elegantes. Si algo funciona, se propaga. Si no funciona, se extingue. Los genes que dan lugar a resultados operativos tienden a difundirse; los genes que producen criaturas que no dan la talla tienden a desaparecer; todo lo demás es metáfora. Lo que cuenta aquí es la idoneidad, no la belleza.

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