“El efecto Lucifer: el porqué de la maldad” de Philip Zimbardo

Zimbardo es un psicólogo de la Universidad de Stanford que se dio a conocer por un experimento famoso que hizo en 1971, llamado Experimento de la Cárcel de Stanford.

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Reclutó a una serie de estudiantes de la universidad, quienes con anterioridad habían aceptado participar en un ejercicio de psicología. Se trataba de simular una cárcel, donde los estudiantes tomarían los roles de prisioneros y carceleros. Al azar se decidió quién sería prisionero y quién sería carcelero. El desenlace del experimento, que tuvo que se interrumpido antes de finalizar, fue mucho más allá de lo que Zimbardo jamás se habría imaginado. Los prisioneros sufrieron vejaciones injustificadas de parte de los carceleros, y éstos tuvieron conductas inmorales que no se habrían sucedido en otras circunstancias. En pocas palabras, el experimento provocó que salieran a relucir las peores facetas del ser humano.

El Efecto Lucifer es el libro que Zimbardo escribió muchos años después, en 2007, como resultado de su análisis acerca del origen de la maldad humana. ¿Por qué sucede? ¿Cuáles son las condiciones necesarias para que surja la violencia y la maldad?

Este libro le cambia a uno la óptica del ser humano, su comportamiento y el papel de la sociedad en general. Lectura necesaria para entender las razones por las que algunos actúan con benevolencia y otros actúan con maldad.

Extracto del Capítulo 1

TRANSFORMACIONES: ÁNGELES, DEMONIOS Y SIMPLES MORTALES

El efecto Lucifer es mi intento de entender los procesos de transformación que actúan cuando unas personas buenas o normales hacen algo malvado o vil. Nos ocuparemos de una pregunta fundamental: «¿Qué hace que la gente actúe mal?». Sin embargo, en lugar de recurrir al tradicional dualismo religioso del bien contra el mal, de la naturaleza sana contra la sociedad corruptora, veremos a personas reales realizando tareas cotidianas, enfrascadas en su trabajo, sobreviviendo en el mundo a menudo turbulento del ser humano. Trataremos de entender las transformaciones de su carácter cuando se enfrentan al poder de las fuerzas situacionales.

Empecemos con una definición de la maldad. La mía es sencilla y tiene una base psicológica: La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre.

¿Qué es lo que impulsa la conducta humana? ¿Qué es lo que determina el pensamiento y la acción? ¿Qué hace que algunos de nosotros llevemos una vida recta y honrada y que otros parezcan caer con facilidad en la inmoralidad y el delito? Nuestra concepción de la naturaleza humana, ¿se basa en la suposición de que hay unos factores internos que nos guían por el buen o el mal camino? ¿Prestamos una atención suficiente a los factores externos que determinan nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos? ¿Hasta qué punto estamos a merced de la situación, del momento, de la multitud? ¿Estamos totalmente seguros de que hay algo que nunca nos podrían obligar a hacer?


La mayoría de nosotros nos escudamos tras unos prejuicios egocéntricos que generan la ilusión de que somos especiales. Estos escudos nos permiten creer que estamos por encima de la media en cualquier prueba de integridad personal. Nos quedamos mirando las estrellas a través del grueso lente de la invulnerabilidad personal cuando también deberíamos mirar la pendiente resbaladiza que se abre a nuestros pies. Estos prejuicios egocéntricos suelen ser más comunes en sociedades individualistas como las de Occidente que en sociedades colectivistas como las de Asia, África y Oriente Medio.

En nuestro viaje por el bien y por el mal pediré al lector que se plantee tres preguntas: ¿hasta qué punto se conoce bien a sí mismo y es consciente de sus fuerzas y sus debilidades? ¿Procede este conocimiento de sí mismo de haber examinado su conducta en situaciones familiares, o bien procede de haberse hallado en situaciones totalmente nuevas que han puesto a prueba sus viejos hábitos? Siguiendo esta misma línea, ¿hasta qué punto conoce realmente a las personas con las que convive a diario: su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo y su pareja? Una tesis de este libro es que, en general, el conocimiento que tenemos de nosotros mismos se basa únicamente en experiencias limitadas a situaciones familiares donde hay reglas, leyes, políticas y presiones que delimitan nuestra conducta. Vamos a estudiar, a trabajar, de vacaciones, de fiesta; pagamos las facturas y los impuestos, día tras día y año tras año. Pero, ¿qué ocurre cuando nos hallamos en un entorno totalmente nuevo y desconocido donde nuestros viejos hábitos no bastan? Empezamos un trabajo nuevo, acudimos a una cita a ciegas, nos admiten en una hermandad, nos detiene la policía, nos alistamos en el ejército, nos unimos a una secta o nos presentamos para participar en un experimento. Nuestro viejo yo podría no actuar de la manera esperada cuando las reglas básicas cambian.

Me gustaría que a lo largo de nuestro viaje, a medida que vayamos encontrando diversas formas del mal, el lector se preguntara continuamente: «¿Yo también?». Examinaremos el genocidio de Ruanda, los suicidios y asesinatos en masa de los seguidores del Templo del pueblo en las selvas de Guyana, la matanza de My Lai en Vietnam, los horrores de los campos de exterminio nazis, las torturas cometidas por la policía civil y militar de todo el mundo, los abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos, y la conducta escandalosa y fraudulenta de altos cargos de las empresas Enron y WorldCom. También veremos que algunos hilos comunes a todos estos casos de maldad pasan por los maltratos a prisioneros civiles en la cárcel iraquí de Abu Ghraib que se dieron a conocer hace poco. Un hilo especialmente importante que enlaza todas estas maldades surge de una serie de estudios en el campo de la psicología social experimental, sobre todo de un estudio que se ha llegado a conocer como «el experimento de la prisión de Stanford».

¿El mal es fijo e interno o mutable y externo?

La idea de que un abismo insalvable separa a la gente buena de la mala es reconfortante por dos razones. La primera es que crea una lógica binaria que esencializa el Mal. La mayoría de nosotros percibimos el Mal como una entidad, como una cualidad inherente a algunas personas y no a otras. Al final, las malas semillas cumplen su destino produciendo malos frutos. Definimos el mal señalando a seres realmente malvados de nuestro tiempo como Hitler, Stalin, Pol Pot, Idi Amin, Saddam Hussein y otros dirigentes políticos que han orquestado matanzas atroces. También aludimos a males menores y más ordinarios, como el tráfico de drogas, las violaciones, la trata de blancas, las estafas a nuestros ancianos y el acoso escolar a nuestros hijos.

Mantener esta dicotomía entre el Bien y el Mal también exime de responsabilidad a la «buena gente». Incluso la exime de reflexionar sobre su posible participación en la creación, el mantenimiento, la perpetuación o la aceptación de las condiciones que contribuyen al crimen, la delincuencia, el vandalismo, la provocación, la violación, la intimidación, la tortura, el terror y la violencia. «El mundo es así: poco se puede hacer para cambiarlo y menos aún puedo hacer yo.»

Hay otra concepción que contempla la maldad desde un punto de vista incremental o gradual, como algo de lo que todos somos capaces en función de las circunstancias. En cualquier momento dado, una persona puede poseer en mayor o menor medida un atributo determinado, como la inteligencia, el orgullo, la honradez o la maldad. Nuestra naturaleza puede virar hacia el lado bueno o el lado malo del ser humano. Según esta perspectiva incremental, las cualidades se adquieren mediante la experiencia o la práctica intensiva o por medio de una intervención externa, como el hecho de hallarse ante una oportunidad especial. En otras palabras, podemos aprender a ser buenos o malos con independencia de nuestra herencia genética, nuestra personalidad o nuestro legado familiar.

Otras concepciones: disposicional, situacional y sistémica

La noción esencialista atribuye la conducta a factores disposicionales y la noción incremental la atribuye a factores situacionales. Cuando nos enfrentamos a una conducta inusual, a algún suceso inesperado, a alguna anomalía que no tiene sentido, ¿qué hacemos para intentar entenderla? El método tradicional ha consistido en identificar las cualidades personales que han dado origen a la acción: la estructura genética, los rasgos de la personalidad, el carácter, el libre albedrío y otras predisposiciones de la persona. Ante una conducta violenta buscamos los rasgos de una personalidad sádica. Ante un acto de heroísmo buscamos genes que predispongan al altruismo.

En los Estados Unidos, unos estudiantes entran armados en su instituto y matan o hieren a tiros a decenas de compañeros y profesores. En Inglaterra, dos niños de diez años de edad secuestran en un centro comercial a Jamie Bulger, de dos años, y lo asesinan brutalmente a sangre fría. En Palestina y en Irak, hombres y mujeres jóvenes se convierten en terroristas suicidas. Durante la Segunda Guerra Mundial, en la mayoría de los países europeos muchas personas protegieron a los judíos para que no fueran capturados por los nazis aun sabiendo que ponían en peligro su vida y la de sus familias. En muchos países, hay personas que denuncian prácticas ilícitas en su organización aun a riesgo de salir perdiendo. ¿Por qué?

La postura tradicional (en las culturas que destacan el individualismo) es buscar las explicaciones de la patología o del heroísmo en el interior de la persona. La psiquiatría moderna tiene una orientación disposicional. Lo mismo ocurre con la psicología clínica y con la psicología de la evaluación y la personalidad. La mayoría de nuestras instituciones se fundan en esta perspectiva, incluyendo el derecho, la medicina y la religión. Presuponen que la culpabilidad, la enfermedad y el pecado se hallan en el interior del culpable, del enfermo y del pecador. Intentan entender planteando preguntas sobre el «quién»: ¿quién es el responsable? ¿Quién lo ha causado? ¿De quién es la culpa? ¿De quién el mérito?

Los psicólogos sociales (como yo mismo) nos inclinamos a evitar el criterio disposicional cuando intentamos entender las causas de una conducta inusual. Preferimos iniciar nuestra búsqueda de significado planteando preguntas sobre el «qué»: ¿qué condiciones pueden contribuir a determinadas reacciones? ¿Qué circunstancias pueden generar una conducta? ¿Qué aspecto tiene la situación desde el punto de vista de quienes se encuentran en ella? Los psicólogos sociales nos preguntamos en qué medida los actos de una persona se pueden deber a factores externos a ella, a variables situacionales y a procesos propios de un entorno o un marco dado.

La diferencia entre el enfoque disposicional y el enfoque situacional es parecida a la que hay entre la medicina clínica y la salud pública. La medicina clínica intenta hallar el origen de la enfermedad o la discapacidad en el interior de la persona afectada. En cambio, la salud pública presupone que los vectores de la enfermedad están en el entorno y crean las condiciones que alimentan la enfermedad. A veces, la persona enferma es el producto final de unos agentes patógenos del entorno que, con independencia de los intentos de mejorar la salud de esa persona, podrán afectar a otras si no se los combate. Por ejemplo, desde el punto de vista disposicional, a un niño que manifieste problemas de aprendizaje se le puede administrar una variedad de tratamientos médicos y conductuales para que supere el problema. Pero en muchos casos, y sobre todo entre la gente pobre, la causa del problema es la ingestión del plomo que contienen las cascarillas de pintura que caen de las paredes desconchadas de los bloques de pisos, y el problema empeora más a causa de las condiciones de pobreza: éste sería el enfoque situacional. Estas perspectivas alternativas no son simples variaciones abstractas de unos análisis conceptuales, sino que conducen a formas muy diferentes de abordar los problemas personales y sociales.

Esta distinción la deberíamos tener presente todos los que intentamos saber por qué la gente hace lo que hace y cómo se la puede cambiar para que haga las cosas mejor. Pero en las culturas individualistas es rara la persona que no se ha contagiado del prejuicio disposicional y no dirige su mirada, antes que nada, a los motivos, los rasgos, los genes y las patologías personales. Cuando intentamos entender las causas de la conducta de otras personas tendemos a sobrevalorar el peso de los factores disposicionales y a infravalorar la importancia de los situacionales.

En los siguientes capítulos presentaré abundantes pruebas que contrarrestan la visión disposicional y veremos cómo llega a transformarse el carácter de las personas en situaciones donde actúan fuerzas poderosas. Normalmente, la persona y la situación mantienen una interacción dinámica. Aunque seguramente pensamos que poseemos una personalidad constante en el tiempo yen el espacio, es probable que no sea así. No somos los mismos cuando trabajamos a solas o cuando lo hacemos en grupo, cuando nos hallamos en una situación romántica o en un ámbito educativo, cuando estamos con buenos amigos o entre una multitud anónima, cuando nos encontramos en el extranjero o en nuestro lugar habitual de residencia.

El Malleus Maleficarum y el programa IDB de la Inquisición

Una de las primeras fuentes documentadas del uso habitual de la perspectiva disposicional para entender el mal y librar al mundo de su influencia perniciosa es un texto que se convirtió en la biblia de la Inquisición, el Malleus Maleficarum o «Martillo de los brujos», que era de lectura obligada para los jueces del Santo Oficio. Empieza con un acertijo que se debe resolver: ¿cómo puede seguir existiendo el mal en un mundo gobernado por un Dios todopoderoso y que es todo bondad? Una respuesta: Dios permite el mal para poner a prueba las almas de los hombres. Si cedes a la tentación, vas derecho al Infierno; si te resistes a ella, se te abren las puertas del Cielo. Sin embargo, Dios puso límites a la influencia directa del diablo sobre la humanidad por haber corrompido a Adán y Eva. La solución del diablo fue llevar a cabo sus maldades usando a los brujos y las brujas como intermediarios con las personas a las que quería corromper.

La solución para impedir la propagación del mal en los países católicos fue encontrar y eliminar a esos brujos y brujas. Para ello hacía falta identificarlos, obligarles a confesar su herejía y después acabar con ellos. El método para identificar y destruir brujos (que en nuestros tiempos podría llamarse «programa IDB») era muy simple y directo: infiltrar espías entre la población para saber quiénes practicaban la brujería, comprobar su condición de brujos obteniendo confesiones mediante el uso de diversas técnicas de tortura, y matar a quienes no superaran la prueba. He expuesto de una manera simplista lo que en realidad fue un sistema de terror, tortura y exterminio diseñado con todo cuidado, pero esta misma simplificación de la complejidad del mal fue lo que alimentó las hogueras de la Inquisición. Hacer de la «brujería» una categoría disposicional abyecta ofreció una fácil solución al problema del mal social: bastaba con identificar a todos los agentes del mal para luego torturarlos y quemarlos en la hoguera.

Tanto la Iglesia como sus Estados aliados estaban en manos de varones, por lo que no debe extrañar que se acusara de brujería a más mujeres que hombres. Las sospechosas solían ser mujeres marginadas o que suponían alguna clase de amenaza: las viudas, las pobres, las feas, las deformes y, en algunos casos, las tenidas por demasiado poderosas u orgullosas. La terrible paradoja de la Inquisición es que el deseo ardiente y muchas veces sincero de combatir el mal generó una oleada de maldad que el mundo no había visto hasta entonces. Con ella empezó el uso por parte del Estado y de la Iglesia de aparatos y métodos de tortura que eran la perversión suprema de cualquier ideal de la perfección humana. La naturaleza exquisita de la mente humana, capaz de crear grandes obras en los campos de las artes, las ciencias y la filosofía, se corrompió para idear actos de «crueldad creativa» destinados a quebrantar la voluntad ajena. El instrumental del Santo Oficio se sigue usando hoy en día en prisiones y en centros de interrogación militares y civiles de todo el mundo, donde la tortura es algo habitual (como veremos más adelante en nuestra visita a la prisión de Abu Ghraib).

Los sistemas de poder ejercen un dominio vertical

Empecé a apreciar el poder que ejercen los sistemas cuando tomé conciencia de que las instituciones establecen mecanismos para traducir una ideología (como las causas del mal) a procedimientos operativos (como la caza de brujas del Santo Oficio). Ello nos obliga a ampliar considerablemente nuestra concepción para incluir en ella los factores de orden superior —los sistemas de poder— que crean y conforman las condiciones sítuacionales. Dicho de otro modo, para entender una pauta de conducta compleja es necesario tener en cuenta el sistema, además de la disposición y la situación.

Cuando se producen conductas aberrantes, ilícitas o inmorales en el seno de una institución o un cuerpo dedicado a la seguridad, como los funcionarios de prisiones, la policía o el ejército, se suele decir que los autores son unas «manzanas podridas». Esto lleva implícito que constituyen una rara excepción, que se encuentran en el lado oscuro de la línea impermeable que separa el mal del bien, y que al otro lado de esa línea está la mayoría que forman las manzanas sanas. Pero, ¿quién establece esta distinción? Normalmente la establecen los guardianes del sistema con el objetivo de aislar el problema, de desviar la atención y la culpa de quienes están más arriba y pueden ser responsables de haber creado unas condiciones de trabajo insostenibles o de no haber ejercido la debida supervisión. Pero esta atribución disposicional que habla de «manzanas podridas» pasa por alto que el cesto de las manzanas puede corromper a quienes se hallan en su interior. El análisis sistémico se centra en los creadores de ese cesto, en quienes tienen el poder de crearlo.

Los creadores del cesto son la «élite del poder», que con frecuencia actúa entre bastidores; son los que.organizan en gran medida las condiciones de nuestra vida y nos obligan a dedicar nuestro tiempo a los marcos institucionales que construyen. El sociólogo C. Wright Mills ha iluminado con sus palabras este agujero negro del poder:

La élite del poder está formada por hombres cuya posición les permite trascender los entornos ordinarios de las personas ordinarias; están en la posición de tomar decisiones que tienen repercusiones vitales. Que tomen o no esas decisiones es menos importante que la posición que ocupan: el hecho de que no actúen, de que no tomen decisiones, es en sí mismo un acto que suele ser más importante que las decisiones que puedan tomar. Y es que están al mando de las principales jerarquías y organizaciones de la sociedad moderna. Dirigen las grandes empresas. Dirigen la maquinaria del Estado y reclaman sus prerrogativas. Dirigen a la clase militar. Ocupan puestos de mando estratégicos en la estructura social que les ofrecen el medio para conseguir el poder, la riqueza y la fama de que gozan.”

Cuando los diversos intereses de estos dueños del poder coinciden, acaban definiendo nuestra realidad de la forma que George Orwell profetizó en 1984. El complejo militar-industrial-religioso es el megasistema supremo que hoy controla gran parte de los recursos y la calidad de vida de muchos seres humanos.

Cuando el poder se alía con el miedo crónico, se hace formidable.

ERIC HOFFER, The Passionate State of Mind

El poder de crear al «enemigo»

Los poderosos no suelen hacer el trabajo sucio con sus propias manos, del mismo modo que los capos de la mafia dejan los «accidentes» en manos de sus secuaces. Los sistemas crean jerarquías de dominio con líneas de influencia y de comunicación que van hacia abajo y rara vez hacia arriba. Cuando una élite del poder quiere destruir un país enemigo, recurre a los expertos en propaganda para crear un programa de odio. ¿Qué hace falta para que los ciudadanos de una sociedad acaben odiando a los ciudadanos de otra hasta el punto de querer segregarlos, atormentarlos, incluso matarlos? Hace falta una «imaginación hostil», una construcción psicológica implantada en las profundidades de la mente mediante una propaganda que transforma a los otros en «el enemigo». Esta imagen es la motivación más poderosa del soldado, la que carga su fusil con munición de odio y de miedo. La imagen de un enemigo aterrador que amenaza el bienestar personal y la seguridad nacional da a las madres y a los padres el valor para enviar a sus hijos a la guerra y faculta a los gobiernos para reordenar las prioridades y convertir los arados en espadas de destrucción.

Todo esto se hace con palabras e imágenes. El proceso se inicia creando una imagen estereotipada y deshumanizada del otro que nos presenta a ese otro como un ser despreciable, todopoderoso, diabólico, como un monstruo abstracto que constituye una amenaza radical para nuestras creencias y nuestros valores más preciados. Cuando se ha conseguido que el miedo cale en la opinión pública, la amenaza inminente de este enemigo hace que el razonable actúe de una manera irracional, que el independiente actúe con obediencia ciega y que el pacífico actúe como un guerrero. La difusión de la imagen visual de ese enemigo en carteles y en portadas de revistas, en la televisión, en el cine yen Internet, hace que esa imagen se fije en los recovecos de nuestro cerebro primitivo, el sistema límbico, donde residen las potentes emociones del miedo y el odio.

El filósofo social Sam Keen describe con brillantez cómo usan la propaganda prácticamente todos los países que van a la guerra para crear esta imaginación hostil, y revela el poder transformador de estas «imágenes del enemigo» en la psique humana. En realidad, las justificaciones del deseo de acabar con la amenaza surgen después, en forma de explicaciones pensadas para la historia oficial que no sirven para el análisis crítico del daño que se va a causar o que se está causando.

El caso más extremo del poder de esta imaginación hostil es cuando justifica el genocidio, el plan de un pueblo para eliminar de la faz de la tierra a todo el que considere su enemigo. Conocemos los métodos usados por la maquinaria propagandística de Hitler para transformar a vecinos, compañeros de trabajo e incluso amigos judíos en enemigos despreciables del Estado merecedores de la «solución final». Este proceso se había sembrado en los libros de texto de primaria mediante imágenes y palabras que describían a los judíos como seres despreciables que no merecían compasión. En este punto me gustaría considerar brevemente un ejemplo reciente de intento de genocidio y del uso de la violación como arma contra la humanidad. Después mostraré que un aspecto de este complejo proceso psicológico, el componente de la deshumanización, se puede investigar por medio de experimentos controlados que aíslan sus rasgos fundamentales para someterlos a un análisis sistemático.

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