“Las lagartijas no se hacen preguntas: El apasionante viaje del hombre de vivir en los árboles a comprender el cosmos” de Leonard Mlodinov

Mucho se ha escrito acerca de la superioridad del ser humano, derivado de ese chauvinismo de origen religioso que Homo sapiens cultiva a la perfección. Aunque en realidad sólo somos una especie más que sobrevivió por casualidad, debemos reconocer también que somos una especie exitosa que debe tener alguna particularidad digna de resaltar, la cual permitió que dominemos casi todo el planeta.

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¿Pero cuál es esa particularidad, o cuáles son, que nos hacen diferentes? Quizá lo único que nos distingue del resto de los animales es que somos la única especie que trata de entender lo que sucede a su alrededor. Esa característica nos ha llevado a construir patrones, inventar teorías, improvisar explicaciones. Basta poner como ejemplo todos los mitos, leyendas, supersticiones y religiones que ha inventado el ser humano para tratar de explicar la realidad.

Leonard Mlodinow, el físico teórico americano de quien ya hemos recomendado otros libros, escribe “Las lagartijas no se hacen preguntas”, donde de manera por demás amena recorre la historia de la evolución humana y los eventos clave del desarrollo de la ciencia. Nos presenta a Aristóteles, Galileo, Newton, Lavoisier, Mendeleev, Darwin, Planck, Einstein, Boltzman, Schrodinger, Bohr, Heisenberg, y otros. Nos platica cómo la ciencia se va construyendo a partir de lo que el científico anterior hizo. Mlodinov es un excelente divulgador de la ciencia.

Si quieres tener una idea de cómo es que se ha logrado entender más o menos al mundo, este es el libro a leer.

Extracto del Capítulo 1.

Hace varios millones de años, los humanos empezamos a erguimos, alterando nuestros músculos y esqueleto de manera que nos permitiera caminar en una postura erecta, lo que liberó nuestras manos para reconocer y manipular los objetos de nuestro entorno y ensanchó el panorama de nuestra visión, que ahora nos permitía explorar en la lejanía. Pero al tiempo que erguíamos la postura, nuestra mente se elevaba por encima de la de otros animales y nos permitía explorar el mundo no ya con la vista, sino con el pensamiento. Caminamos erguidos pero, por encima de todo, somos pensadores.

La nobleza de la raza humana radica en nuestro anhelo de conocimiento, y lo que nos hace únicos como especie queda reflejado en los logros que hemos alcanzado, tras miles de años de esfuerzo, en nuestro empeño por descifrar el enigma que es la naturaleza. Si a un humano de la antigüedad le hubieran dado un microondas para calentar su carne de uro, tal vez pensara que en su interior había un ejército de laboriosos y minúsculos dioses que encendían hogueras diminutas bajo la comida, y luego desaparecían milagrosamente cuando se abría la puerta. Pero igual de milagrosa es la verdad: que un puñado de leyes abstractas, simples e inviolables, explican todo nuestro universo, desde el funcionamiento de un microondas hasta los prodigios naturales del mundo que nos rodea.

A medida que avanzaba nuestro conocimiento del mundo natural, pasamos de percibir las mareas como un fenómeno regido por una diosa a entenderlas como el resultado de la atracción gravitatoria de la Luna, y dejamos de ver las estrellas como dioses que flotan en el firmamento a identificarlas como hornos nucleares desde los cuales nos llegan fotones. Hoy entendemos el funcionamiento interno de nuestro Sol, a cientos de millones de kilómetros de nuestro planeta, y la estructura de un átomo más de mil millones de veces más pequeño que nosotros. Que hayamos logrado descodificar estos y otros fenómenos naturales no es solo un prodigio, es también una historia épica y fascinante.

Hace algún tiempo formé parte del equipo de guionistas de una temporada de la serie televisiva Star Trek: La nueva generación. En mi primera reunión de guiones, sentado a una mesa poblada con todos los guionistas y productores del programa, lancé una idea para un episodio que me entusiasmaba porque en ella intervenía la astrofísica real del viento solar. Todos los ojos estaban centrados en mí, el físico de la sala, mientras excitadamente explicaba los detalles de mi idea y la ciencia que había detrás. Cuando acabé (había tardado menos de un minuto), miré lleno de orgullo y satisfacción a mi jefe, un taciturno productor de mediana edad que en otro tiempo había trabajado como detective de homicidios en la policía de Nueva York. Me miró un momento con un rostro extrañamente ilegible y luego pronunció con gran énfasis: «¡Cierra el pico, jodido empollón!».

Cuando me sobrepuse al bochorno, comprendí que lo que intentaba decirme de tan sucinta manera era que me habían contratado por mi capacidad para contar historias, no para montar unas clases extraescolares sobre la física de las estrellas. Asumí su opinión, y desde entonces he dejado que me guíe en todo lo que escribo. (Su otra sugerencia memorable: si alguna vez sospechas que te van a despedir, baja la calefacción de tu piscina.)

En las manos equivocadas, la ciencia, como todos sabemos, puede ser aburrida hasta decir basta. Pero la historia de lo que sabemos y de cómo lo sabemos no es aburrida en absoluto. Al contrario, es tremendamente emocionante. Llena de episodios de descubrimiento que no son menos cautivadores que un episodio de Star Trek o el primer viaje a la Luna, poblada de personajes tan apasionados e idiosincrásicos como los que conocemos en el arte, la música o la literatura, de buscadores cuya insaciable curiosidad llevó a nuestra especie desde sus orígenes en la sabana africana a la sociedad en la que hoy vivimos.

¿Cómo lo lograron? ¿Cómo pasamos de ser una especie que apenas había aprendido a caminar erguida y vivía de frutos, bayas y raíces que recolectaba con sus propias manos a una que vuela en aviones, envía mensajes al instante por todo el mundo y recrea en enormes laboratorios las condiciones del universo primigenio? Ésa es la historia que quiero contar, porque conocerla es entender nuestra herencia como seres humanos.
Se ha convertido en un diché decir que en la actualidad el mundo es plano. Pero si es cierto que las distancias y diferencias entre países se van reduciendo, también lo es que las diferencias entre el hoy y el ayer van aumentando. Cuando se construyeron las primeras ciudades, hacia el 4000 a.C., la manera más rápida de viajar a larga distancia era en una caravana de camellos, que se desplazaba a unos pocos kilómetros por hora. De mil a dos mil años más tarde se inventó el carro,[1] que elevó la velocidad máxima hasta unos 30 kilómetros por hora. No fue hasta el siglo xix cuando la locomotora a vapor permitió al fin viajar deprisa, con velocidades de más de 150 kilómetros por hora a finales de la centuria. Pero aunque a los humanos nos llevó dos millones de años pasar de correr a 15 kilómetros por hora a atravesar un país a 150 kilómetros por hora, sólo hicieron falta cincuenta años más para alcanzar el siguiente factor de diez, con la creación de un avión que podía volar a 1.500 kilómetros por hora. Y en los años 1980, los humanos ya viajábamos a más de 25.000 kilómetros por hora en la lanzadera espacial.

La evolución de otras tecnologías también muestra la misma aceleración. Es el caso de las comunicaciones. Aun en el siglo xix, la agencia Reuters usaba palomas mensajeras para enviar las cotizaciones de bolsa entre ciudades.[2] Más tarde, a mediados del siglo xix, se extendió el telégrafo, y en el siglo xx, el teléfono. Hicieron falta ochenta y un años para que el teléfono fijo alcanzara una penetración de mercado del 75%, pero el teléfono móvil logró lo mismo en veintiocho años, y el teléfono inteligente en tan sólo trece. Durante los últimos años, primero el correo electrónico, luego los mensajes de texto, suplantaron en buena medida a las llamadas telefónicas como medio de comunicación, y hoy el teléfono cada vez se usa menos para hacer llamadas y más como ordenador de bolsillo.

«El mundo actual», decía el economista Kenneth Boulding, «es tan distinto del mundo en el que nací como aquel mundo lo era del de Julio César.»[3] Boulding nació en 1910 y murió en 1993. Los cambios que presenció, y muchos otros que se han producido desde entonces, fueron productos de la ciencia y de la tecnología que ésta alimenta. Esos cambios forman parte de la vida humana más que en cualquier otro tiempo pasado, y nuestro éxito en el trabajo y en la sociedad depende cada vez más de nuestra habilidad para asimilar las innovaciones y para innovar nosotros mismos. Hoy, incluso quienes no trabajan en la ciencia o la tecnología se enfrentan a retos que los obligan a innovar para seguir siendo competitivos, y por eso la naturaleza del descubrimiento es un tema que nos importa a todos.

Para ganar perspectiva sobre nuestra posición actual y albergar alguna esperanza de entender adónde nos dirigimos, es necesario saber de dónde venimos. Los mayores triunfos de la historia intelectual del hombre (la escritura y la matemática, la filosofía natural y las diversas ciencias) suelen presentarse aislados, como si cada uno de ellos no tuviera nada que ver con los otros. Pero esa manera de ver las cosas hace hincapié en los árboles, no en el bosque. Olvida, por su propia naturaleza, la unidad del conocimiento humano. El desarrollo de la ciencia moderna, por ejemplo, que a menudo se proclama como la obra de «genios aislados» como Galileo o Newton, no surgió de un vacío social o cultural. Hundió sus raíces en el modo de acercarse al conocimiento que inventaron los antiguos griegos, creció con las grandes preguntas que planteaba la religión, se desarrolló de la mano de nuevas formas artísticas, fue influido por las lecciones de la alquimia y habría sido imposible sin progresos sociales que van del desarrollo de las grandes universidades de Europa a invenciones mundanas como la de los sistemas de correo que conectaron ciudades y países cercanos. La ilustración griega, a su vez, nació de las asombrosas invenciones intelectuales de pueblos más antiguos, en tierras como Mesopotamia y Egipto.

A causa de estas influencias y conexiones, la historia de cómo llegaron los humanos a entender el cosmos no consiste en viñetas aisladas, sino que forma, como la mejor ficción, una narración coherente, un todo unificado cuyas partes tienen numerosas interconexiones, y que comienza en los albores de la humanidad. En lo que sigue, ofrezco una guía selectiva de esa odisea de descubrimiento.

Nuestro viaje se inicia con el desarrollo de la mente de los humanos modernos y se centra en las eras críticas y los puntos de inflexión durante los cuales esa mente realizó saltos hasta nuevas maneras de mirar el mundo. A lo largo del camino, presentaré algunos de los personajes fascinantes cuyas únicas y personales cualidades y modos de pensar desempeñaron un papel importante en esas innovaciones.

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