“Subliminal: Cómo tu inconsciente gobierna tu comportamiento” de Leonard Mlodinov

Leonard Mlodinow es un físico teórico americano, de quien ya hemos recomendado otro libro genial: “El andar del borracho: Cómo el azar gobierna nuestras vidas”. Este libro que ahora recomendamos es una exposición retadora y divertida de lo que la ciencia actual sabe acerca de cómo se comporta nuestro cerebro.

mlodinov1

El inconsciente al que Mlodinov se refiere y llama el nuevo inconsciente, nada tiene que ver con la imagen que Sigmund Freud popularizó. El concepto moderno de inconsciente juega un papel mucho más preponderante en nuestras vidas que protegernos de los supuestos deseos sexuales de nuestros padres o de recuerdos reprimidos imposibles de confirmar. El inconsciente es un regalo que la evolución nos dio y que ayudó a que sobreviviera la especie. Es crucial para asegurar un funcionamiento fluido en el mundo físico y social. La naturaleza determinó que muchos de los procesos de percepción, memoria, atención, aprendizaje y juicio deben ser relegados a las estructuras cerebrales que están fuera del alcance de nuestra conciencia.

Excelente libro que inclusive le permite a uno entender nuestro comportamiento: ¿por qué me siento triste sin explicación aparente?, ¿por qué reaccioné de tal modo en cierta circunstancia?, ¿por qué las abuelas enloquecen con los nietos?, ¿por qué la gente se aferra a sus creencias?, ¿por qué existe la discriminación?

Este libro es una delicia, una lectura refrescante y moderna, explicada fácilmente por un excelente divulgador de la ciencia. ¡No se lo pierdan!

Capítulo 1

El Nuevo Inconsciente

El corazón tiene razones que la razón no entiende.

—BLAISE PASCAL

Cuando mi madre cumplió ochenta y cinco años recibió un legado de parte de mi hijo: una tortuga rusa que se llamaba Miss Dinnerman. Tenía la tortuga en el patio, dentro de un corral de buenas dimensiones, con un poco de césped y arbustos, y cercado con una alambrada. A mi madre empezaban a fallarle las rodillas y había tenido que acortar sus tradicionales paseos de dos horas por el vecindario. Estaba buscando un nuevo amigo, alguien a quien pudiera visitar fácilmente, y la tortuga se llevó el trabajo. Decoró el corral con rocas y trozos de madera y visitaba al animal cada día igual que antes visitaba a los cajeros del banco o del supermercado. De vez en cuando incluso le llevaba flores a Miss Dinnerman porque le parecía que embellecían el corral, aunque la tortuga las tratara como un envío de la pizzería local.

A mi madre no le importaba que la tortuga se comiera sus ramos; le parecía simpático. «Mira cómo disfruta», me decía. Pero a pesar de la vida regalada, la cama y comida y las flores frescas, parecía que la meta principal de la vida de Miss Dinnerman fuese recorrer el perímetro de la alambrada en busca de un hueco. Hasta intentaba escalarla con la misma torpeza con la que un skater subiría una escalera de caracol. Pero mi madre también veía esta conducta con ojos humanos. Para ella, se trataba de un esfuerzo heroico, como el del prisionero de guerra encamado por Steve McQueen que planeaba la huida en La gran evasión. «Todos los animales buscan la libertad», me decía mi madre. «Aunque aquí esté bien, no quiere vivir encerrada.» Mi madre creía que Miss Dinnerman reconocía su voz y le respondía. Creía que Miss Dinnerman la entendía. «Lees demasiado en su comportamiento», solía decirle a mi madre. «Las tortugas son animales primitivos.» E incluso se lo demostraba agitando las manos y aullando como un loco, para hacerle ver que la tortuga ni se había inmutado. «¿Y qué?», me replicaba. «Tus hijos también te ignoran y no les llamas animales primitivos.»

Puede resultar difícil distinguir entre el comportamiento voluntario y consciente y el habitual o automático. Como humanos que somos, nuestra tendencia a creer en el comportamiento motivado conscientemente es tan fuerte que vemos conciencia no solo en nuestras conductas sino también en las del reino animal. No cabe duda de que lo hacemos con nuestras mascotas. Lo llamamos antropomorfizar. La tortuga tiene tanto coraje como un prisionero de guerra, el gato se meó en la maleta porque estaba enfadado porque nos habíamos ido, el perro debe tener alguna buena razón para odiar al cartero. Los organismos más simples también puede parecer que se comportan con la premeditación y la intencionalidad de los humanos. La humilde mosca del vinagre, por ejemplo, realiza un complejo ritual de cortejo que el macho inicia golpeando a la hembra con sus patitas delanteras y haciendo vibrar las alas para cortejarla con su canción. Si la hembra acepta la proposición, no hará nada, y el macho irá a lo suyo. Si la hembra no está receptiva, lo golpeará con las alas o las patas, o saldrá corriendo. Aunque he provocado reacciones espantosamente parecidas en hembras humanas, el ritual de cortejo de la mosca del vinagre es del todo programado. Las moscas del vinagre no se preocupan por cosas como adónde les llevará esa relación; se limitan a ejecutar una rutina que llevan grabada. De hecho, sus acciones están tan directamente relacionadas con su constitución biológica que los científicos han descubierto un gen que, cuando se aplica a un macho de esta especie, en pocas horas convierte al macho heterosexual en mosca gay. Incluso un gusano nematodo conocido como C. elegans, que no tiene más de mil células, puede parecer que actúe con intención consciente. Por ejemplo, puede deslizarse al lado de unas bacterias perfectamente digestibles para dirigirse a otra colonia que le espera en una placa de Petri. Uno puede verse tentado a concluir que el gusano está ejerciendo su libre albedrío, como hacemos nosotros mismos cuando rechazamos una verdura poco apetitosa o un postre de muchas calorías. Pero un gusano no se dice: vale más que me vigile la cintura; simplemente se desplaza hacia aquel alimento que está programado para buscar.

Los animales como las moscas del vinagre y las tortugas se encuentran en el extremo más bajo de la escala de la potencia cerebral, pero el papel del procesamiento automático no se limita a esos animales tan primitivos. Los humanos también tenemos muchos comportamientos automáticos e inconscientes. Si normalmente no nos percatamos de ellos es por lo compleja que es la interacción entre nuestra mente consciente y nuestra mente inconsciente. Esta complejidad hunde sus raíces en la fisiología de nuestro cerebro. Como mamíferos, tenemos capas más recientes de corteza cerebral construidas sobre los cimientos de nuestro más primitivo cerebro reptiliano; y como humanos, por encima de estas tenemos todavía más materia cerebral. Tenemos una mente inconsciente y, superpuesta a esta, un cerebro consciente. Qué parte de nuestros sentimientos, juicios y comportamientos se debe a cada uno de ellos es algo muy difícil de saber, pues constantemente estamos pasando del uno al otro. Por ejemplo, una mañana decidimos que queremos parar en la oficina de correos de camino al trabajo, pero en el cruce decisivo giramos a la derecha, hacia la oficina, porque llevamos puesto el piloto automático, es decir, estamos actuando inconscientemente. Más tarde, cuando intentamos explicarle a un policía por qué hemos hecho un cambio de sentido ilegal, nuestra mente consciente elabora una buena excusa al mismo tiempo que nuestro autopiloto inconsciente maneja el uso apropiado de gerundios, verbos subjuntivos y artículos indefinidos para que nuestra excusa quede expresada con una forma gramatical correcta. Si se nos pide que salgamos del coche, obedeceremos conscientemente, y luego, de manera instintiva, nos situaremos a metro y medio del policía, aunque cuando hablamos con amigos ajustamos automáticamente esa separación a menos de un metro. (La mayoría seguimos estas reglas no escritas de la distancia interpersonal sin pensar en ellas ni por un momento, y no podemos evitar sentimos incómodos cuando son violadas.)

Cuando nos fijamos en ellos, aceptamos enseguida que muchos de nuestros comportamientos simples (como aquel giro a la derecha) son automáticos. La verdadera cuestión está en qué medida los comportamientos más complejos y sustanciales, que pueden influir mucho más en nuestras vidas, también son automáticos aunque nos parezca que los meditamos a fondo y que son totalmente racionales. La pregunta es cómo afecta nuestro inconsciente a nuestra actitud frente a cuestiones como ¿qué casa debería comprar?, ¿qué acciones debería vender?, ¿debería contratar a esa persona para cuidar a mis hijos?, o ¿son unos ojos azules que no puedo dejar de mirar un cimiento lo bastante sólido para construir una relación de amor estable?

Si reconocer el comportamiento automático en los animales es difícil, lo es más aún reconocer en nosotros mismos los comportamientos habituales. Cuando estudiaba en la universidad, mucho antes de que mi madre tuviera la tortuga, solía llamarla por teléfono cada jueves por la noche hacia las ocho. Un jueves no lo hice. La mayoría de los padres habrían llegado a la conclusión de que me había olvidado, o que quizá por fin «tenía una vida» y había salido a pasar la noche. Pero mi madre hizo una interpretación distinta. A partir de las nueve comenzó a llamar a mi apartamento, preguntando por mí. A mi compañera de piso no le molestaron demasiado las primeras cuatro o cinco llamadas, pero a partir de entonces, según descubrí al día siguiente, su caudal de buena voluntad se había agotado. Sobre todo cuando mi madre comenzó a acusarla de esconderle el hecho de que había sufrido un grave accidente y que no podía llamarla porque me encontraba sedado en el hospital. A medianoche, la imaginación de mi madre había agravado el panorama sustancialmente: ahora acusaba a mi compañera de piso de ocultarle mi reciente muerte. «¿Por qué me mientes?», le decía. «Acabaré sabiéndolo de todos modos.»

La mayoría de los chicos se sentirían abochornados si descubrieran que a su madre, una mujer que los ha conocido íntimamente durante toda su vida, les parece más plausible su muerte que una cita con una chica. Pero yo ya le había visto ese comportamiento. Para los de fuera, parecía ser una persona perfectamente normal, salvo por unas cuantas manías, como creer en espíritus malignos o disfrutar con la música de acordeón. Eran cosas que cabía esperar, restos de la cultura en la que se había criado en su antiguo país, Polonia. Pero la mente de mi madre funcionaba de un modo distinto a la de cualquiera de las otras personas que conocía. Hoy sé por qué, aunque mi propia madre no quiere reconocerlo: décadas atrás, su psique había quedado reestructurada de tal modo que veía las situaciones en un contexto que la mayoría de nosotros nunca podremos imaginar. Todo había comenzado en 1939, cuando mi madre tenía dieciséis años. Su propia madre había muerto de un cáncer de abdomen después de sufrir terribles dolores en su casa durante todo un año. Poco tiempo después, mi madre llegó un día del colegio y se encontró con que a su padre se lo habían llevado los nazis. Mi madre y su hermana, Sabina, no tardaron mucho en ser llevadas también a un campo de trabajos forzados, donde su hermana no logró sobrevivir. Prácticamente de la noche a la mañana, la vida de mi madre se había transformado, pasando de ser la de una adolescente querida y cuidada de una buena familia a la de una trabajadora esclava, huérfana, odiada y famélica. Tras ser liberada, mi madre emigró, se casó y se estableció en un pacífico vecindario de Chicago, donde disfrutó de la existencia estable y segura de una familia de clase media baja. Ya no tenía ningún motivo racional para temer la pérdida repentina de todo lo que amaba, y sin embargo ese temor ha prefigurado su interpretación de los acontecimientos cotidianos para el resto de su vida.

Mi madre interpretaba el significado de las acciones por medio de un diccionario distinto del que usamos la mayoría de nosotros, y con unas reglas gramaticales propias y únicas. Sus interpretaciones se habían convertido en automáticas para ella, no algo a lo que llegara por una vía consciente. Del mismo modo que todos entendemos el lenguaje hablado sin necesidad de aplicar conscientemente las reglas lingüísticas, ella entendía los mensajes que le enviaba el mundo sin ser en absoluto consciente de que sus experiencias del pasado habían cambiado para siempre sus expectativas. Mi madre nunca reconoció que sus percepciones estuvieran sesgadas por un temor omnipresente de que en cualquier momento la justicia, la probabilidad y la lógica dejasen de tener fuerza o significado. Cada vez que se lo sugería, se reía de la idea de visitar a un psicólogo y negaba que su pasado tuviera ningún efecto negativo sobre su visión del presente. «¿Ah, no?», le replicaba. «¿Y entonces por qué ninguno de los padres de mis amigos acusan a sus compañeros de piso de conspirar para ocultar su muerte?»

Todos tenemos marcos de referencia implícitos (con suerte menos extremos) que producen comportamientos y pensamientos habituales. Nuestras experiencias y acciones siempre parecen estar ancladas en el pensamiento consciente, y como a mi madre, puede resultamos difícil aceptar que entre bambalinas actúan fuerzas ocultas. Pero por invisibles que sean, esas fuerzas tiran con fuerza. En el pasado se especuló mucho sobre la mente inconsciente, pero el cerebro era como una caja negra de funcionamiento inasequible para nuestro conocimiento. La revolución que actualmente se está produciendo en nuestra forma de pensar sobre el inconsciente se debe a que, con la ayuda de los instrumentos modernos, hoy podemos ver cómo diferentes estructuras y subestructuras del cerebro generan sentimientos y emociones. Podemos medir la señal eléctrica de neuronas individuales. Podemos mapear la actividad neuronal que conforma los pensamientos de una persona. Hoy los científicos pueden ir más allá de hablar con mi madre y especular sobre el modo en que le afectaron sus experiencias; hoy pueden señalar alteraciones cerebrales que son el resultado de experiencias traumáticas antiguas, como las de ella, y comprender de qué manera esas experiencias producen cambios físicos en partes del cerebro sensibles al estrés.

El concepto moderno del inconsciente, basado en estudios y mediciones de este tipo, se denomina con frecuencia «nuevo inconsciente» para distinguirlo de la idea del inconsciente que popularizó un neurólogo convertido en clínico llamado Sigmund Freud. En sus primeros años profesionales, Freud realizó varias contribuciones notables a los campos de la neurología, la neuropatología y la anestesia.5 Por ejemplo, introdujo el uso del cloruro de oro para teñir los tejidos nerviosos y utilizó esta técnica para estudiar las interconexiones entre el bulbo raquídeo, el tronco encefálico y el cerebelo. En todo esto, Freud estaba muy adelantado a su tiempo, pues habían de pasar décadas antes de que los científicos entendieran la importancia de la conectividad del encéfalo y desarrollaran las herramientas necesarias para estudiarla a fondo. Pero Freud no persiguió esos estudios durante mucho tiempo, sino que se interesó por la práctica clínica. Al tratar a sus pacientes, Freud llegó a la conclusión correcta de que buena parte de su comportamiento estaba regida por procesos mentales de los que eran inconscientes. Sin embargo, al no disponer de las herramientas técnicas con las que explorar esa idea de un modo científico, Freud se limitaba a hablar con sus pacientes, intentaba extraer de ellos lo que guardaban en los rincones más oscuros de su mente, los observaba y hacía las inferencias que le parecían válidas. Sin embargo, como veremos, estos métodos son poco fiables y muchos procesos inconscientes nunca pueden revelarse directamente por medio del tipo de autorreflexión que suscita la terapia porque suceden en áreas del cerebro que no están abiertas a la mente consciente. Así que Freud se equivocó más de lo que acertó.

Deja un comentario