“La Vida Maravillosa”, de Stephen Jay Gould

Stephen Jay Gould es quizá uno de los biólogos, paleontólogos y divulgadores de la ciencia más famosos del siglo XX. Fue director del Museo de Historia Natural de Nueva York y un hombre que luchó para que la cultura científica permeara en la población en general. Una de sus frases favoritas era: “Si los seres humanos entendieran mejor los conceptos de probabilidad, la ciudad de Las Vegas seguiría siendo sólo una parada de camiones en el desierto”. Esto en alusión a que la mente humana es básicamente un generador de ilusiones.

gould1

El subtítulo de este libro en la edición en inglés es El Burgess Shale y la Naturaleza de la Historia. El libro es acerca de uno de los descubrimientos paleontológicos más espectaculares que se haya hecho jamás: el descubrimiento de una cantera de piedra caliza en el parque nacional Yoho de Canadá, donde existe una enorme cantidad de fósiles de animales carentes de esqueleto, perfectamente bien conservados. Esa cantera es lo que queda de un mar antiguo donde surgieron animales muchos más diversos y variados que lo que existe actualmente en los mares. Todos ellos surgieron hace entre 543 y 488 ma aproximadamente y casi todos se extinguieron eventualmente.

En adición al tema fascinante del libro está la habilidad innata que tiene Gould para escribir. ¡Disfrútenlo y para muestra va el Prefacio!

Prefacio y agradecimientos

Este libro, para citar algunos metáforas del menos favorito de mis deportes, intenta atajar uno de los temas más amplios a los que la ciencia puede dirigirse, la misma naturaleza de la historia, y ello no mediante un asalto directo al centro, sino mediante una carrera final a través de los detalles de un caso por estudiar que es realmente maravilloso. Al hacerlo, seguiré la estrategia que empleo en todos mis escritos generales. Los detalles por sí mismos no pueden ir más allá; en sus mejores momentos, presentado con una poesía que no puedo evitar, surge como un admirable «escrito de la naturaleza». Pero los ataques frontales a las generalidades caen inevitablemente en el tedio o la tendenciosidad. La belleza de la naturaleza reside en el detalle; el mensaje, en la generalidad. La apreciación óptima requiere de ambos, y no conozco mejor táctica que la ilustración de principios excitantes mediante pormenores bien escogidos.

Mi tema específico es la más preciosa e importante de todas las localidades fósiles: Burgess Shale, en la Columbia Británica. El relato humano de descubrimiento e interpretación, que se extiende a lo largo de casi ochenta años, es maravilloso, en el potente sentido literal de esta palabra que tan mal usada ha sido. Charles Doolittle Walcott, primer paleontólogo y poderosísimo administrador de la ciencia norteamericana, encontró esta antiquísima fauna de animales de cuerpo blando exquisitamente preservados en 1909. Pero su postura profundamente tradicionalista forzó prácticamente una interpretación convencional que no ofrecía ninguna perspectiva nueva sobre la historia de la vida, con lo que consiguió que estos organismos únicos se hicieran invisibles a la consideración pública (aunque sobrepasan, con mucho, a los dinosaurios en su potencial instructivo sobre la historia de la vida). Pero veinte años de meticulosa descripción anatómica por parte de tres paleontólogos de Inglaterra e Irlanda, que iniciaron su trabajo sin atisbo alguno de su potencial fundamental, no sólo dieron la vuelta a la interpretación de Walcott de estos fósiles particulares, sino que también han confrontado nuestra visión tradicional acerca del progreso y la predecibilidad en la historia de la vida con el desafío de la contingencia, propio del historiador: el «espectáculo» de la evolución sería una serie de acontecimientos, asombrosamente improbable, suficientemente perceptible cuando es observado en retrospectiva, y sujeto o explicación rigurosa, pero absolutamente impredecible y relativamente irrepetible. Hagamos retroceder la cinta magnetofónica de la vida hasta los primeros días de Burgess Shale; hagámosla sonar de nuevo desde un punto de partida idéntico, y tendremos una posibilidad tan reducida que es casi inexistente de que algo parecido a la inteligencia humana adorne la melodía que se escuchará.


Pero todavía más maravillosos que cualesquiera esfuerzo humano o interpretación revisada son los mismos organismos de Burgess Shale, en particular después de haber sido nueva y adecuadamente reconstruidos en su trascendente rareza: Opabinia, con sus cinco ojos y «trompa» frontal; Anomalocaris, el mayor animal de su tiempo, un temible depredador con una mandíbula circular; Hallucigenia, con una anatomía que hace honora su nombre.

El título de este libro expresa la dualidad de nuestra maravilla: frente a la belleza de los propios organismos, y frente a la nueva visión de la vida que han inspirado. Opabinia y compañía constituían la vida extraña y maravillosa de un pasado remoto; asimismo, han impuesto el gran tema de la contingencia en la historia a una ciencia incómoda con conceptos como éste. Este tema es central a la más memorable escena del filme más querido de Norteamérica: el ángel de la guarda de Jimmy Stewart volviendo a pasar la cinta de la vida sin él, y demostrando el enorme poder que sobre la historia tiene la aparente insignificancia. La ciencia ha tratado poco el concepto de contingencia, pero el cine y la literatura siempre lo han encontrado fascinante. It’s a Wonderful Life* (¡Qué bello es vivir!) es un símbolo y al mismo tiempo la ilustración más bella que conozco para el tema capital de este libro; yen mi título rindo homenaje a Clarence Odbody, George Bailey y Frank Capra.

El relato de la reinterpretación de los fósiles de Burgess Shale, y de las nuevos ideas que surgieron de este trabajo, es complejo e implico los esfuerzos colectivos de un largo reparto. Pero tres paleontólogos dominan el escenario central, pues han hecho la mayor parte del trabajo técnico en descripción anatómica y clasificación taxonómica: Harry Whittington, de la Universidad de Cambridge, el experto mundial en Trilobites, y dos hombres que empezaron como estudiantes graduados suyos y después construyeron carreras brillantes basadas en sus estudios de los fósiles de Burgess Shale: Derek Briggs y Simon Conway Morris.

Me debatí durante varios meses entre varios formatos para presentar este libro, pero finalmente decidí que sólo uno podía proporcionar unidad y establecer integridad. Si la influencia de la historia es tan fuerte al disponer el orden de la vida hoy en día, entonces debo respetar su poder en el dominio más restringido de este libro. La labor de Whittington y sus colegas forma también una historia, y el criterio primario de orden en el dominio de la contingencia es, y debe ser, la cronología. La reinterpretación de Burgess Shale es un relato, una narración magnífica y maravillosa del más alto mérito intelectual, en la que nadie es asesinado, nadie siquiera es herido o arañado, pero en la que se revela un nuevo mundo. ¿Qué otra cosa puedo hacer sino contar este relato en su orden temporal apropiado? Al igual que en Rashomon, no habrá dos observadores o participantes que cuenten una historia tan compleja de la misma manera, pero al menos podemos establecer unos cimientos cronológicos. He llegado a considerar esta secuencia temporal como un drama intenso, e incluso me he permitido el capricho de presentarlo como una pieza teatral en cinco actos, incrustada en mi tercer capítulo.

El capítulo 1 despliega, a través de la estratagema nada convencional de la iconografía, las actitudes tradicionales (o las esperanzas culturales ligeramente veladas) que Burgess Shale desafía en la actualidad. El capítulo 2 presenta el material de fondo preciso sobre la historia temprana de la vida, la naturaleza del registro fósil y la situación particular de la propia Burgess Shale. El capítulo 3 documenta luego, como un drama y en orden cronológico, esta gran revisión de nuestros conceptos sobre la vida primitiva. Una sección final intenta situar esta historia en el contexto general de una teoría evolutiva parcialmente discutida y revisada por el mismo relato. El capítulo 4 hurga en la época y la psique de Charles Doolittle Walcott, en un intento de comprender por qué malinterpretó de forma tan absoluta la naturaleza y el significado del mayor de sus descubrimientos. Después presenta una visión distinta y antitética de la historia como contingencia. El capítulo 5 desarrolla esta visión de la historia, a la vez mediante argumentos generales y una cronología de episodios clave que, con minúsculas alteraciones de salida, podría haber hecho que la evolución se precipitara por canales completamente distintos pero igualmente inteligibles; rutas sensibles que podrían no haber producido ninguna especie capaz de establecer una crónica o de descifrar el espectáculo de su pasado. El epílogo es una sorpresa final de Burgess Shale: vox clamantis in deserto, pero una voz feliz que no hará que lo torcido se enderece o los lugares agrestes se conviertan en llanos, porque se revela en la tortuosa sinuosidad de los senderos reales destinados sólo a fines interesantes.

Me hallo atrapado entre los dos polos de la composición convencional. No soy un periodista o «escritor de ciencia» que entrevista a gente de otro campo bajo la presunción de imparcialidad pasiva. Soy paleontólogo profesional, colega cercano y amigo personal de todos los principales actores de este drama. Pero yo no realicé ninguna de los investigaciones primarias por mí mismo (ni habría podido, pues carezco del tipo esencial de genio espacial que este trabajo requiere). Aun así, el mundo de Whittington, Briggs y Conway Morris es mi mundo. Conozco sus esperanzas y flaquezas, su jerga y sus técnicas, pero también vivo con sus ilusiones. Si este libro funciona, entonces habré combinado el sentimiento y el conocimiento de un profesional con la distancia necesaria para establecer un juicio, y mi sueño de escribir un «McPhee el interno» desde dentro de la geología puede haber tenido éxito. Si no funciona, entonces seré simplemente la última de muchísimas víctimas —y todos los clisés sobre peces y aves, piedras y lugares duros, son de aplicación aquí (Mi dificultad en, simultáneamente, vivir en este mundo y escribir sobre él se materializa con mucha frecuencia en un simple problema que se me hace insoluble. ¿Se llaman mis héroes Whittington, Briggs y Conway Morris, o bien son Harry, Derek y Simon? Finalmente abandoné la coherencia y decidí que ambas designaciones son apropiadas, pero en circunstancias distintas, y seguí simplemente mi instinto y sentimiento. Tuve que adoptar otra convención; al presentar cronológicamente el drama de Burgess Shale, seguí las fechas de publicación para ordenar la investigación en los distintos fósiles de Burgess. Pero, como saben todos los profesionales, el tiempo transcurrido entre el manuscrito y el trabajo impreso varía caprichosa y aleatoriamente, y la secuencia de publicación puede guardar poca relación con el orden del trabajo real. Por ello revisé mi secuencia con los principales participantes, y supe, con placer y alivio, que en este caso la cronología de publicación era un sustituto bastante bueno del orden de las investigaciones.)

He mantenido a rajatabla una regla personal en todos mis escritos que podrían denominarse «populares». (La palabra es admirable en su sentido literal, pero se ha devaluado hasta significar simplificado o adulterado para una fácil comprensión que no requiere esfuerzo a cambio.) Creo —al igual que creía Galileo cuando escribió sus dos obras cumbre como diálogos en italiano y no como tratados didácticos en latín, como creía Thomas Henry Huxley cuando compuso su prosa maestra libre de jerga, como creía Darwin cuando publicó todos sus libros para audiencias amplias— que todavía podemos tener un género de libros científicos adecuados y accesibles a la vez para el profesional y para el profano. Los conceptos de la ciencia, en toda su riqueza y ambigüedad, pueden presentarse sin ningún compromiso, sin ninguna simplificación que suponga distorsión, en lenguaje accesible a cualquier persona inteligente. Las palabras, desde luego, deben ser variadas, aunque sólo sea para eliminar una jerga y una fraseología que confundiría a cualquiera que fuera ajeno al sacerdocio, pero la profundidad conceptual no debe variar en absoluto entre la publicación profesional y la exposición general. Espero que este libro pueda leerse con provecho tanto en seminarios para estudiantes posgraduados como —si la película es mala y usted olvidó sus píldoras para dormir— en la clase especial de hombres de negocios del vuelo a Tokio.

Naturalmente, estos nobles esperanzas y presunciones de su seguro servidor exigen también a cambio algo de trabajo. La belleza del relato de Burgess Shole reside en sus detalles, y los detalles son anatómicos. ¡Oh!, usted puede saltarse la anatomía y aun así captar el mensaje general (Dios sabe que, en mi entusiasmo, lo repito muchas veces); pero, por favor, no lo haga, porque entonces no comprendería nunca la feroz belleza o la intensa excitación del drama de Burgess Shale. He hecho cuanto he podido para conseguir que los dos temas técnicos (la anatomía y la taxonomía) fueran el máximo de coherentes y el mínimo de gratuitos. He intercalado compendios sobre estos temas, y he mantenido la terminología en un mínimo absoluto (afortunadamente, podemos posar por alto casi toda la jerga abrumadora del dialecto profesional, y comprender el punto clave acerca de los artrópodos, simplemente mediante la comprensión de unos cuantos hechos sobre el orden y la disposición de los apéndices). Además, todas las exposiciones descriptivas en el texto están acompañadas de ilustraciones.

Consideré brevemente (pero era sólo el diablo que me tentaba) la extirpación de toda esta documentación, mediante un desvío que implicaba algunos pases de prestidigitación, hermosas ilustraciones y recurso a la autoridad. Pero no pude hacerlo, y no sólo por las razones del plan general mencionado anteriormente. No pude hacerlo porque cualquier omisión de argumentos anatómicos, cualquier trabajo derivado de fuentes secundarias y no de monografías primarias, constituiría una señal de falta de respeto para algo verdaderamente bello: para algunos de los trabajos técnicos más elegantes que se hayan realizado en mi profesión, y para la exquisita belleza de los animales de Burgess Shale. Pedir excusas es indecoroso, pero permítanme una línea: por favor, sean pacientes con los detalles; son accesibles, y representan la entrada a un mundo nuevo.

Una obra como ésta se convierte, forzosamente, en algo parecido a una empresa colectiva, y los agradecimientos por paciencia, generosidad, perspicacia y ánimos deben extenderse ampliamente. Harry Whittington, Simon Conway Morris y Derek Briggs soportaron horas de entrevistas, interrogatorios detallados y lectura de manuscritos. Steven Studdes, del Porque Nacional de Yoho, organizó amablemente una excursión al terreno consagrado de la cantera de Walcott, porque yo no podía escribir este libro sin realizar este peregrinaje. Laszlo Meszoly preparó gráficos y esquemas con una destreza que he admirado y de la que he dependido durante casi dos décadas. Libby Glenn me ayudó a abrirme paso a través de los voluminosos archivos de Walcott en Washington.

Nunca antes había publicado yo una obra que dependiera tanto de las ilustraciones. Pero así debe ser: los primates son animales visuales ante todo, y el trabajo anatómico, en particular, es tan gráfico como verbal. Decidí desde un principio que la mayor parte de mis ilustraciones deberían ser las que originalmente se emplearon en las publicaciones básicas de Whittington y sus colegas, no sólo por su excelencia dentro del género, sino sobre todo porque no sé otro modo de expresar mi inmenso respeto por su obra. En este sentido, estoy actuando únicamente como un cronista fiel de fuentes primarias que resultarán cruciales en la historia de mi profesión. Con el usual provincianismo del ignorante, supuse que la reproducción fotográfica de figuras ya publicadas debe ser un procedimiento simple y automático de fotografiar e imprimir. Pero aprendí mucho acerca de otras excelencias profesionales mientras observaba a Al Colman y a David Backus, mi fotógrafo y mi ayudante de investigación, trabajar durante tres meses para conseguir resoluciones que yo no podía ver en las mismas publicaciones primarias. Mi mayor agradecimiento por su dedicación y su instrucción.

Estas figuras (alrededor de un centenar, contándolas todas) son básicamente de dos tipos: dibujos de ejemplares reales, y reconstrucciones esquemáticas de organismos enteros. Podía haber suprimido las leyendas de las características, a veces muy densas, en las ilustraciones de los ejemplares, pues pocas de tales leyendas están relacionadas con los razonamientos que se hacen en el texto, y cuando lo están se hallan completamente explicadas en mis pies de figura. Pero deseaba que los lectores vieran estas ilustraciones exactamente como aparecen en las fuentes primarias. De pasada, los lectores notarán que las reconstrucciones, siguiendo una convención de lo ilustración científica, raramente muestran a un animal como un observador lo habría visto en un fondo marino del Cámbrico, y ello por dos razones. Algunas partes del cuerpo se suelen hacer transparentes, de modo que pueda visualizarse una mayor proporción de toda la anatomía; mientras que otras partes (generalmente las repetidas al otro lado del cuerpo) se omiten por la misma razón.

Puesto que las ilustraciones técnicas no muestran a un organismo como un ser verdaderamente vivo, decidí que debía encargar asimismo una serie de reconstrucciones completas, hechas por un artista científico. No me satisfacía ninguna de las ilustraciones estándar publicadas: o bien son inexactos o les falta atractivo estético. Por suerte, Derek Briggs me mostró el dibujo que Marianne Collins había hecho de Sanctacaris (figura 3.55), y finalmente vi un organismo de Burgess Shale dibujado con una atención escrupulosa al detalle anatómico combinada con la elegancia estética que me recordaba la inscripción en el busto de Henry Fairfield Osborn en el American Museum of Natural History: «Por él los huesos secos tomaron vida, y formas gigantes de edades pretéritas se unieron al espectáculo de lo vivo». Estoy encantado de que Marianne Collins, del Royal Ontario Museum, de Toronto, pudiera realizar una veintena de dibujos de los animales de Burgess Shale en exclusiva para este libro.

Esta obra colectiva enlaza las generaciones. Hablé largamente con Bill Schevill, quien excavó con Percy Raymond en la década de 1930, y con G. Evelyn Hutchinson, quien publicó sus primeras ideas notables sobre los fósiles de Burgess Shale poco después de la muerte de Walcott. Habiendo casi tocado al propio Walcott, enfoqué al presente y hablé con todos los investigadores activos. Debo especial gratitud o Desmond Collins, del Royal Ontario Museum, quien en el verano de 1988, mientras yo escribía este libro, se hallaba acampado en la cantera original de Wolcott y hacía nuevos descubrimientos en un lugar situado por encima de la cantera de Raymond. Su investigación ampliará y revisará varias secciones de mi texto; la obsolescencia es un destino que hay que desear fervientemente, no sea que la ciencia se estanque y fenezca.

He estado obsesionado con Burgess Shale durante más de un año, y he hablado incesantemente acerca de sus problemas con colegas y estudiantes por todas partes. Muchas de sus sugerencias, y sus dudas y precauciones, han mejorado mucho este libro. El fraude científico y lo desagradable de la competencia general son temas candentes en esta época. Temo que los no iniciados estén formándose una falsa idea de este fenómeno, que, hay que reconocerlo, es serio. Las noticias son tan prominentes que uno puede casi prever un caso de embrollo por cada acontecimiento ordinario, decente y honorable. No, no es así. La tragedia no es la frecuencia de tales actos, sino la abrumadora asimetría que permite que cualquier raro acontecimiento cruel anule o aplaste miles de actos universitarios, nunca registrados porque los damos por hechos. La paleontología es una profesión genial. No digo que todos nos queramos; ciertamente no siempre estamos de acuerdo. Pero tendemos a ayudarnos unos a otros y a evitar las mezquindades. Esta gran tradición ha facilitado el curso de este libro, a través de mil gestos de amabilidad que nunca he registrado porque son los actos ordinarios de la gente decente (es decir, ¡gracias a Dios!, la mayoría de nosotros la mayor parte de las veces). Me alegro de esta manera de compartir, de nuestro amor común por conocer la historio de nuestra vida maravillosa.

Deja un comentario