“Mentes Salvajes ¿Qué Piensan los Animales?” de Marc Hauser

Marc Hauser trabajó durante muchos años como profesor e investigador en la Universidad de Harvard, especializado en evolución biológica, comportamiento animal y muy en particular, estudios cognitivos en primates y humanos.

La idea primordial que este libro discute es aquella tan popular que dice que únicamente los seres humanos somos capaces de diferenciar lo correcto de lo incorrecto, de actuar por el bien de otro, de imaginar lo que otro está pensando o sintiendo. Las religiones se han apropiado del derecho de autor de la moral y nos han hecho creer que un ser supremo nos la otorgó y ninguna otra especie la tiene.

Los estudios de neurociencia actuales han comenzado a demostrar que esta idea es equivocada. La moral no es una característica que se tiene o no se tiene: no es una variable dicotómica. La moral es un continuo y se ha descubierto que hay especies que tienen mucha (moral), hay especies que tienen algo (de moral) y especies que no tienen nada (de moral). Los experimentos que este libro describe son fascinantes, pero más aún lo son los descubrimientos que Hauser y sus colegas han hecho acerca de multitud de especies animales. Los invito a leerlo pues se van a encontrar con muchas sorpresas agradables.

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Extracto del Prólogo
Herramientas Mentales

El verano de 1980 tuve un encuentro decisivo. Vivía entonces en el condado de Dade, en Florida. Iba a un enclave turístico denominado “La Selva de los Monos” para llevar a cabo una investigación sobre la conducta de los primates. También necesitaba ganar algo de dinero, y por lo tanto acepté un trabajo eventual que consistía en alimentar a los animales y limpiar sus jaulas.

A mediados del verano, noté que una mona araña que estaba en una jaula me miraba con mucha atención. Me acerqué a la jaula. La mona araña se acercó también. Sentada frente a mí, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y por fin sacó las manos a través de los barrotes y me rodeó el cuello con ellas. Me miró intensamente a los ojos y lanzó un arrullo, varias veces.

¿En qué estaba pensando?

¿Qué sentía?

Lo que ocurrió a continuación fue bastante curioso. El compañero de jaula de la mona araña se acercó a toda prisa. La mona miró hacia atrás, soltó mi cuello y le dio un golpe en la cabeza al macho. Éste saltó hacia atrás y trepó a una rama que se encontraba en el extremo opuesto de la jaula. Luego ella volvió a sacar los brazos por los barrotes y adoptó de nuevo la misma postura que antes.

Yo estaba perplejo. ¿Sentía atracción aquella mona araña por los humanos? ¿O, cosa más preocupante todavía, por mí? Si tales sentimientos eran reales, ¿era consciente la mona de ellos? Y si era consciente de ellos, ¿qué significaba aquello para su relación con su pareja? Seguramente él estaría furioso, a lo mejor hasta celoso. Al final ella me soltó y se alejó.

 Me acerqué a la jaula de los monos araña varias veces durante mi estancia, pero ella nunca volvió a acercarse a mi de la misma forma. Fue una relación pasajera.

Sospecho que esta historia resultará familiar a muchos de ustedes. Todos, en algún momento de su vida, han experimentado algo semejante con los animales domésticos o durante la visita a un zoológico. Todos han tenido alguna vez una experiencia animal, un encuentro emocional con otra especie diferente*. Es más, probablemente ustedes interpretaron el hecho como si estuvieran en el interior del animal, asumiendo que los sentimientos del animal son idénticos a los suyos. Esa tendencia es natural, poderosa, casi irresistible. Resulta difícil para nosotros no interpretar la conducta animal como interpretaríamos la nuestra propia.

Mi encuentro con la mona araña es sólo un ejemplo de un fenómeno profundamente misterioso que experimentamos en la vida diaria con los humanos y con otros animales. Es la experiencia de imaginar cómo se siente el otro. Al parecer, tenemos mucha intuición por lo que respecta a nuestra propia especie, pero ¿se puede transferir tal intuición a otros animales? ¿Se sienten realmente nuestros animales domésticos ansiosos, felices, culpables o tristes como nosotros, o sus expresiones faciales o corporales son simplemente una imitación de los gestos que nosotros hacemos, sin el sentimiento hondo que los provoca? Cuando los animales encuentran el camino de regreso a casa en la oscuridad, ¿se limitan a seguir un rastro olfativo, o recurren a un mapa interiorizado en su cerebro? Cuando los animales se comunican, ¿se hallan sus mentes llenas de símbolos, o sus gruñidos, chillidos o arrullos no son más que erupciones incontrolables de pasión? ¿Se limitan los animales a seguir las normas, o saben porqué se crean éstas, por qué se castiga a quienes las vulneran y por qué algunas acciones son acertadas y otras equivocadas?

Este libro intenta responder estas preguntas. Pero los argumentos que voy a desarrollar en él son algo distintos de los que se han dado hasta el momento. Se han escrito muchos libros de divulgación sobre la psicología de perros y gatos, elefantes que lloran, monos traviesos, delfines altruistas y simios moralistas. Aunque las impresiones casuales y la mitologia acerca de los animales resulta fascinante, no nos acerca en absoluto al conocimiento de lo que realmente piensan y sienten. Tales relatos, puramente especulativos, que nos generan unos reconfortantes sentimientos hacia nuestras encantadoras mascotas domésticas. se ven contrarrestados por los cientificos, que piensan que los animales son seres sin mente, irracionales, guiados puramente por el instinto y abrumados por las pasiones.Tampoco esa perspectiva es acertada, porque olvida las investigaciones fundamentales que se han realizado sobre la cognición animal; concluye, de forma incorrecta, que no hay pensamiento sin lenguaje, y no consigue ubicar el diseño de las mentes animales en el contexto de los problemas ecológicos y sociales relevantes. Las mentes animales son mentes en estado bruto, moldeadas por las presiones ambientales.

Mostraré en esta obra cómo la teoría de la evolución y la ciencia cognitiva han empezado a revolucionar nuestra comprensión de las mentes animales. Los animales tienen pensamientos y emociones. Para entender ”qué” piensan y sienten realmente los animales, sin embargo, debemos observar los entornos en los que han evolucionado. Todos los animales están equipados con un conjunto de herramientas mentales para resolver problemas ecológicos y sociales. Algunas de las herramientas que sirven para pensar son universales, compartidas por insectos, peces, reptiles, aves y mamiferos, incluidos los seres humanos. El conjunto de herramientas universales proporciona a los animales una capacidad básica para reconocer objetos, contar y orientarse. Se produce una divergencia de este conjunto de herramientas básicas cuando las especies se enfrentan a problemas ecológicos o sociales excepcionales. Por ejemplo, los murciélagos se orientan mediante una señal de sonar de alta frecuencia, pero nosotros no. A diferencia de los humanos, los murciélagos se enfrentan al problema de volar en la oscuridad. Como resultado, su cerebro ha evolucionado de una forma especial para procesar sonidos de alta frecuencia. Los humanos reconocen a cientos de personas por el rostro, pero los insectos sociales como las abejas no reconocen ni siquiera a los miembros de su propia colmena por el rostro. Para los humanos, el rostro es un objeto especial, porque tiene una configuración única de rasgos y porque representa una ventana crucial para la identidad, las creencias y los sentimientos de cada persona. En consecuencia, los humanos tienen un cerebro que ha evolucionado de forma especial para procesar las caras.

El argumento que, aunque de forma breve, acabo de desarrollar, representa la tesis fundamental de este libro. La única forma de comprender cómo y qué piensan los animales es evaluar su conducta a la luz tanto de las herramientas universales como de las especificas, mecanismos de la mente diseñados para resolver problemas. Y la única forma que tenemos de evaluar la validez de este enfoque es contrastar nuestras intuiciones sobre las mentes animales con observaciones sistemáticas y experimentos controlados. A veces, los experimentos se llevan acabo en la naturaleza, el entorno en el cual evolucionan las adaptaciones mentales. En ocasiones, sin embargo, el laboratorio proporciona un entorno mejor para demostrar o no nuestras intuiciones. Usaré ambos métodos en este libro.

Para ilustrar el poder de esta perspectiva, volveré a mi interacción con la mona araña. La primera impresión que habrán sacado ustedes, como yo, podría ser que la mona araña sentía afecto por mi y lo expresaba rodeándome con sus brazos. Dejemos esta impresión de lado y consideremos unas cuantas posibles alternativas. Aquí tenemos la escena que ustedes habrían visto: la mona se acercó a mi, me pasó los brazos alrededor del cuello y lanzó un arrullo. En segundo lugar, cuando se acercó el macho, ella quitó los brazos de mi cuello, le dio un golpe y volvió a pasarme los brazos por el cuello. ¿Cómo ilustra todo esto lo que ella sentía, si es que ilustra algo? ¿Se sentía atraída hacia mi de la misma forma que podría sentirse atraída por otro mono araña? Empecemos examinando cómo actúan las monas araña en relación con los machos de su especie cuando se sienten atraídas por ellos. ¿Se les acercan sigilosamente, les ponen los brazos alrededor del cuello y lanzan arrullos? Si lo hacen, ¿qué cambios fisiológicos experimentan? Cuando los seres humanos nos sentimos atraídos por alguien, nuestro cuerpo se altera, los latidos del corazón se aceleran y las hormonas se alborotan.

Muchos animales pueden experimentar unos cambios fisiológicos semejantes y, ciertamente, podemos medirlos. Pero sin embargo no podemos asumir que los cambios fisiológicos subyacentes conducen directamente a un sentimiento profundamente subjetivo, que los humanos asociamos con estar “enamorado”, como Romeo y Julieta, Tristán e Isolda o Ryan O’Neal y Ali McGraw. Pero podemos empezar a contrastar esa suposición comparando la fisiología de la hembra durante sus encuentros conmigo y durante las interacciones con algún macho de su especie.

Asumamos que la fisiología de la mona es la misma cuando se encuentra conmigo y cuando se siente atraída hacia un mono araña macho. Habremos aprendido algo importante, pero seguiremos sin saber si ella se siente atraída hacia mí como compañero, como otro animal que ha sido amable con ella, o porque soy el mejor cuidador humano que ha tenido en la vida. Para distinguir entre esas posibles interpretaciones, necesitamos realizar otras observaciones y pruebas. Por ejemplo, podemos empezar asumiendo que limpiarle la jaula es menos importante que alimentarla. ¿Se sentiría igual de amistosa hacia un guardián que le limpiara la jaula, pero nunca la alimentara? Si la respuesta es sí, entonces es que su actitud no depende de la alimentación.

¿Cómo podemos interpretar su gesto agresivo hacia el macho? ¿Estaba relacionado o no con su atracción hacia mí? ¿Bajo qué circunstancias ataca ella a su pareja? ¿Le golpea siempre que se encuentra entretenida con otra cosa u otro ser? Por ejemplo, si ella está comiendo y él se acerca, ¿le golpea? Si es así, significa que su agresión puede tener más relación con la dominación que ella ejerce que con su relación conmigo. ¿Y si entra un mono araña macho nuevo en la jaula? ¿Se interesará más por éste que por mi? ¿Soy sólo el chico nuevo? ¿Estarán dictados sus actos por el deseo de venganza o por el deseo de despertar celos? ¿Y la posibilidad de que algún guardián anterior a mi le enseñara a responder de esa forma? Imaginemos que cada vez que se acercaba ella, el guardián le daba comida. Un día, accidentalmente, le puso la mano en el hombro, y él le reforzó esa conducta dándole un trato especial de la misma forma que los psicólogos del aprendizaje animal, como B. F. Skinner, usaban la comida para reforzar el entrenamiento de pichones para clasificar los estímulos. A lo largo del tiempo, el guardián condicionó a la mona araña para que le colocara sus brazos en torno al cuello. Al final, tendríamos lo que pareceria a primera vista una mona araña muy afectuosa. En realidad, sin embargo, lo que tenemos es sólo una mona cuyos actos han sido modelados por el cuidador …, una simple marioneta. Aunque existiera algún sentimiento, es bastante improbable que fuera del tipo que originalmente suponíamos por su respuesta.

Esta historia nos obliga a apreciar que para cada conducta determinada existen varias causas posibles, y muchas explicaciones posibles del motivo por el que se lleva a cabo una acción concreta. Como nuestros animales de compañía, la mona araña a lo mejor sentía un momentáneo afecto por un miembro de otra especie, o quizá no. El problema al que nos enfrentamos es discernir qué tipo de sentimientos y pensamientos son los que tienen los animales, y por qué han desarrollado tales capacidades.

* A lo largo de toda la obra uso el término <animal>, estilísticamente más adecuado, para referirme a todos los animales no humanos, reconociendo que los humanos somos también animales.

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