“¿Existe Dios? El gran enigma”, de Victor Stenger

Victor Stenger fue un físico teórico americano, especializado en partículas elementales, fallecido en 2014, que dedicó muchos de los últimos años de su vida a abogar por mantener a la religión alejada de la política científica y de la ciencia. Escribió muchos libros criticando a las religiones y ofreciendo argumentos acerca de la inexistencia de los dioses. En particular, el subtítulo de ¿Existe Dios? es “Cómo la ciencia demuestra que Dios no existe”. Su frase famosa a raíz de los acontecimientos de septiembre de 2001 es: “La ciencia hace volar a la luna, la religión hace volar edificios”.

stenger2En este libro, Stenger repasa todas las disciplinas científicas—como química, biología, astronomíay discute qué resultados encontraríamos en cada de una de ellas si efectivamente el dios existiera. Ofrece una serie de ejemplos que lo hacen además de brillante, divertido. Si le pedimos a un dios que diseñe a los humanos, haría algo muy diferente: tendríamos ojos sin el punto ciego, discos vertebrales más gruesos, rodillas con dos grados de libertad, articulaciones mejor acojinadas, visión de espectro más amplio, y muchos más mejoras.

Y no se diga de las evidencias avasalladoras que existen para refutar científicamente las historias bíblicas, como el Éxodo, las condiciones específicas del nacimiento y la muerte de Cristo, los milagros narrados en el Nuevo Testamento. Nada de esto pudo haber ocurrido.

En fin, Victor Stenger, con todos sus libros de crítica a las religiones, merece ingresar a ese grupo de cuatro famosos ateos—Dawkins, Harris, Dennett y Hitchens— como el quinto miembro que representa a los pensadores modernos, libres de dogma y superstición.

Extracto del Prefacio

La vision desde los flancos

A lo largo de la historia los argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios han sido confinados a los ámbitos de la filosofía y la teología. En el ínterin, la ciencia optó por situarse en los flancos para dedicarse a observar silenciosamente el intercambio dialógico que tenia lugar en el centro de campo. Pese al hecho de que la ciencia ha revolucionado todos los aspectos de la vida humana y clarificado en buena medida nuestra comprensión del mundo que nos rodea, de algún modo se ha consolidado la noción de que no tiene nada que decir sobre ese ser supremo que la humanidad venera en calidad de creador de toda la realidad.

En su libro Rocks of Ages (1999), el afamado paleontólogo Stephen Jay Gould se refería a la religión y la ciencia como «dos magisterios que no se traslapan», considerando que la ciencia se dedica a explicar el mundo natural mientras que la religión aborda las cuestiones relativas a la moralidad. No obstante, tal como señalaron en aquel momento muchos críticos, esto suponía una redefinición de la religión como filosofía de la moral. En rigor, la mayoría de las religiones hace mucho más que moralizar; lo cierto es que difunden pronunciamientos básicos sobre la naturaleza, un campo que la ciencia puede evaluar con plena libertad. Además, la ciencia ha desempeñado un papel muy evidente en el estudio de los objetos físicos; basta mencionar el sudario de Turín, que bien podría tener consecuencias religiosas. ¿Y por qué no puede la ciencia estudiar las cuestiones morales que atañen al comportamiento humano, un comportamiento que puede observarse y en ocasiones incluso cuantificarse?

En una encuesta efectuada en 1998, únicamente el 7 por ciento de los miembros de la U. S. National Academy of Sciences, la elite de la comunidad científica norteamericana, manifestó que creía en un Dios personal. En cualquier caso, son mayoría los científicos que prefieren que la ciencia, por razones estrictamente prácticas, se mantenga al margen de los asuntos religiosos. Tal vez sea una buena estrategia para quienes desean evitar los posibles conflictos entre la ciencia y la religión, una situación que podría derivar en una menor aceptación pública de los postulados científicos, por no mencionar la más horrible de todas las consecuencias, a saber: una reducción en los fondos destinados a la investigación. Sin embargo, las religiones formulan tesis basadas en la realidad que no son inmunes al examen practicado por la fría luz de la razón y la observación objetiva.

Al margen de todo ello, desde la antigüedad se han planteado argumentos científicos que respaldan la existencia de Dios, esto es, razonamientos basados en la observación y no en la autoridad, desde fecha tan temprana como el año 77 a. C., cuando Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) plasmó sus ideas en el texto De Natura Deorum (Sobre la naturaleza de los dioses). Particularmente influyente fueWilliam Paley (1743-1805) con su tratado Natural Theology or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity Collected from the Appearance of Nature, publicado por primera vez en 1802. En años más recientes, los teólogos y los científicos teístas han orientado su mirada hacia la ciencia en busca de apoyo para sus creencias construidas en torno a la idea de un ser supremo. Se han publicado incontables libros que aseguran que la ciencia teórica y empírica moderna respalda la tesis de que Dios existe, hasta tal punto que los medios de comunicación de masas se han apresurado a promulgar esta visión. Son muy escasos los libros y las historias difundidas a través de los medios que se han atrevido a oponerse a este afirmación. Con todo, si debemos permitir que los argumentos científicos que defienden la existencia de Dios formen parte del discurso intelectual, lo mismo debemos hacer para que los que la niegan encuentren un lugar legítimo donde desarrollarse.

En mi libro de 2003, Has Science Found God?, realicé un análisis crítico de estas declaraciones sobre los supuestos argumento científicos que avalan la existencia de Dios, y los encontré inadecuados. En el presente volumen me propongo ir mucho más lejos y así argumentar que en este momento la ciencia ha avanzado lo suficiente como para emitir un juicio definitivo sobre la existencia o la inexistencia de un Dios poseedor de todos los atributos que tradicionalmente se asocian con la visión judeocristiana-islámica de la divinidad.

En la actualidad tenemos una cantidad considerable de datos empíricos y modelos científicos altamente satisfactorios que abordan la cuestión de la existencia de Dios. Por consiguiente, ha llegado la hora de examinar lo que esos datos y modelos nos dicen sobre la validez de la hipótesis divina.

En rigor, el Dios judeocristiano-islámico no está bien definido. No sólo existen diferentes visiones sobre la divinidad entre estas tres confesiones, sino también muchas diferencias en el seno de cada una de ellas —entre los teólogos y los creyentes seglares así como entre secta y secta—. Me concentraré en los atributos de la divinidad venerada por el grueso de los creyentes de los distintos grupos religiosos. Cabe señalar que algunos de estos atributos también son comunes a las deidades de otras religiones cuya doctrina se aplica al margen de las tres grandes confesiones monoteístas.

Soy plenamente consciente de que los teólogos más sofisticados han desarrollado conceptos notablemente abstractos sobre un dios que, según declaran, guarda coherencia con la doctrina de su fe. También es cierto que uno siempre puede abstraer cualquier concepto y llevarlo mas allá del campo de la investigación científica. Con todo, el creyente tipico normalmente no se identifica con estos dioses.

En los tres monoteísmos principales, Dios es percibido como un ser supremo y trascendente —que se sitúa mas allá de la materia, el espacio y el tiempo—, si bien nos es descrito en términos de materia, espacio y tiempo para hacerlo más asequible a nuestros sentidos. Más aun, este Dios no es el dios del deísmo, un demiurgo que creó el mundo y luego no hizo más, ni el dios del panteísmo, un ser igual a toda la existencia. El Dios de raíz judeocristiana-islámica es un ser que participa nanosegundo a nanosegundo en todo lo que acontece en todos los confines del universo, desde las interacciones de los quarks en el interior de los núcleos atómicos hasta la evolución de las estrellas en las galaxias más remotas. Y digo más: Dios escucha todos los pensamientos y participa en todos los actos realizados por su creación más especial, una pizca insignificante de materia llamada humanidad que se desplaza sobre la superficie de un minúsculo guijarro ubicado en la inmensidad del universo.

Resumiendo, cuando use la «D» para nombrar la divinidad, me estare refiriendo al Dios de la tradición judeocristiana-islámica. Todos los demás dioses aparecerán en minúscula. De manera analóga, utilizaré los pronombres masculinos tradicionales para referirme a Dios. Este libro constituye una investigación de las pruebas de la existencia de Dios, no de todos los dioses. Si lo prefiere, puede verlo como si se tratara de un estudio realizado por un físico sobre la existencia de una partícula cargada y sin masa, pero no sobre todas las particulas.

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