“Los Pintores de las Cavernas: El Misterio de los Primeros Artistas” de Gregory Curtis

Este libro es fascinante porque es un viaje por el sur de Francia y el norte de España, región que comprende toda la zona donde vivieron los primeros pobladores de Europa. Resulta que hay del orden de 350 cuevas con algún tipo de arte rupestre y nunca hemos oído hablar de la mayoría de ellas. Hemos oído de Lascaux y Altamira. Éstas son las cuevas más famosas, tan famosas que ha sido necesario construir réplicas para que los turistas no visiten las cuevas originales y les ocasionen daño.

gregory-curtisEl viaje por el que nos lleva Curtis es más fascinante todavía pues es un viaje en muy distintas épocas. Vamos a recorrer los Pirineos hace 32 mil años, cuando seres humanos poblaron la región y convivieron con Neandertales. Vamos a viajar por el norte de España a finales del siglo XIX cuando se descubre Altamira. Vamos a compartir las experiencias de las figuras más importantes del siglo XX en lo que a arte rupestre se refiere: Breuil y Leroi-Gourhan. Y vamos a recorrer en pleno siglo XXI, junto con Curtis, muchas de las cuevas de la región.

De Lascaux y Altamira, Curtis nos platica la historia detallada de cómo se descubrieron y todas las intrigas y escepticismo que surgió al conocerse su existencia. Pero hay muchas otras cuevas, igual de valiosas pero desconocidas para nosotros. Les Combarelles, Font de Gaume, Peche Merle, todas ellas son cuevas con arte hermoso y que en la actualidad es posible visitar. También platica de la zona en la región francesa de la Dordoña, llamada Les Eyzies, donde se han encontrado innumerables evidencias de poblaciones de Neandertales, que muy probablemente fueron contemporáneos de los artistas que pintaron el arte rupestre.

Curtis es un periodista americano, nacido en el estado de Texas. Escribe para el New York Times, las revista Time, Fortune, Rolling Stone y Texas Monthly entre otras.

Extracto del Capítulo X

MUJERES EXTRAÑAS, ESTILIZADAS. EL MUNDO POR DEBAJO DEL MUNDO

Desde la primera obra del abate Breuil hasta las respuestas de Jean Clottes a los criticos de Los chamanes de la Prehistoria han transcurrido casi exactamente cien años. Salvo por el chamanismo, que no tiene una aceptación general, no hay aún ninguna teoría global sobre el significado de las pinturas rupestres. Esto es frustrante para científicos y aficionados por igual, puesto que, como obras de arte, las pinturas logran comunicar directamente y con suma eficacia. Fueran cuales fuesen las razones culturales que movieron a los antiguos cazadores a pintar en las cuevas, los grandes artistas que había entre ellos -que fueron muchos- se tomaron la molestia de crear pinturas de líneas elegantes, colorido sutil, perspectiva precisa y una sensación física de volumen. Puede que los pintores de las cavernas concibieran el arte como nosotros lo entendemos o puede que no, pero cuando decidieron dibujar unos trazos atractivos a la vista en lugar de unos garabatos torpes, pensaban y actuaban como artistas, intentando crear arte en el sentido que nosotros le damos al término. Por eso, para nosotros es legitímo responder a las pinturas rupestres en tanto que arte, y no solamente en tanto que restos arqueológicos, aunque sin duda también lo son. Los caballos chinos de Lascaux, multicolores y estilizados, el orgullo de los leones a la caza con los ojos encendidos en Chauvet, y los bisontes pesados, si bien delicados y sinuosos, de Altamira y Font-de-Gaume, son evidencias de que la belleza es de veras eterna.

Y esa belleza aumenta porque, contra toda lógica, las pinturas parecen también familiares, próximas a nosotros en el tiempo, a pesar de ser lo más remotas que posiblemente alcancemos a encontrar. ¿Cómo es posible que pudiesen permanecer encerradas en cuevas, desconocidas o mal interpretadas, durante miles de anos y en cambio, una vez descubiertas, encajasen con tanta naturalidad en la tradición cultural occidental? El historiador del arte Max Raphael es el único pensador relevante a quien parece preocuparle esta cuestión, aunque la inmediatez de las pinturas, a pesar de su gran antigüedad y misterio, afecta poderosamente a todo el que las ve. Raphael ofrecía su propia respuesta marxista a este acertijo, como hemos visto. Sin embargo, existe otra respuesta, que arroja más luz sobre las pinturas tanto en su vertiente artística como arqueológica. Las pinturas nos hablan directamente a través de los milenios porque son el arte conservador de una sociedad estable, porque transmiten una visión cómica, más que trágica, de la vida, y porque forman parte de una tradición clásica. De hecho, son el triunfo de la primera civilización clásica del mundo.

Después de su belleza, lo primero que todo el mundo advierte en las pinturas rupestres es su carácter repetitivo. Los mismos animales, en posturas idénticas o similares, aparecen una y otra vez cueva tras cueva, cualquiera que sea la datación de las pinturas. Cada especie está pintada de acuerdo a unas convenciones, que sufren alguna variación con el paso del tiempo, pero siguen estando presentes.

Esta regularidad significa que el arte rupestre es en esencia conservador. Hoy en día, casi exigimos que el arte ataque el orden establecido, o lo subvierta o to parodie de alguna forma, y nuestro arte cambia a medida que cambian los tiempos. El arte rupestre, que es invariable, no habría podido hacer eso. Debió de ser un respaldo incondicional del orden establecido. Sostenía las creencias de la sociedad pintándolas como una constante infalible, eternas y siempre idénticas. Y, en su papel de salvaguarda de la sociedad y sus instituciones, este arte fue espectacularmente convincente.

La cultura que dio lugar a las cuevas decoradas, a pesar de las diferencias sutiles que se pueden encontrar entre las epocas o los lugares específicos, se prolongó durante veinte mil anos sin apenas variaciones, mucho más que ninguna otra posterior. La cultura occidental, si asumimos que nació en el Mediterráneo oriental hacia el 2000 a. de C., tiene apenas cuatro mil años de antigüedad. Para que la cultura paleolítica sobreviviera tanto tiempo, significa que los pobladores que crearon Chauvet hace treinta y dos mil años estaban casi tan alejados de los que crearon Lascaux hace dieciocho mil años como lo están los creadores de Lascaux de nosotros. Un individuo de la época de Lascaux se quedaría perplejo al ver el mundo en que vivimos, pero, si hubiera ido a parar al mundo de Chauvet, al parecer no habria tenido problemas en comprenderlo inmediatamente e integrarse en él. No le habría quedado más remedio que aprender a hacer útiles de sílex con una forma ligeramente distinta, pero los ritmos de la vida cotidiana eran poco menos que idénticos.

Para prolongarse tanto tiempo, esa cultura debió de ser profundamente satisfactoria, en un sentido emocional, espiritual, intelectual y práctico. Debió de engendrar y sostener un sistema social que cubriera y distribuyera con solvencia necesidades materiales como alimento, ropa y cobijo. Debió de fomentar y proteger las relaciones humanas básicas —de amistad, hombre-mujer, padres-hijos—, o no habría estado lo bastante cohesionada para perdurar. Debía de ofrecer respuestas convincentes a preguntas sobre el mundo como “¿Por qué hace frio, luego calor, y de nuevo frio?”, o “¿Por qué el sol sale y se pone?”. Debía de responder satisfactoriamente las preguntas solemnes que cada individuo se formula en su interior: “¿Quién soy?”, “¿qué sentido tiene mi vida?”. Tenía que ofrecer respuestas creíbles y profundas a las eternas grandes cuestiones, como “¿Quién creó el mundo y por qué?”. Y, tal vez lo mas importante de todo, debía de tener en cuenta una existencia cotidiana ordenada, en la que la gente se tratara de formas aceptadas y arraigadas, y en la cual hubiera reuniones, celebraciones, ceremonias solemnes y episodios espontáneos de diversión que aliviaran el dolor y las dificultades de sus vidas.

Las cuevas son de una belleza tal que es fácil olvidarse de que el resto de aquella cultura compleja y profundamente satisfactoria ha desaparecido casi por completo. Todo lo que los pobladores paleolíticos preservaran oralmente —los poemas, las canciones, las lenguas, las costumbres y el orden social— se ha perdido y no puede recuperarse. Es posible que queden restos de ello en nuestros mitos ancestrales, pero nunca lo sabremos con certeza. En cuanto a los vestigios visuales, las cuevas representan apenas una parte de todo lo que una vez existió. Las paredes rocosas que flanquean los ríos en los valles de Francia y España pudieron contener en tiempos pinturas inmensas y magníficas que encerraban tanta importancia para la cultura como las pinturas de las cuevas. Y los antiguos cazadores tal vez empleaban otros materiales para crear trabajos artísticos a los que quizá les concedían mayor peso que a las pinturas murales, en cuevas o al aire libre. A lo mejor llevaban a cabo elaboradas creaciones con plumas o postes en los que tallaban tótems que eran el centro de toda una comunidad, y que harían que nos maravillásemos. Puede que pintaran o tatuaran su piel con dibujos que no alcanzamos a imaginar. Tal vez, igual que las tribus nativas de las grandes llanuras norteamericanas, dejaron constancia de su historia y sus genealogías en pedazos de cuero que constituían el bien más preciado de la sociedad. Sin embargo, las pinturas al aire libre y lo que fabricaran con materiales orgánicos, como madera o cuero, se habría descompuesto en un tiempo relativamente corto.

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