“El cuento del antepasado: un viaje a los albores de la evolución” de Richard Dawkins

Este libro es para mi gusto la obra maestra de Dawkins. Él imagina que comenzamos a viajar al pasado identificando a nuestros ancestros. El viaje lo hacemos recorriendo el árbol filogenético de la vida, sobre las ramas que dieron lugar al ser humano.

Dawkins

Empezando con el hombre, nos lleva a visitar al ancestro común con los homínidos, con los simios, con los monos y continuamos hasta que sin darnos cuenta nos encontramos con los primeros mamíferos, los primeros anfibios y los primeros peces. El cuento del antepasado es de fácil lectura pues en cada etapa nos presenta una serie de ensayos independientes, entretenidos y perspicaces, alusivos al tema en cuestión, al estilo de los Cuentos de Canterbury. Si se debe elegir como lectura únicamente un sólo libro de Dawkins, recomiendo que sea éste el que se seleccione.

Fragmentos de “El cuento del antepasado”

Comienza la peregrinación

Es hora de emprender nuestra peregrinación al pasado, una andadura que, en cierto modo, es un viaje en una máquina del tiempo en busca de nuestros antepasados, o mejor dicho, como explicaré en «El Cuento del Neandertal», en busca de nuestros genes ancestrales. Durante las primeras decenas de milenios de nuestra búsqueda, esos genes ancestrales residen en individuos iguales a nosotros. Bueno, en realidad no es así, pues nadie es exactamente igual. Permítanme reformular la frase: durante las primeras decenas de milenios, la gente que nos encontraremos al apearnos de la máquina del tiempo no se diferenciará de nosotros más de lo que los son humanos actuales diferimos unos de otros. No olvidemos que entre éstos hay alemanes y zulúes, chinos y pigmeos, bereberes y melanesios. Nuestros antepasados genéticos de hace 50.000 años presentarían el mismo grado de variabilidad que vemos en el do actual.

Si no indicios de evolución biológica, ¿qué cambios habremos de percibir, entonces, al retroceder unas pocas decenas de milenios en el tiempo, en vez de cientos de miles de milenios? En las primeras etapas de nuestro viaje al pasado, un proceso similar al evolutivo, aunque muchísimo más rápido que la evolución biológica, dominará el paisaje que se divise por la ventanilla. Unos lo llaman evolución cultural, otros lo llaman evolución exosomática o tecnológica. Se pone de manifiesto, por ejemplo, en la «evolución» del automóvil, de la corbata o del idioma inglés. No debemos exagerar su parecido con la evolución biológica y, en cualquier caso, tampoco vamos a detenernos mucho en él. Tenemos por delante un trayecto de 4.000 millones de años y enseguida habrá que pisar el acelerador de la máquina del tiempo y meter una velocidad tan alta que apenas lograremos echar un vistazo fugaz a los acontecimientos de la historia humana. Pero antes, mientras vayamos en primera y viajemos dentro de la escala temporal de la historia humana y no de la evolutiva, nos referiremos a dos avances culturales fundamentales. «El Cuento del Agricultor» es la historia de la revolución agrícola, que probablemente haya sido la innovación humana más cargada de consecuencias para los demás organismos del planeta. «El Cuento del Cromañón» trata del gran salto adelante, ese florecimiento de la mente humana que, en cierto sentido, proporcionó un nuevo medio de expresión para el proceso evolutivo propiamente dicho. 

EL CUENTO DEL CROMAÑÓN

La arqueología indica que hace unos 40.000 años empezó a ocurrirle algo muy especial a nuestra especie. Desde el punto de vista anatómico, los antepasados humanos que vivieron antes de esta fecha decisiva eran iguales a los que vivieron después. Los homínidos anteriores a esa línea divisoria no diferían de nosotros más de lo que se diferenciaban de sus contemporáneos de otros lugares del mundo, ni siquiera más de lo que nosotros diferimos de los nuestros. Esto, repito, desde el punto de vista anatómico. Desde el punto de vista cultural, la diferencia es enorme. De acuerdo, entre las culturas de los diversos pueblos que viven en el mundo actual también se dan diferencias enormes, y es probable que a la sazón ocurriese otro tanto, pero no si nos remontamos mucho más de 40.000 años. En esa fecha crítica ocurrió algo que muchos arqueólogos consideran lo bastante repentino como pata merecer el nombre de acontecimiento. Me gusta la expresión que ha acuñado Jared Diamond para definirlo: el gran salto adelante.

Antes del gran salto adelante, los artefactos fabricados por el hombre apenas habían cambiado en un millón de años. Los que han llegado hasta nuestros días son herramientas y armas de formas muy rudimentarias, hechas casi exclusivamente de piedra. Seguro que la madera (o, en Asia, el bambú) era un material mucho más utilizado, pero es dificil que resista a los estragos del tiempo. Por lo que sabemos, no había pinturas, tallas, estatuillas, objetos funerarios ni ornamentos. Después del gran salto, todas estas cosas surgen de repente en el registro arqueológico, además de instrumentos musicales como flautas de hueso, y no mucho tiempo después aparecen las espléndidas pinturas rupestres de las cuevas de Lascaux, obra de cromañones. Un observador imparcial, llegado de otro planeta, que adoptase una perspectiva más amplia podría considerar nuestra cultura moderna, con sus ordenadores, sus aviones supersónicos y sus viajes espaciales, un mero corolario del gran salto adelante. En la larguísima escala geológica, todos nuestros logros modernos, desde la Capilla Sixtina a la teoría especial de la relatividad, desde las Windows Coldberga la conjetura de Goldbach, parecerían prácticamente contemporáneos de la Venus de Willendorf y de las pinturas de Lascaux: expresiones de la misma revolución cultural, de la radiante eclosión que sucedió al prolongado estancamiento del Paleolítico inferior. En realidad no estoy seguro de que la visión uniformitaria de nuestro observador extraterrestre resistiese un análisis riguroso, pero podría defenderse al menos durante un breve periodo.

En el libro La mente en la caverna, David Lewis-Williams examina la cuestión del arte rupestre del Paleolítico superior y de lo que puede aportarnos para desentrañar el misterio del florecimiento de la conciencia en el Horno sapiens.

Algunos paleontólogos están tan impresionadas por el gran salto adelante que consideran hubo de coincidir con el origen del lenguaje. ¿Qué otra cosa, se preguntan, podría explicar un cambio tan repentino? La hipótesis de que el lenguaje hubiese surgido súbitamente no es ninguna tontería. Todo el mundo coincide en que la escritura no tiene más de unos pocos miles de años de antigüedad y todo el mundo está de acuerdo en que la anatomía cerebral no cambió en correspondencia con una invención tan reciente. En teoría, el habla podría ser un ejemplo más del mismo fenómeno, pero tengo la impresión, avalada por lingüistas tan autorizados como Steven Pinker, de que el lenguaje es más antiguo que el gran salto. Retomaremos el asunto cuando, al llegar a la cota del millón de años, nuestra peregrinación alcance al Homo ergaster (erectus).

Si no con el lenguaje propiamente dicho, el gran salto adelante tal vez coincidió con el repentino descubrimiento de, por así decirlo, un nuevo software: quizás un nuevo truco gramático o como, por ejemplo, la oración condicional, que de golpe habría permitido a nuestros antepasados imaginar razonamientos del tipo «¿Qué pasaría si…?». O tal vez, antes del salto, el lenguaje primitivo sólo se usase para hablar de cosas que estaban presentes en el marco físico de la conversación y un genio anónimo se dio cuenta de que se podían utilizar ciertas palabras para referirse a cosas que no se hallaban presentes. Es la diferencia entre «ese pozo que ambos estamos viendo» y «supongamos que haya un pozo al otro lado de la colina». O quizá fue el arte representativo, del que no hay rastro en el registro arqueológico anterior al gran salto, lo que hizo de puente hacia el lenguaje referencial. Tal vez nuestros antepasados, antes de aprender a hablar de bisontes que no estaban a la vista, aprendieron a pintados.

Me encantaría entretenerme en la emocionante época del gran salto adelante, pero tenemos por delante una larga peregrinación y conviene reemprender la marcha. Nos estamos acercando al punto en que nos reuniremos con el Contepasado 0, el más reciente antepasado de todos los seres humanos vivos. 

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