“El origen de las especies” de Charles Darwin

“El origen de las especies” publicado originalmente en 1859, es de dominio público, por lo tanto, es posible conseguir ediciones muy económicas e inclusive ediciones digitales a precios minúsculos.

CharlesDarwin

Este sitio contiene todas las publicaciones originales de Darwin. Ahí puede uno encontrar la traducción al español de este clásico texto que debería de estar en la lista de lecturas pendientes de cualquiera. Es una obra maestra, no solo de ciencia sino de literatura. Sobran los comentarios que pueda uno hacer acerca de esta maravilla. Quizá solo valga la pena recomendar que el lector no se debe perder la introducción que escribió Julian Huxley, gran amigo de Darwin.


Introducción de Charles Darwin

CUANDO iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur y las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este volumen, parecían arrojar alguna luz sobre el origen de las especies, ese misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros más grandes filósofos. A mi regreso a la patria, se me ocurrió, en 1837, que acaso podría aclararse algo de esta cuestiones acumulando y reflexionando pacientemente sobre toda clase de hechos que pudiesen tener quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de trabajo, me permití discurrir especulativamente sobre el asunto, y redacté unas breves notas; estas las amplié en 1844, hasta formar un bosquejo de las conclusiones que entonces me parecían probables, y desde este periodo hasta hoy he perseguido firmemente el mismo objeto. Espero que se me perdone por entrar en estos detalles personales, anotados para demostrar que no me he precipitado al llegar a una decisión.

Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como me llevará muchos años completarla y mi salud está muy lejos de ser robusta, se me ha instado para que publicase este resumen. Me ha movido especialmente a hacerlo el que míster Wallace, que está actualmente estudiando la historia natural del archipiélago malayo, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales que sostengo yo sobre el origen de las especies. En 1858 me envió una memoria sobre este asunto, con ruego de que la transmitiese a sir Charles Lyell, quien la envió a la Linnean Society, y está publicada en el tercer volumen del Journal de esta sociedad. Sir C. Lyell y el doctor Hooker, que tenían conocimiento de mi trabajo —este último había leído mi bosquejo de 1844—, me honraron juzgando conveniente publicar, junto con la excelente memoria de míster Wallace, algunos breves extractos de mis manuscritos.

Este resumen que publico ahora tiene, necesariamente, que ser imperfecto. No puedo dar aquí referencias y textos en pro de mis diversas afirmaciones, y he de contar con que el lector deposite alguna confianza en mi exactitud. Sin duda se habrán deslizado errores, aunque espero haber sido siempre cauto en dar crédito tan solo a buenas autoridades. Únicamente puedo dar aquí las conclusiones generales a que he llegado, ilustradas con unos cuantos hechos, aunque confío en que serán suficientes en la mayoría de los casos. Nadie puede sentir más que yo la necesidad de publicar después detalladamente, y con referencias, todos los hechos sobre los que se apoyan mis conclusiones, y espero hacerlo en una obra futura. Pues sé perfectamente que apenas se discute en este volumen un solo punto acerca del cual no puedan aducirse hechos que con frecuencia llevan aparentemente a conclusiones diametralmente opuestas a las que yo he llegado. Un resultado justo solo puede obtenerse exponiendo por completo y contrapesando los hechos y argumentos de ambos aspectos de cada cuestión; y esto es aquí imposible.

Lamento mucho que la falta de espacio me impida tener la satisfacción de agradecer la generosa ayuda que he recibido de muchísimos naturalistas, algunos de ellos personalmente desconocidos para mí. Sin embargo, no puedo desaprovechar esta oportunidad sin expresar mi profundo agradecimiento al doctor Hooker, quien durante los últimos quince años me ha ayudado de todos los modos posibles, con sus grandes acopios de conocimientos y su excelente criterio.

Al considerar el origen de las especies, es totalmente comprensible que un naturalista, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica, sucesión geológica y otros hechos semejantes, llegue a la conclusión de que las especies no han sido creadas independientemente, sino que han descendido, como variedades, de otras especies. No obstante, semejante conclusión, aun cuando estuviese bien fundada, no sería satisfactoria hasta que pudiese demostrarse de qué modo las innumerables especies que pueblan este mundo se han modificado hasta adquirir esa perfección de estructura y coadaptación que causa, con justicia, nuestra admiración. Los naturalistas continuamente se refieren a las condiciones externas, tales como el clima, el alimento, etc., como la única causa posible de variación. En un sentido limitado, como veremos después, esto puede ser verdad; pero es absurdo atribuir a meras condiciones externas la estructura, por ejemplo, del pájaro carpintero, con sus patas, su cola, su pico y su lengua tan admirablemente adaptados para capturar insectos bajo la corteza de los árboles. En el caso del muérdago, que saca su alimento de ciertos árboles, que tiene semillas que necesitan ser transportadas por ciertas aves y que tiene flores con sexos separados que requieren absolutamente la mediación de ciertos insectos para llevar el polen de una flor a otra, es igualmente absurdo explicar la estructura de este parásito y sus relaciones con diversos seres orgánicos distintos, por los efectos de las condiciones externas, de la costumbre o de la volición de la planta misma.

Es, por consiguiente, de la mayor importancia tener un claro punto de vista acerca de los medios de modificación y de coadaptación. Al comienzo de mis observaciones me pareció probable que un estudio cuidadoso de los animales domésticos y de las plantas cultivadas ofrecería las mayores oportunidades para resolver este oscuro problema. No he sido defraudado; en este y en todos los demás casos dudosos he hallado invariablemente que nuestro conocimiento, por imperfecto que sea, de la variación en estado doméstico proporciona la pista mejor y más segura. Me aventuro a manifestar mi convicción del alto valor de tales estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados por los naturalistas.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, dedicaré el primer capítulo de este resumen a la variación en estado doméstico. Veremos así que una amplia cuantía de la modificación hereditaria es, por lo menos, posible; y, lo que es tanto o más importante, veremos cuán grande es el poder del hombre al acumular por su selección ligeras variaciones sucesivas. Pasaré luego a la variabilidad de las especies en estado de naturaleza; pero, desgraciadamente, me veré obligado a tratar este asunto con demasiada brevedad, pues solo puede ser tratado adecuadamente dando largos catálogos de hechos. Sin embargo, nos proporcionará la ocasión de discutir qué circunstancias son las más favorables para la variación. En el capítulo siguiente se examinará la lucha por la existencia entre todos los seres orgánicos a través del mundo, lo que se sigue inevitablemente de la elevada razón geométrica de su aumento. Esta es la doctrina de Malthus, aplicada al conjunto de los reinos animal y vegetal. Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, consiguientemente, hay que recurrir con frecuencia a la lucha por la existencia, se deduce que cualquier ser, si varía, aunque sea levemente, de algún modo provechoso para él, bajo las complejas y a veces variables condiciones de vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir, y de ser así seleccionado naturalmente. Según el vigoroso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su forma nueva y modificada.

Esta cuestión fundamental de la selección natural será tratada con alguna extensión en el capítulo cuarto, y entonces veremos cómo la selección natural causa casi inevitablemente mucha extinción de las formas de vida menos perfeccionadas y conduce a lo que he llamado divergencia de caracteres. En el capítulo siguiente discutiré las complejas y poco conocidas leyes de la variación. En los cinco capítulos subsiguientes se presentarán las dificultades más aparentes y graves para aceptar la teoría; a saber primero, las dificultades de las transiciones, o cómo un ser sencillo o un órgano sencillo puede transformarse y perfeccionarse hasta convertir-se en un ser altamente desarrollado o en un órgano primorosamente construido; segundo, el tema del instinto o de las facultades mentales de los animales; tercero, el hibridismo o la esterilidad de las especies y la fecundidad de las variedades cuando se cruzan; y cuarto, la imperfección de la crónica geológica. En el capítulo siguiente consideraré la sucesión geológica de los seres orgánicos a través del tiempo; en los capítulos doce y trece, su distribución geográfica a través del espacio; en el capítulo catorce, su clasificación o afinidades mutuas, tanto en adultos como en estado embrionario. En el último capítulo daré una breve recapitulación de todo el trabajo y unas cuantas observaciones finales. 

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