“Por qué la teoría de la evolución es verdadera” de Jerry A. Coyne

Éste es ya un clásico para quién busca una explicación clara acerca de la evolución. Coyne es profesor en la Universidad de Chicago y uno de los biólogos evolucionistas más famosos. Él mantiene un blog acerca de la evolución del mismo nombre que su libro, que recomiendo visitar con frecuencia. Siempre publica artículos sumamente interesantes.

Jerry-Coyne

En el libro que nos ocupa, describe cómo es que la evolución funciona, cómo se forman los fósiles y qué nos dicen éstos acerca de las especies extintas. Ofrece una cantidad enorme de evidencias de que la evolución sucede: vestigios de órganos que ya no son útiles, semejanzas anatómicas, la presencia de las mismas especies en zonas geográficas lejanas que alguna vez estuvieron unidas en un mismo continente. Cuando uno lee el capítulo acerca del papel que el sexo juega en evolución, le cambia a uno la óptica con la que interpretamos la conducta humana. En definitiva, una lectura obligatoria para los aficionados a la evolución.


Introducción a “Por qué la teoría de la evolución es verdadera”

De todas las maravillas que la ciencia ha revelado sobre el universo en que vivimos, nada ha causado mayor fascinación ni mayor furia que la evolución. Quizá sea porque ninguna galaxia majestuosa, ningún fugaz neutrino tiene implicaciones tan personales. El conocimiento de la evolución tiene la virtud de transformarnos de una manera muy profunda. Nos enseña el lugar que ocupamos en el espléndido y extraordinario espectáculo de la vida. Nos une a todos los seres que habitan hoy en la Tierra y a los innumerables seres que se extinguieron hace mucho tiempo. La evolución nos ofrece un relato cierto de nuestros orígenes que sustituye a los mitos que durante miles de años colmaron nuestra curiosidad. A algunas personas esto les resulta profundamente perturbador; a otras, inefablemente excitante.

Charles Darwin, que naturalmente pertenecía al segundo grupo, expresó la belleza de la evolución en el famoso párrafo final del libro con el que comenzó todo esto, El origen de las especies (1859):

Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, las formas más bellas y portentosas. 

Pero hay más razones para el asombro, pues el proceso de la evolución, la selección natural, que es el mecanismo que llevó a la primera molécula desnuda con capacidad para replicarse hasta la diversidad de millones de formas fósiles y vivas, es de una simplicidad y belleza prodigiosas. Sólo quienes entienden cómo funciona pueden experimentar el asombro y la admiración que produce saber que un proceso tan simple produjo caracteres tan diversos como la flor de la orquídea, el ala del murciélago o la cola del pavo real. El propio Darwin, embargado de paternalismo victoriano, describe esta sensación en El origen:

Cuando no contemplemos ya un ser orgánico como un salvaje contempla a un barco, como algo completamente fuera de su comprensión; cuando miremos todas las producciones de la naturaleza como seres que han tenido una larga historia; cuando contemplemos todas las complicadas conformaciones e instintos como el resumen de muchas disposiciones útiles todas a su posesor, del mismo modo que una gran invención mecánica es el resumen del trabajo, la experiencia, la razón y hasta de los errores de numerosos obreros; cuando contemplemos así cada ser orgánico, ¡cuánto más interesante —hablo por experiencia— se hará el estudio de la Historia Natural!

Se ha dicho de la evolución que es la mejor idea que nadie haya tenido nunca. Pero, siendo como es hermosa, es mucho más que una idea. Es una idea verdadera. Y aunque no sea original de Darwin, la gran cantidad de pruebas empíricas que logró acumular convencieron a la mayoría de los científicos, y a muchas personas cultas, de que la vida había evolucionado. Hicieron falta diez años desde la publicación de El origen de las especies en 1859. Sin embargo, durante muchos años después los científicos todavía se mostraban escépticos acerca de la innovación fundamental de Darwin: la teoría de la selección natural. Si realmente hubo algún tiempo en que el darwinismo fue «sólo una teoría», o estuvo «en crisis», fue durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando las pruebas de los mecanismos de la evolución no eran claras, y los medios que la permitían (la genética) era todavía una cuestión oscura. Todo ello quedó aclarado por fin durante las primeras décadas del siglo XX, y desde entonces las pruebas a favor de la evolución y de la selección natural no han hecho más que crecer, aplastando toda oposición al darwinismo. Aunque los científicos han descubierto muchos fenómenos que Darwin ni siquiera había imaginado, por ejemplo cómo discernir parentescos evolutivos a partir de secuencias de ADN, en buena medida la teoría presentada en El origen de las especies conserva su validez. En la actualidad, los científicos están tan convencidos del darwinismo como de la existencia de los átomos o de que los microorganismos son causa de enfermedades infecciosas.

Entonces, ¿por qué necesitamos un libro que aporte pruebas a favor de una teoría que ya hace mucho tiempo forma parte del cuerpo de conocimiento de la ciencia? Nadie escribe libros para explicar las pruebas a favor de la existencia de los átomos o de la teoría microbiana de la enfermedad. ¿Qué hace tan distinta la teoría de la evolución?

Nada, y todo. Es cierto que la evolución está tan sólidamente establecida como cualquier otro hecho científico (o sea que, como veremos, no es «sólo una teoría»), y que no es necesario convencer a los científicos. Pero fuera de los círculos científicos no ocurre lo mismo. Para muchos, la evolución erosiona su sentido de identidad. Si la evolución ofrece alguna lección, ésta es, al parecer, que no sólo estamos emparentados con otros organismos sino que, como ellos, también somos el resultado de fuerzas evolutivas ciegas e impersonales. Si los humanos somos tan sólo uno de los muchos productos de la selección natural, quizá no seamos tan especiales. Es fácil entender que esto no les guste a muchas personas que piensan que nuestro origen es distinto al del resto de las especies, que somos el objeto especial de una intención divina. ¿Tiene nuestra existencia algún propósito o significado que nos distinga del resto de organismos? También creen algunos que la evolución corroe la moralidad. Si no somos más que bestias, ¿por qué no comportarnos como bestias? ¿Qué puede mantenernos morales si sólo somos monos con el cerebro grande? Ninguna otra teoría científica produce tal angustia, tal resistencia psicológica.

Es evidente que esta resistencia nace sobre todo, aunque no completamente, de la religión. Muchas religiones no sólo juzgan a los humanos especiales, sino que niegan la evolución al afirmar que somos, como otras especies, el producto de un acto instantáneo de creación por parte de una deidad. Aunque muchas personas religiosas han hallado la manera de dar cabida a la evolución junto a sus creencias espirituales, esta reconciliación no es posible cuando se cree en la verdad literal de una creación especial. Por eso la oposición a la evolución es tan fuerte en Estados Unidos y Turquía, donde las creencias fundamentalistas están muy extendidas.

Las estadísticas demuestran de forma descarnada nuestra resistencia a aceptar el simple hecho científico de la evolución. Pese a la evidencia incontestable a favor de la verdad de la evolución, año tras año las encuestas manifiestan en los norteamericanos una deprimente suspicacia hacia esta rama de la biología. Una encuesta reciente pedía a los adultos de 32 países que respondieran a la proposición «Los seres humanos, tal como los conocemos, se desarrollaron a partir de especies anteriores de animales», diciendo si la consideraban verdadera, falsa o si no estaban seguros. Esta afirmación es sencillamente cierta: como veremos, las pruebas genéticas y fósiles demuestran que los humanos descienden de una línea de primates que se separó de nuestro antepasado común con el chimpancé hace unos 7 millones de años. Sin embargo, sólo el 40 por 100 de los estadounidenses, es decir, 4 de cada 10 personas, consideran que la afirmación es cierta (un 5 por 100 menos que en 1985). Esta cifra es muy parecida a la proporción de quienes dijeron que era falsa: 39 por 100. El resto, 21 por 100, no estaban seguros.

Estos datos adquieren todavía mayor relevancia cuando los comparamos con estadísticas de otros países occidentales. De las otras 31 naciones incluidas en el estudio, sólo Turquía, donde abunda el fundamentalismo religioso, se sitúa por debajo en su grado de aceptación de la evolución (25 por 100 la aceptan, 75 por 100 la rechazan). Los europeos salen mucho mejor parados, pues más del 80 por 100 de los franceses, escandinavos e islandeses ven la evolución como una teoría cierta. En Japón, el 78 por 100 de los encuestados dijeron estar de acuerdo con que los humanos habían evolucionado. Si Estados Unidos estuviera en la cola de los países que aceptan la existencia de los átomos, todos nos pondríamos a trabajar de inmediato para mejorar la educación en las ciencias físicas. 

Pero la evolución recibe una varapalo todavía mayor cuando se trata de decidir no ya si es cierta, sino si debe enseñarse en las escuelas públicas. Casi dos terceras partes de los estadounidenses opinan que si en las clases de ciencia se enseña la evolución, también debería enseñarse el creacionismo. Sólo el 12 por 100, una de cada ocho personas, cree que la evolución debe enseñarse sin mencionar una alternativa creacionista. Quizá el argumento de «enseñar todos los ángulos» colme el sentimiento americano de justicia, pero para un educador es verdaderamente desalentador. ¿Por qué enseñar una teoría desacreditada basada en la religión, por muy extendida que esté la creencia en ella, junto a una teoría que es tan obviamente cierta? Es como pedir que en las facultades de medicina se enseñe el chamanismo junto a la ciencia médica occidental, o que en las clases de psicología se enseñe la astrología como teoría alternativa de la conducta humana.

Por desgracia, el antievolucionismo, que a menudo se considera un problema peculiar de Estados Unidos, se está extendiendo por otros países. Es un problema cada vez mayor, por ejemplo, en Alemania y el Reino Unido. En este último, una encuesta de 2006 realizada por la BBC pidió a 20.000 personas que describieran su idea de cómo se había formado y desarrollado la vida. Aunque el 48 por 100 aceptaron la concepción evolutiva, el 19 por 100 optaron por el creacionismo o por el diseño inteligente, y el 13 por 100 dijeron no saber qué contestar. Estas cifras no son muy distintas de las obtenidas en las encuestas de Estados Unidos. Algunas escuelas del Reino Unido presentan el diseño inteligente como alternativa a la evolución, una táctica educativa que es ilegal en Estados Unidos. A medida que el cristianismo evangélico gana terreno en Europa y el fundamentalismo musulmán se extiende por Oriente Medio, el creacionismo se expande con ellos. Mientras escribo, los biólogos turcos resisten como pueden las embestidas de los enérgicos y bien financiados creacionistas de su país. Y, en lo que ya es el colmo de la ironía, el creacionismo se está afianzando en el archipiélago de Galápagos. Allí, en las tierras mismas que simbolizan la evolución, en las islas icónicas que inspiraron a Darwin, una escuela de adventistas del séptimo día dispensa biología creacionista en estado puro a los niños de todas las religiones. 

Aparte del conflicto con la religión fundamentalista, buena parte de la confusión y los equívocos que envuelven a la evolución nacen de una simple falta de comprensión del peso y variedad de las pruebas que la apoyan. A algunos sencillamente no les interesa. Pero el problema está más extendido: hay una falta de información. Incluso algunos de mis colegas biólogos parecen no estar al día de las muchas pruebas a favor de la evolución, y la mayoría de mis estudiantes universitarios, que supuestamente aprendieron la teoría de la evolución en el instituto, no saben casi nada de esta teoría central de la biología cuando llegan a mis cursos. Pese a la amplia cobertura mediática que recibe el creacionismo y su último descendiente, el diseño inteligente, la prensa popular apenas explica las razonas que llevan a los científicos a aceptar la evolución. No debe extrañar, pues, que muchas personas caigan presas de la retórica de los creacionistas y de sus deliberadas distorsiones del darwinismo.

Aunque Darwin fue el primero en recopilar pruebas de la teoría, desde entonces la investigación científica no ha cesado de sacar a la luz nuevos ejemplos de la evolución en acción. Hemos podido observar cómo una especie se divide en dos y hemos descubierto muchos más fósiles que ponen de manifiesto los cambios a lo largo del tiempo: de dinosaurios que desarrollan plumas, de peces que desarrollan extremidades o de reptiles que se convierten en mamíferos. En este libro enlazo los diversos hilos de la moderna investigación genética, paleontológica, geológica, molecular, anatómica y de la biología del desarrollo que demuestran el «sello indeleble» de los procesos que originalmente propuso Darwin. Pasaremos revista a lo que es la evolución, y a lo que no es, y veremos cómo se contrasta una teoría que enardece a tantos.

Veremos cómo reconocer la plena importancia de la evolución darwinista, aunque requiere un profundo cambio en la manera de pensar, no conduce de forma ineludible a un nihilismo desesperanzado. Y que tampoco tiene por qué promover el ateísmo, puesto que la religión más ilustrada siempre ha sabido adaptarse a los avances científicos. Entender la evolución sin duda enriquecerá y hará más profunda nuestra valoración del mundo vivo y del lugar que en él ocupamos. La verdad, es decir, que como los leones, las secuoyas y las ranas somos el producto del lento reemplazo de un gen por otro en una secuencia que a cada paso ha conferido una pequeña ventaja reproductora, es sin duda alguna más gratificante que el mito de que de repente fuimos traídos al ser desde la nada. Como de costumbre, Darwin lo dice mejor:

Cuando considero todos los seres, no como creaciones especiales, sino como los descendientes directos de un corto número de seres que vivieron mucho antes de que se depositase la primera capa del sistema cámbrico, me parece que se ennoblecen. 

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