“Los ángeles que llevamos dentro: El declive de la violencia y sus implicaciones” de Steven Pinker

Steven Pinker es un lingüista y psicólogo evolucionista, de origen canadiense, actual profesor de la Universidad de Harvard, quien se hizo famoso en 1994 cuando publicó El Instinto del Lenguaje, libro acerca de cómo la mente crea el lenguaje en el ser humano.

Steven-Pinker

Este libro, Los ángeles que llevamos dentro, es una inmensa fuente de optimismo para aquel ciudadano del siglo XXI que comparte el sentimiento generalizado de que toda época pasada fue mejor.

En él, Pinker argumenta, apoyado en una enorme cantidad de evidencias, perfectamente documentadas desde el punto de vista histórico, cómo la violencia en el mundo ha disminuido, argumento contrario a lo que la mayoría piensa. Desde la crueldad animal, la cacería de brujas, los linchamientos y los duelos, hasta las guerras civiles, el abuso infantil, los genocidios, la tortura y las guerras entre naciones, todos estos eventos se suceden en el mundo con mucho menor frecuencia que en el pasado. El libro, además de convencer que los niños de hoy tienen menor probabilidad que sus antepasados de morir violentamente, es una síntesis de ciencia, historia y narración de anécdotas.


Capítulo 1

UN PAÍS EXTRANJERO

El pasado es un país extranjero: allí hacen las cosas de otra manera.

L. P. Hartley

Si el pasado es un país extranjero, es uno terriblemente violento. Es fácil olvidar lo peligrosa que solía ser la vida, hasta qué punto en otro tiempo la brutalidad estaba entretejida con la existencia diaria. La memoria cultural pacifica el pasado, y nos deja recuerdos pálidos cuyos sangrientos orígenes han sido blanqueados. Una mujer con una cruz al cuello rara vez es consciente de que este instrumento de tortura era un castigo habitual en el mundo antiguo; una persona que habla de un «chivo expiatorio» tampoco tiene presente la vieja costumbre de azotar a un niño inocente cuando un príncipe había sido revoltoso. Estamos rodeados de señales que revelan el depravado estilo de vida de nuestros antepasados, pero apenas somos conscientes de ello. Igual que viajar expande la mente, un recorrido por nuestro patrimonio cultural puede hacernos ver lo distintas que eran las cosas en el pasado.

En un siglo que comenzó con el II de septiembre, Irak y Darfur, la afirmación de que vivimos en una época excepcionalmente pacífica acaso nos parezca entre alucinatoria y obscena. Por conversaciones y estudios sé que la mayoría de las personas se niegan a creerlo. En capítulos subsiguientes lo argumentaré con fechas y datos. Pero primero quiero ablandar al lector recordándole hechos incriminatorios del pasado que conocemos desde siempre. No se trata simplemente de un ejercicio de persuasión. Los científicos suelen validar sus condusiones enfrentándolas a un muestreo de fenómenos del mundo real para estar seguros de no haber pasado por alto algún fallo en los métodos que les hayan conducido a una conclusión absurda. Las historias que ilustran este capítulo permiten comprobar la validez de los datos.

Lo que sigue es una visita al país extranjero llamado pasado, desde el año 8000 a.C. hasta la década de 1970. No se trata de un amplio recorrido por las guerras y atrocidades cuya violencia todavía conmemoramos, sino más bien un recorrido a través de hitos históricos engañosamente familiares para recordar la ferocidad que esconden. El pasado no es un único país, desde luego, sino que abarca una inmensa diversidad de culturas y costumbres cuyo denominador común es el impacto que causa que nuestros predecesores soportaran, e incluso aceptaran, un ambiente de violencia que hiere la sensibilidad del occidental medio del siglo XXI.
LA PREHISTORIA HUMANA
En 1991, en los Alpes tiroleses, dos excursionistas se tropezaron con un cadáver que asomaba de un glaciar que se está derritiendo. Pensando que había sido víctima de un accidente de esquí, los servicios de rescate sacaron el cuerpo del hielo valiéndose de un martillo neumático, con lo que le dañaron el muslo y su morral. Sólo cuando un arqueólogo descubrió un hacha de cobre del Neolítico se cayó en la cuenta de que aquel hombre había vivido hacía cinco mil años.

Ötzi, el Hombre del Hielo, como se le llama ahora, se convirtió en una celebridad. Apareció en la cubierta de la revista Time y ha sido el tema de numerosos libros, documentales y artículos. Desde el hombre de 2000 años de Mel Brooks («Tengo más de 42.000 hijos y ninguno viene a visitarme») ningún kilogenario ha tenido tanto que contarnos sobre el pasado. Ötzi vivió en un momento clave de la prehistoria: la transición de la caza y la recolección a la agricultura, y de las herramientas de piedra a los primeros utensilios metálicos. Junto con el hacha y la mochila, llevaba un carcaj de flechas, un puñal con mango de madera, y un ascua envuelta en corteza, que constituía un complejo kit para encender fuego. Lucía una gorra de piel de oso sujeta con una correa de cuero, unas calzas cosidas de pellejo animal, y unos zapatos de nieve impermeables hechos de cuero y cáñamo y protegidos con hierba. Tenía tatuajes en sus articulaciones artríticas, quizás una señal de acupuntura, y llevaba consigo setas con propiedades medicinales.

Diez años después del hallazgo del Hombre del Hielo, un equipo de radiólogos hizo un descubrimiento asombroso: Ötzi tenía incrustada una punta de flecha en el hombro. No se había caído en la grieta de un glaciar para morir allí congelado, como se supuso al principio: había sido asesinado. El examen del cuerpo por parte de la policía científica del Neolítico sacó a la luz las principales características del crimen. Ötzi tenía cortes no curados en las manos y heridas en el pecho y la cabeza. En los análisis de ADN se detectaron rastros de sangre de otras dos personas en una de las puntas de flecha, de una tercera en el puñal, y de una cuarta en la capa. Según una posible reconstrucción, Ötzi pertenecía a un grupo de asalto que se topó con una tribu vecina. Él mismo mató a un hombre con una flecha, la recuperó, quitó la vida a otro hombre, volvió a recuperar la flecha, y cargó a la espalda un compañero herido antes de esquivar un ataque; finalmente, él mismo fue también derribado por una flecha.

Ötzi no es el único hombre milenario que llegó a ser una celebridad científica a finales del siglo XX. En 1996, los espectadores de una carrera de hidroaviones en Kennewick, Washington, observaron unos huesos que asomaban en una orilla del río Columbia. Enseguida, los arqueólogos sacaron el esqueleto de un hombre que había vivido hacía 9.400 años. El Hombre de Kennewick pronto se convirtió en objeto de batallas científicas y legales muy publicitadas. Varias tribus de indios americanos lucharon por la custodia del esqueleto y el derecho a enterrarlo conforme a sus tradiciones, pero un tribunal federal denegó sus peticiones señalando que ninguna cultura humana ha tenido una existencia ininterrumpida durante nueve milenios. Cuando se reanudaron los estudios científicos, los antropólogos se quedaron intrigados al ver que el Hombre de Kennewick era, desde el punto de vista anatómico, muy diferente de los indios americanos actuales. Según un informe, los rasgos eran europeos; según otro, se asemejaban a los de los aínos, los habitantes aborígenes de Japón. Cualquiera de las dos posibilidades daba a entender que varias migraciones independientes habían poblado América, lo que contradice las pruebas de ADN de que los indios americanos descienden de un solo grupo de inmigrantes procedente de Siberia.

Así pues, por muchas razones, el Hombre de Kennewick se ha convertido en objeto de fascinación entre los que sienten curiosidad científica. Y he aquí otra: en la pelvis del Hombre de Kennewick se conserva un proyectil de piedra. Aunque el hueso se había curado en parte, y por lo tanto no lo mató esa herida, el dato forense es inequívoco: había recibido un disparo.

Se trata sólo de dos ejemplos de restos prehistóricos famosos que han dado pie a truculentas noticias sobre el final que tuvieron sus propietarios. Muchos visitantes del Museo Británico se quedan cautivados por el Hombre de Lindow, un cuerpo de dos mil años casi perfectamente conservado, descubierto en 1984 en una turbera inglesa. No sabemos cuántos hijos suyos lo visitaron, pero sí cómo murió. Su cráneo había sido fracturado con un objeto romo, una cuerda enroscada le había roto el cuello y, para asegurarse, le habían degollado. El Hombre de Lindow quizá fue un druida sacrificado de forma ritual de tres maneras para satisfacer a tres dioses. Muchos otros hombres y mujeres hallados en ciénagas del norte de Europa muestran señales de haber sido estrangulados, apaleados, acuchillados o torturados.

Solo en un mes, mientras investigaba para este libro, me encontré con dos nuevas historias sobre restos humanos increíblemente bien conservados. Uno es un cráneo de dos mil años desenterrado de un enlodado pozo del norte de Inglaterra. El arqueólogo que lo estaba limpiando notó que algo se movía, miró por la abertura de la base y vio dentro una sustancia amarilla que resultó ser un cerebro. Una vez más, el extraordinario estado de conservación no era el único rasgo destacable del hallazgo. El cráneo estaba seccionado del cuerpo, indicio de que el hombre había sido víctima de un sacrificio humano. El otro descubrimiento fue una tumba de 4.600 años de antigüedad, en Alemania, que contenía los restos de un hombre, una mujer y dos niños. Los análisis de ADN revelaron que formaban parte de un mismo núcleo familiar, el más antiguo conocido por la ciencia. Los cuatro habían sido enterrados a la vez, señal, para los arqueólogos, de que habían muerto en un asalto.

¿Qué pasa con los hombres prehistóricos que no podían legarnos un cadáver interesante sin recurrir al juego sucio? Algunos casos quizá tengan una explicación inocente basada en la tafonomía, los procesos en virtud de los cuales algunos cuerpos se conservan durante largos períodos de tiempo. Tal vez al final del primer milenio, los únicos cadáveres que acabaron en ciénagas, en maceración para la posteridad, fueron los de individuos sacrificados de forma ritual. Sin embargo, en la mayoría de los cuerpos no tenemos motivos para pensar que se conservaron sólo por haber sido asesinados. Más adelante, examinaremos los resultados de investigaciones forenses que distinguen entre cómo murió un cuerpo en épocas remotas y cómo ha llegado hasta nosotros. De momento, los restos prehistóricos transmiten la clara impresión de que el Pasado es un lugar en el que la probabilidad de sufrir algún daño físico era alta.
LA GRECIA HOMÉRICA
Nuestro conocimiento de la violencia prehistórica es incompleto, puesto que depende de que ciertos cuerpos fueran casualmente embalsamados o se fosilizaran de manera fortuita. Pero una vez que empezó a difundirse la escritura, los antiguos nos dejaron mejor información acerca de cómo llevaban sus asuntos.

La Ilíada y la Odisea de Hornero son las primeras grandes obras de la literatura occidental y ocupan los puestos más altos en muchas guías de alfabetización cultural. Aunque estos relatos se sitúan en la época de la Guerra de Troya, en torno al año 1200 a.C., fueron escritos mucho después, entre el 800 y el 650 a.C., y se considera que reflejan la vida de las tribus y las comunidades del Mediterráneo oriental en ese período.

En la actualidad, leemos a menudo que la guerra total, dirigida contra una sociedad entera y no sólo contra sus fuerzas armadas, es un invento moderno. Se ha culpado de la guerra total a la aparición de los estados-nación, a las ideologías universalistas y a las tecnologías que permiten matar a distancia. Sin embargo, si las descripciones de Homero son exactas (y cuadran con la arqueología, la etnografía y la historia), las contiendas en la Grecia arcaica eran tan totales como cualquiera de la era moderna. Agamenón explica al rey Menelao sus planes bélicos:

Menelao, mi hermano de buen corazón, ¿por qué estás tan preocupado por estos hombres? ¿Te trataron los troyanos con generosidad cuando permanecieron en tu palacio? No: no vamos a dejar ni uno vivo, ni los bebés en los vientres de sus madres —ni siquiera ellos deben vivir—. Todos deben ser aniquilados, y no ha de quedar nadie que piense en ellos ni derrame una lágrima.

En su libro The Rape of Troy, el especialista en literatura Jonathan Gottschall analiza cómo se llevaban a cabo las guerras griegas:

Llevan a remo embarcaciones rápidas de poco calado hasta la playa, y saquean las comunidades costeras antes de que los vecinos puedan prestar apoyo defensivo. Por lo general, se mata a los hombres, se roba los animales de cría y otros bienes transportables, y se secuestra a las mujeres para que vivan entre los vencedores y realicen tareas sexuales y de servidumbre. Los hombres homéricos viven con la posibilidad de una muerte súbita y violenta, y las mujeres viven con miedo por sus hombres e hijos, y temerosas de ver velas en el horizonte que acaso vaticinen una nueva vida de violaciones y esclavitud.

También solemos leer que las guerras del siglo xx fueron más destructivas que nunca porque se libraron con ametralladoras, artillería, bombarderos y otras armas de larga distancia, lo que evitaba a los soldados las inhibiciones naturales del combate cuerpo a cuerpo y les permitía matar sin piedad a un gran número de enemigos anónimos. Según este razonamiento, las armas de mano no son ni por asomo tan mortales como nuestros métodos bélicos de alta tecnología. Sin embargo, Homero describió gráficamente los daños a gran escala que los guerreros de su época eran capaces de infligir. Gottschall ofrece una muestra de esas imágenes:

Abierto el cuerpo con una facilidad sorprendente por el frío bronce, sus contenidos se vierten en torrentes viscosos: porciones del cerebro aparecen en los extremos de temblorosas lanzas, hombres jóvenes se sujetan las vísceras con manos desesperadas, los ojos son arrancados o cortados del cráneo y brillan ciegos en el polvo. Puntas afiladas crean nuevas entradas y salidas en los cuerpos jóvenes: en el centro de la frente, en las sienes, entre los ojos, en la base del cuello, limpias a través de la boca o la mejilla para salir por el lado contrario, traspasando costados, entrepiernas, nalgas, manos, ombligos, espaldas, estómagos, pezones, pechos, narices, orejas y mentones. 1…] Lanzas, picas, flechas, espadas, puñales y piedras codician el sabor de la carne y la sangre. La sangre es rociada y empaña el aire. Vuelan fragmentos de hueso. Se desborda el tuétano de muñones nuevos. […]

Después de la batalla, la sangre fluye de mil heridas mortales o mutilantes, convierte el polvo en barro y hace crecer la hierba de la llanura. Hombres destrozados en el suelo por pesadas cuadrigas, sementales de cascos afilados, sandalias irreconocibles. Armas y armaduras llenan el campo de batalla. Hay cadáveres por todas partes, descomponiéndose, derritiéndose, un festín para perros, gusanos, moscas y pájaros.

En el siglo XXI, sin duda se han producido violaciones de mujeres en tiempo de guerra, pero hace tiempo que esto se considera un crimen atroz que la mayoría de los ejércitos intentan evitar y el resto lo niegan o lo ocultan. Pero para los héroes de la Ilíada, la carne femenina era un botín de guerra legítimo: se podía disfrutar de las mujeres, monopolizarlas y disponer de ellas a su antojo. Menelao emprende la Guerra de Troya cuando Helena, su esposa, es raptada. Agamenón provoca un desastre entre los griegos al negarse a devolver una esclava sexual a su padre, y cuando transige, se apodera de otra que pertenece a Aquiles, a quien compensa luego con veintiocho sustitutas. Por su parte, Aquiles ofrece esta sucinta descripción de su carrera: «He pasado muchas noches en blanco y muchos días sangrientos en la batalla, luchando contra hombres para conseguir a sus mujeres».” Cuando Ulises regresa con su esposa al cabo de veinte años, mata a los hombres que la cortejaban mientras todos creían que él estaba muerto, y cuando descubre que esos hombres habían tenido trato con las concubinas de la casa, ordena a su hijo que ejecute también a las concubinas.

Estos relatos de masacres y violaciones resultan inquietantes incluso para los estándares de los documentales bélicos modernos. Homero y sus personajes sin duda deploraban la inutilidad de la guerra, pero la aceptaban como un hecho irremediable de la vida, como el tiempo que hace —algo de lo que todos hablan pero que nadie puede hacer nada al respecto—. Tal como afirma Ulises: »[Somos hombres] a quienes Zeus ha concedido el destino de consumir su vida en guerras dolorosas, desde la juventud hasta el momento de perecer, cada uno de nosotros». El ingenio de los hombres, aplicado tan hábilmente a las armas y la estrategia, resultó inútil para buscar las causas terrenales de la guerra. En vez de definir el azote de la guerra como un problema humano que los mismos seres humanos debían resolver, los hombres se inventaron una fantasía de dioses exaltados, a cuyos celos y locuras atribuyeron sus propias tragedias.

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